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La guerra - V Concurso de relatos de Sant Jordi

Esta semana os traemos otro de los relatos que ha participado en el V Concurso de relatos de Sant Jordi organizado por el club. En esta ocasión se trata del segundo clasificado en votos (empatado con el relato que os presentamos la semana pasada). El relato está escrito por Tiberio Graco y lleva por título La guerra. ¡Esperamos que os guste!

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La guerra

Con un sonoro click, el capitán Roch cierra su reloj y lo vuelve a guardar en su bolsillo. Había sido el reloj de su abuelo.

Jean-Paul, a pesar de tener el estómago vacío, siente ganas de vomitar. Hoy no ha comido nada. Nadie lo ha hecho. Todos los hombres de la trinchera están nerviosos, aunque algunos de ellos consiguen disimularlo mejor. Jean-Paul no, Jean-Paul está llorando en un rincón. Nadie se le acerca.

Todos los veteranos saben que va a morir esta noche y ninguno quiere encariña**e con él.

Jean-Paul no debería estar aquí. No tiene la edad mínima para entrar en el ejército, tuvo que mentirle al instructor. Él no sabía que la guerra era así. Él pensaba que la guerra consistía en matar a muchos alemanes, y liberar ciudades ocupadas por el enemigo. Nadie le dijo a Jean-Paul nada sobre esconderse como ratas en pequeñas madrigueras enlodadas. No le hablaron de lo que significa rezar porque ningún obús te cayera encima. Ni sabía nada sobre convivir con los cadáveres de sus compañeros durante días enteros. Él no sabía que tendría que cavar nuevas trincheras en el barro congelado para encontrarse con los muertos del año anterior. Gritos de dolor, frío, humedad, miedo... el omnipresente miedo que te cala hasta los huesos y te impide dormir. A Jean-Paul nadie le había contado lo que era la guerra.

La artillería francesa cesa en su bombardeo. Un oficial pasa por la trinchera para recoger testamentos y cartas de despedida. Jean-Paul no entrega nada. No tiene nada que dejar y cree que su familia no querrá saber nada de él porque se fugó para alistarse en el ejército. Está equivocado.

Cuando el oficial se ha ido, los compañeros de Jean-Paul empiezan a prepararse para salir. Nadie dice nada. Todo el mundo siente ganas de vomitar. Jean-Paul cree que es el único.

El capitán Roch desenvaina su sable con calculada lentitud. Se santigua. Y sale de la trinchera gritando “¡A la carga!” Cuatro balas se interponen en su camino: una se le aloja en el estómago, otra le perfora el pulmón y otra le rompe la frente. La cuarta destroza el reloj de su abuelo. Ha sido afortunado, la muerte es instantánea.

Jean-Paul y sus compañeros no tienen tiempo para pensar en el capitán Roch. La ofensiva ha comenzado y, al igual que otros cientos de miles de franceses e ingleses, salen de su trinchera dando gritos con los que intentan convencerse a sí mismos de que son valientes.

La artillería lleva un día entero bombardeando las posiciones enemigas. Las ametralladoras pesadas han barrido el campo destruyendo los postes de las alambradas. Es imposible tener la más mínima esperanza de tomar al enemigo por sorpresa.

Decenas de balas silban furiosamente en torno la cara de Jean-Paul. Cierra los ojos, grita, dispara, corre y se tira al suelo. Todos sus compañeros están junto a él. Han recorrido cuatro metros desde la trinchera.

Jean-Paul respira agitadamente, reprime un sollozo, coge aire, se levanta, esquiva un cable de alambre y se lanza al cráter de una bomba. Ha recorrido diez metros más. Varios de sus compañeros llegan hasta él. Su batallón es cada vez menos numeroso.

Dan un par de pasos y oyen el silbido de una bomba. Vuelven a deslizarse al mismo cráter y se amontonan unos encima de otros. La bomba cae muy cerca, pero no les alcanza. Vuelven a salir y esta vez caen, con terribles alaridos, sobre una trinchera ocupada por el enemigo. En torno a Jean-Paul se produce un torbellino de sangre y muerte. Franceses y alemanes se matan con el odio inaudito de personas que no se conocen. Jean-Paul no hace nada, contempla a sus compañeros mudo de espanto mientras los alemanes, inferiores en número, luchan desesperadamente por su vida. En unos minutos todo ha terminado, Defaux, uno de sus compañeros, le grita para que se ponga a cubierto. Jean-Paul se siente como en un sueño.

Han pasado tres horas desde que se inicio la ofensiva. Han recorrido unos doscientos metros que han parecido kilómetros. Jean-Paul no sabe a cuanta gente ha visto morir hoy, pero él todavía no ha matado a nadie.

Son las cuatro de la madrugada. Jean-Paul está agotado, él y los que quedan vivos de sus compañeros se agazapan en una trinchera y, parece, se respira un poco más de tranquilidad. Jean-Paul se acurruca en una esquina y, empapado, queda dormido.

Le despiertan a patadas. El sonido de disparos crece por momentos, varios de sus compañeros disparan al exterior de la trinchera y hay en torno a él algunos cuerpos inertes. Jean-Paul no sabe si están dormidos, heridos o muertos. La verdad es que no quiere saberlo. El hombre que le daba patadas empieza a gritarle: “¡Dios! ¡Muchacho, a ver si ahora vales para algo!”, ninguno de sus compañeros sabe su nombre. Todos piensan que va a morir en seguida. Jean-Paul se levanta con el cuerpo dolorido y mira asustado a su agresor. “Los alemanes han contraatacado muy duramente, en breve podemos quedar copados. ¡Corre hasta el cuartel general e informar de la situación! ¡Pide permiso para retirarnos y vuelve con la respuesta. ¡Corre maldito muchacho! ¡Cada segundo perdido es un hombre muerto!”

Jean-Paul se aprieta el casco y sale corriendo a cuatro gatas como una rata chapoteando entre el fango. No recuerda su fusil hasta que ya está demasiado lejos. En realidad, no sabe si sería capaz de utilizarlo, pero su peso le reconfortaba y le daba seguridad.

Apenas ha dado unos pasos cuando se oyen a la vez varios silbidos de obuses. Jean-Paul se acurruca en un cráter mientras el gran estrépito de una fuerte descarga de artillería llena el aire. Los alemanes preparan un contraataque. Jean-Paul llora en silencio, con las manos sujetándose el casco y rezando porque el bombardeo dure poco. A causa del barro y del miedo, tarda varios minutos en ver la bota que tiene justo delante. Es una bota militar de la que sobresale algo afilado, quizás un hueso humano. Jean-Paul no sabe si ha pertenecido a un alemán o a un francés, ¿acaso importa? Tampoco sabe cuánto tiempo lleva allí; un mes, un año, o desde el 14. ¿Estará el resto del cuerpo más allá? ¿o quizás el dueño de la bota sigue vivo y es uno de tantos lisiados que se arrastran por las ciudades? El silbido de una nueva bomba saca a Jean-Paul de su ensimismamiento. No hay tiempo que correr, se sopla las manos congeladas y sale agazapado del cráter. Da varias zancadas y se deja caer sobre una trinchera.

La trinchera era más profunda de lo que pensaba, y al caer un dolor agudo se adueña de su tobillo. Jean-Paul se lleva la mano a la zona afectada con un gesto de dolor y entonces se da cuenta de que no está solo.

Una rata le mira con ojos maliciosos. Estaba comiendo algo, Jean-Paul prefiere no saber el qué. Le mira, es enorme. Jean-Paul agita un pie hacia ella y la rata sale corriendo. Hay muchas en las trincheras, si estás despierto y consciente, no son peligrosas. ¿Por qué iban a serlo? Tienen toda la comida que puedan desear y los hombres son agresivos y están armados.

El tobillo de Jean-Paul está dolorido, pero no parece que tenga nada grave. Sale de la trinchera a tiempo para escuchar un nuevo silbido de bomba. Retrocede a la trinchera y se estremece cuando trozos de tierra le salpican. Por un momento Jean-Paul está convencido de que se ha quedado sordo.

Vuelve a salir de la trinchera y gatea hacia otra. Se corta la mano con un alambre de espino. No tiene tiempo para detenerse. Se deja caer sobre la siguiente trinchera y el corazón le da un vuelco al reconocer el cadáver del señor Roch. Ha alcanzado las posiciones iniciales.

Jean-Paul siente ganas de bailar... ¡acaba de llegar a la trinchera de salida, y está vivo! Pero la alegría dura poco. Tiene que dar el mensaje y le ordenarán regresar. Seguramente el tiroteo ha aumentado, la contraofensiva ya se habrá producido y deben estar luchando a bayoneta en las trincheras. Probablemente, sus compañeros ya han sido copados y si intenta alcanzarlos se va a encontrar de golpe con los alemanes.

Un fogonazo le recuerda que todavía no está a salvo. Nuevamente gatea fuera de la trinchera, esta vez en dirección al cercano cuartel general. En este todo bulle actividad, infinidad de oficiales franceses corren de un lado a otro como hormigas atacadas. Un oficial repara en Jean-Paul,

-¿Qué haces aquí, muchacho?

-Vengo del frente, señor. Soy el único superviviente de la decimotercera. Vi morir al resto.

-Tranquilízate, joven. Te has comportado con honor y valentía.

Setecientos metros más al este, los últimos sobrevivientes de la decimotercera luchan inútilmente por mantener abierto el sendero por el que tiene que volver el mensajero que ha de salvarles la vida.

El encuentro - V Concurso de relatos de Sant Jordi

Esta semana os traemos otro de los relatos que ha participado en el V Concurso de relatos de Sant Jordi organizado por el club. En esta ocasión se trata del segundo clasificado en votos (empatado con el relato que os presentaremos la semana que viene). El relato está escrito por Ferran Cabré (aka Belzy) y lleva por título El encuentro. ¡Esperamos que os guste!

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El encuentro

El sol empezaba a ponerse cuando Milesha abrió la puerta trasera de la peluquería. Llevaba a rastras el pequeño tonel de la basura, que como cada tarde, después de cerrar, vertía por la trampilla del canal. Estas trampillas, situadas en cada casa, eran un pequeño cubículo, donde había un tonel, que cada noche era vaciado por unos transportadores a vapor, que llevaban toda la porquería sobrante a algún islote, donde sería procesada.

Justo antes de soltar la trampilla escuchó un ruido extraño, como un chirrido, y después el chocar de madera contra madera, al que estaba tan acostumbrada. Se quedó un rato a la expectativa, esperando volver a oír el ruido, sin darse cuenta que no había soltado el tonel pequeño, cuando decidió abrir la trampilla otra vez para ver que podía haber causado ese ruido. Examinó el contenido del tonel con la vista, pelo, restos de pezuña, restos de cuerno, más pelo, un bulto envuelto en tela negra… un momento!, pensó, aquí no debería haber ningún bulto ni ninguna tela negra…

Alargó la mano para palpar aquella cosa, era rígida, y estaba a temperatura ambiente, parecía lisa, como si estuviera formada por alguna especie de placas, o eso le pareció notar a través de la tela. Cerró la mano para intentar cogerlo y tirar de él.

-Au! – exclamó el bulto, que empezó a moverse por si sólo. – No hace falta que me metas el dedo en el ojo!

Milesha apartó la mano asustada cuando dos zarpas se asieron al borde del tonel, repitiéndose el chirrido anterior, al arañar el metal.

- Podrías ayudarme, seas quien seas, no? Es difícil mantener la perspectiva espacial con un ojo lloroso…

- Que?

- Que tires de mí, por favor, pero esta vez de las manos- dijo la figura encapuchada en la que se había convertido el bulto, mientras se sostenía de lo que parecían dos manos.

Milesha agarró lo que suponía era el brazo izquierdo y tiró; era más ligero de lo que suponía, pesaba lo mismo que un gato y cuando lo pudo ver sobre las maderas del muelle, tenia el tamaño de un gato con túnica, pero quien le pondría una túnica a un gato?

- Gracias. - Dijo la el gato embozado.

- De nada. - Respondió Milesha automáticamente.

La figura se dio la vuelta y empezó a deslizarse lentamente dirección al centro de la ciudad.

Milesha consiguió reponerse y gritó: Alto, saqueador de basura!- Fue lo primero que se le pasó por la cabeza, para detener a lo que fuera que acababa de encontrar, y pedirle explicaciones.

- ¿Cómo me has llamado, niña cabra?

- Saqueador de basuras. – Repitió segura de si misma – Al fin y al cabo estabas saqueando mi basura,no?

La figura se giró de nuevo, de forma que lo que se suponía eran la apertura de la cara, y las de las mangas, quedaban encaradas hacia ella, así comprendió Milesha que a no ser que algún gato hubiera aprendido a andar sobre dos patas, no era un gato con túnica.

-¿ A caso tengo pinta de andar por los sitios trasteando basuras ajenas…?

Milesha miró detalladamente la figura; un ser de tres palmos de altura, cubierto por una túnica, rebozada por los restos de pelo de las diez clientas que habían pasado por la peluquería, con manchas de polvos de talco y raspaduras de cuerno que se habían pegado a la túnica negra, ahora multicolor, que tenia un ribete con lo que parecían calaveras blancas diminutas…

Milesha no pudo responder, sólo lanzar una sincera carcajada ante el aspecto del ser que intentaba exigir respeto y negar lo innegable.

- Te he hecho una pregunta, niña.

- Espera, un momento…- dijo Milesha, mientras recuperaba el aliento – Sinceramente, si, tienes aspecto de haber trasteado basura ajena.

- ¿Cómo? Para que lo sepas, niña, soy un gran mago de la Torre de los Huesos, y no tengo necesidad alguna de rebuscar la basura. - Milesha pudo imaginarse al misterioso interlocutor sacando pecho para darse importancia...

- Bien, gran nigromante, pues si no estabas rebuscando la basura, ¿que hacías dentro del tonel de la basura? No pretenderás que me crea que te caíste por accidente por una trampilla que estaba cerrada, con mecanismo de seguridad, verdad?.

Aquello pareció coger desprevenido al nigromante, que empezó a balbucear algo.

- Pues, pues...- si no fuera por la túnica, se le podría ver pensar la siguiente excusa a toda prisa - … estaba buscando a Rat, mi siervo, que hace horas que debería haber vuelto.

- Y Rat si que rebusca en la basura?

- Está en su naturaleza. Bueno, o almenos en su anterior naturaleza... o almenos en la naturaleza del tipo de ser del que proviene... es decir, que es frecuente encontrar pequeños roedores, ratas, en las basuras, aunque Rat no creo que esté formado totalmente de partes de rata... las costillas parecían de ardilla, pero encajaban bien en el esqueleto... - y siguió murmullando algo para sus adentros, como si estuviera divagando para él mismo.

Milesha estuvo un rato viendo como el pequeño ser divagaba para sus adentros, hasta que recordó que esta tarde llegaba el correo del continente, con lo que esperaba llegase el último numero del libro coleccionable de belleza de Lady Mirrith.

- Oye, ya vale, dejalo, estoy cansada y tengo cosas que hacer, en el fondo me da igual quien o que seas. A más ver, Sr. Gran Mago.

- Llamame Tim.

-¿Que?

-Tim, Timothy, es mi nombre.

- Oh, ya veo, entonces, a más ver, Gran Tim.

-¿Gran Tim?Gran Tim? Ya estamos otra vez con el tamaño, no? - chilló Tim, casi alborde de la histeria- Al final todo acaba siendo cosa del tamaño. Solo porque uno esté en la edad de crecer no se lo toman en serio.

Milesha se agachó para cerrarle la boca a Tim antes que siguiera parloteando sobre lo que fuese que quisiera añadir a continuación, cuando se encontró con un hocico cálido, una boca llena de dientes afilados, unos ojos dorados con una pupila vertical, con una piel escamosa, entre sus dedos; lo que le quitó algo de confianza en si misma.

- Mira, tengo que ir al muelle principal a por unas compras,- le dijo mientras soltaba el hocico- si quieres me acompañas y me cuentas lo del tamaño, lo de Rat, o que hace un Nigromante fuera de la Torre de los Huesos, o si lo prefieres nos despedimos aquí...

-Mi madre me dijo que no andara con desconocidos, así que o me dices tu nombre, o tendré que ir volando, para no andar con desconocidos...- dijo Tim sonriendo, lo que no era muy tranquilizador... una sonrisa de una cabeza de dragón, por pequeña que sea, no resulta tranquilizadora.

Milesha se imaginó algún truco lamentable de Tim para simular el vuelo, por lo que prefirió decir su nombre y dejar la forma de volar de Tim a la imaginación. -Milesha,

Milesha Pielblanca, soy la hija de Ezra Pielblanca, la mejor peluquera de la Isla.

¿Puedes andar y hablar a la vez?

Tim se sacudió los pelos de la túnica, murmuró unas palabras mientras hacia unos gestos extraños y un fulgor pálido dejó la túnica impoluta.

Empezaron a andar.

-Seguramente ya te lo habrán dicho, pero tienes sonrisa de dragón.- dijo Milesha algo nerviosa.

- Gracias, he estado practicando. Algún día conoceré a algún dragón, y ya estoy preparado, he estudiado su lenguaje corporal, y tengo este objeto, que me permite entenderlos...- dijo Tim mientras señalaba un pequeño broche dorado que llevaba en la túnica, parecía una cabeza de dragón fabricada en oro, con unas letras cónicas alrededor de la cabeza.

- Muy bonito, ¿que es?.

- Es un poderoso artefacto que concede a su portador la facultad de entender y hablar el idioma de los dragones, lo llamo “el pin del club de los amigos de los dragones”.

Milesha se paró en seco, mirando a Tim.

-Oye, tienes cabeza de dragón, tus manos parecen garras... por casualidad no tendrás todo el cuerpo recubierto de escamas y un par de alas?

-Si.

-Y naciste de un huevo?

-Si.

-Y te has fabricado un artefacto que te permite entender a los dragones...

-Si.

-¿Has probado a hablar ese idioma sin el artefacto?.

-No, claro, por supuesto, sólo los dragones pueden entonar ese idioma, con las sutilezas gramaticales de forma natural, por eso el pin. No hace falta ser mago para entenderlo.- Dijo Tim con naturalidad.

-Por casualidad no te acunarás rodeado de monedas, piedras preciosas y tesoros similares?

-Si los tuviera, seguramente lo haría..

Siguieron andando, debatiendo las costumbres y manerismos de los dragones, insistiendo Tim en no ser nada de eso, hasta llegar a la tienda “productos de ultramar”, un local de madera, situado al lado de las oficinas del procurador del puerto. El local consistía en una ventanilla de atención, con un gran mostrador, y la mayor parte era el almacén, situado en la trastienda del local.

Jeofrey, el propietario, al verles les hizo un pequeño gesto con la mano abierta, y buscó algo debajo del mostrador.

-Milesha, Reverendo Tim, hoy ha llegado lo que esperaban. Para Milesha, el nuevo coleccionable del libro de Lady Mirrith- mientras sacaba un delgado volumen en papiropara el Reverendo, el tratado alquímico para epidermis y otros tejidos corporales del continente, volumen 12.- y depositó un delgado volumen idéntico al primero.

Milesha, que por su estatura, llegaba a ver ambos volúmenes a la perfección, empezó a decir mientras Tim se encaramaba al mostrador,- Pero si parecen igua...

-Shht!- interrumpió Jeofrey, negando enérgicamente con la cabeza y los ojos desorbitados. -No digas nada... - susurró.

Tim empezó a examinar el tratado alquímico- Perfecto estado, el sello arcano de protección al agua, luz, fuego, está intacto, y con el sello personal de Lady … Bien! Perfecto como siempre Sr. Jeofrey, aquí tiene su plata y media.

Jeofrey puso la misma cara de resignación que las diez veces anteriores, evitando activamente recordar la primera vez que el reverendo le compró el tratado alquímico; las diferencias en el nombre, que si era el tratado alquímico o el libro de Lady Mirryth terminaron con el bigote y la barba de Jeofrey chamuscados y un pequeño ejército de zombis y esqueletos diminutos rodeandole...

- Muchas gracias, Jof- Milesha le dio el dinero.

-Dale recuerdos a tu madre, y dile que parece que pronto mi barba ya necesitará un recorte.- respondió mientras miraba al Reverendo de reojo, que acababa de hacer desaparecer su volumen.

Y el ganador del V Concurso de relatos de Sant Jordi es....

El pasado sábado 20 durante nuestro XXIII One night stand se dio a conocer el ganador del V Concurso de relatos de Sant Jordi. En esta edición se habían presentado 13 relatos de estilos muy diversos pero el que ha recogido más votos entre el jurado popular integrado por todos los usuarios registrados en nuestro foro ha sido el relato "El ingenioso artilugio del Señor Lombardo" de Tiberio Graco.

Agradecemos su participación a todos los autores que nos han enviado sus relatos. Aquellos interesados en leerlos, podréis ir haciéndolo durante las próximas semanas en las que iremos publicándolos aquí mismo.

Esta fantástica imagen pertenece al cómic Jordi&Oslo de Joveguille al que podéis conocer mejor en su página de Facebook.

Y para empezar, qué mejor que hacerlo con el relato ganador. Con todos vosotros:

El ingenioso artilugio del señor Lombardo  por Tiberio Graco

Querido hijo mío:

Si estás leyendo esto es porque ya estoy muerto. La tisis que devora mis entrañas desde hace tantos meses ya habrá terminado su funesta misión y yo no me contaré entre los vivos. Es por eso que, alcanzando el fin de mis días, he decidido desvelarte el misterio que tantos años lleva atormentándome.

Desde muy niño has sabido que tu padre fue en su día un buen relojero (magnífico, me atrevería a decir). También has sabido que en mi juventud viajé a España, y que desde entonces, sin ningún motivo aparente, me vi incapaz de fabricar ningún ingenio mecánico. Sé que debí haberte contado lo ocurrido allí hace tiempo, pero ¿cómo? ¿cómo desvelarte los horrores que todavía me producen pesadillas todas las noches?

Espero que sepas perdonarme mi debilidad al mantener tanto tiempo el secreto. Espero también que puedas perdonar mi cobardía al no poder relatarlo de palabra y tener que recurrir a un escrito. No espero que me perdones, sin embargo, por lo que hice hace tantos años en Los Oscos. Nadie debería nunca perdonar nada así. Ni si quiera a un padre. Todo comenzó en Bristol. Treinta y cinco años había envejecido este siglo diecinueve cuando yo me encontraba allí para estudiar el trabajo de un prestigioso relojero. Entonces yo me dedicaba a recorrer Inglaterra buscando a los mejores relojeros para aprender su arte y, modestamente, ya había alcanzado una habilidad bastante aceptable. Pero yo no quería ser un buen relojero, yo quería ser el mejor relojero que jamás hubiera existido.

Estaba yo sentado en una taberna de puerto, haciendo dibujos de posibles mecanismos cuando una conversación captó mi atención. Un capitán de navío muy borracho intentaba convencer al tabernero para que aceptara un reloj como pago por su cuantiosa deuda, algo que no convencía al tabernero. El capitán insistía una y otra vez que se trataba de una joya única que él había adquirido en un lugar llamado Ribadeo, y que estaba dotado con un mecanismo capaz de impedir cualquier tipo de atraso o adelanto. Intrigado por esta frase, me hice cargo de la deuda del marino a cambio del reloj.

Durante las siguientes semanas me olvidé por completo de mi nueva adquisición, tenía otras cosas que hacer en Bristol y tampoco es que me inspirara mucha confianza el marino. Al fin y al cabo, el tal puerto de Ribadeo bien podría no existir. Pero cuando volvía casa y lo encontré en mi maleta, me dispuse a examinarlo… ¡qué maravilla! Nunca jamás había visto una obra tan maravillosamente ensamblada. Cada pequeña pieza había sido pulida con un mimo exquisito de forma que, parecería, el autor había dejado un poco de su alma en cada fragmento del reloj. Mi corazón se desbocaba por momentos, ¡el mecanismo que evitaba los atrasos y los adelantos, del que habló el marinero, era cierto! Y era lo más ingenioso que había visto en mi vida. Una voz egoísta surgió de mi interior y me dijo que sería muy fácil copiarlo y hacerlo pasar como mío. Pero más tarde decidí que tenía que conocer a ese relojero, y apropiarme de todos sus secretos. Decidí viajar a Ribadeo, dondequiera que estuviese.

Y Ribadeo resultó estar en el norte de España. Los marinos de Bristol me miraron con sorna cuando se lo pregunté, haciéndome notar mi ignorancia portuaria. No me fue nada difícil conseguir sitio en un mercante que hacía una parada en Ribadeo. Y en esta villa tampoco resultó complicado averiguar que el reloj debía haber sido realizado, sin duda alguna, por Don Francisco Antonio Lombardo, el relojero más hábil de la región. Curiosamente, yo ya había oído hablar de los Lombarderos, relojeros de varias generaciones, pero nunca me había preguntado donde vivirían.

Don Francisco resultó ser un hombre increíblemente afable y educado, que no tuvo inconveniente en hablar conmigo. Dominaba muy bien el inglés y disfrutaba hablando con un colega. Nuestra primera conversación derivó rápidamente hacia John Harrison, el héroe de los relojeros, que en su día consiguió vencer a los principales científicos del planeta gracias a su ingenio y a su habilidad. Sospecho que sacó el tema por agradarme, al conocer mi origen británico. En un momento dado, yo le dije que ya habían pasado los tiempos en los que los relojeros podían resolver problemas en los que las mejores mentes del planeta habían fracasado. Recuerdo perfectamente que los ojos se le iluminaron con una especie de malicia infantil, como la de un niño que prepara una travesura y me contestó con un escueto “a lo mejor se equivoca.” Fue entonces cuando me percaté de que Don Francisco estaba preparando algo. Desgraciadamente, no fui capaz de sonsacarle ninguno de sus secretos ni, muchísimo menos, conseguir que me aceptara como aprendiz, a pesar de que elogió muy amablemente un reloj mío cuando se lo enseñé.

Don Francisco tardó tres semanas en volver a Ribadeo (no me atreví a establecerme en Los Oscos, donde residía el relojero, por miedo a llamar demasiado la atención si al final acababa haciendo algo ilegal. Un inglés en la costa puede pasar medianamente desapercibido, en la montaña asturiana sería imposible, así que me instalé en la vecina Castropol. Durante el tiempo que tardó en volver aproveché para preguntarle a los lugareños sobre el relojero, que era bien conocido y querido por toda la villa. Las historias que me contaban parecían absolutamente disparatadas; Don Francisco, al parecer, había construido un aparato volador con el que había sido capaz de recorrer algunos metros, y su ingenio había llegado hasta el punto de inventar un caballo mecánico capaz de ir hasta la iglesia y volver él solo. No dudé en comentárselo a Don Francisco en cuanto tuve ocasión, pensando que se reiría de tales fantasías. Pero no lo hizo. De hecho confirmó los rumores, lo cual me dejó estupefacto. O Don Francisco era el mayor genio de nuestro tiempo, o un grandísimo fanfarrón. Y desde luego no parecía lo segundo.

Me dijo que, efectivamente, construyó una máquina voladora con la que consiguió recorrer unos metros. Y que, como desde niño había querido volar, aquella fue la experiencia más maravillosa de su vida aunque apunto estuvo de ser la última. Así que decidió intentarlo por otras vías. Yo pensé imaginarme a donde quería llegar y le dije que estaba de acuerdo con él en que era imposible que una máquina más pesada que el aire pudiera volar y que si el hombre algún día alcanzaba las nubes sin duda sería mediante algún tipo de globo. Don Francisco me sonrió enigmáticamente y me contestó con un confuso “las mariposas son más pesadas que el aire”.

Cuando me confirmó lo del caballo, supe que había llegado mi oportunidad. Aproveché la ocasión para suplicarle que me dejara, al menos, ver tal portento en funcionamiento. Don Francisco me miró con desconfianza, pero yo sabía que su cortesía natural le impediría negarse si yo insistía lo suficiente, ¡y vaya si lo hice!. Don Francisco se vio obligado a invitarme a su casa.

El trayecto hacia Los Oscos fue uno de los mejores viajes de mi vida. Todo el mundo debería visitar al menos una vez aquel pequeño rincón de las Españas. Los riachuelos se acercan melosamente al viajero ronroneando como un gato. Los árboles y la niebla tapan los paisajes con pudicia, como avergonzándose de su propia belleza y, sin embargo, aportándole un elemento indispensable. Este es el tipo de tierra en la que un gran hombre puede entregarse completamente a sus genialidades y, estoy seguro, no debe ser muy distinto de las tierras en las que John Harrison ideara su maravilloso cronómetro.

El caballo mecánico era, ciertamente, un portento maravilloso. No sólo caminaba imitando a la perfección el movimiento de un caballo normal, sino que incluso pifiaba, movía la cabeza y ¡si le dabas una manzana se la comía! (Don Pedro me explicó que aquello había sido un pequeño capricho suyo y que los restos de la manzana se guardaban en una caja del vientre fácilmente extraíble). El caballo funcionaba a base de cuerda y bastaba tirar de una palanca oculta en sus crines para que se dirigiera hasta la iglesia, y se detuviera allí a la espera de que otra palanca le hiciera volver. Era un proceso absolutamente mecánico, bastaría con desplazarlo unos pasos para que ya no siguiera la senda adecuada y acabara, posiblemente, estrellado contra una casa. A mi me parecía maravilloso, pero Don Francisco le quitaba importancia. En una ocasión dijo que le faltaba verdadera vida. Que sólo sería realmente útil si una mente humana pudiera dirigirlo. A mi me pareció inconcebible tanta modestia. ¿Cómo era posible que un hombre hubiera inventado algo así y no se hubiera dedicado a recorrer el mundo mostrando su ingenio? Sólo había una explicación… que ese hombre estuviera preparando algo mucho más importante.

Pero la tarde se nos echó encima y todavía no habíamos comido, así que (viendo que yo no hacía ademán de marcharme) Don Francisco se vio obligado a invitarme a comer. Sabiendo que esta podría ser mi última oportunidad de sacar algo en claro, le pregunté por el excusado (se trataba de una casa señorial, que había pertenecido a los Lombarderos desde varias generaciones y tenía algunas comodidades), y aproveché la situación para buscar su taller. Lo que encontré allí me dejó de piedra, la habitación entera estaba repleta de diagramas y dibujos de mariposas, y encima de la mesa de trabajo, una delicada mariposa metálica parecía esperar el momento de alzar el vuelo. Al principio me pareció una simple estatuilla, pero en cuando la cogí me resultó evidente que su vientre escondía el más delicado mecanismo jamás fabricado por manos humanas. Entonces lo entendí todo, “las mariposas son más pesadas que el aire”, “sólo sería realmente útil si una mente humana pudiera dirigirlo”. Seguramente esta mariposa no sería más que un prototipo, una maqueta de una mariposa mucho más grande, lo suficientemente como para poder soportar el peso de un ser humano que la dirigiera… ¡Don Francisco estaba apunto de inventar una máquina voladora!

En ese momento escuché un carraspeo y encontré detrás mía al señor Lombardero. Su cara rebosaba ira contenida, esta vez yo había llegado demasiado lejos. Volví al salón avergonzado y no pronunciamos ni una palabra más el resto de la comida. Cuando me despedí supe que acababa de arruinar toda posibilidad de aprender los secretos de Don Francisco de su propia boca. Pero no podía darme por vencido. Aquella mariposa debía ser mía, tenía que analizarla con más detalle.Así que decidí esconderme en el bosque y esperar a la noche para poder introducirme en la casa del señor Lombardero y robar la mariposa.

Entonces escuché una especie de tic tac y al darme la vuelta, la vi. La mariposa que había visto en el taller apenas horas antes, estaba ante mi revoloteando de flor en flor. Era maravillosa. Sus colores brillaban con intensidad metálica y sus movimientos imitaban a la perfección los de una mariposa real. No me extrañó que el rumor de la mariposa todavía no se hubiera extendido, ya que a un observador casual seguramente le pasaría totalmente desapercibida. A mi aquello me pareció un regalo de Dios (en realidad era de Satanás). Y sin tan si quiera pensarlo, me lancé tras la mariposa.

Ella empezó a huir de mi, pero sus pequeñas alitas no le permitían mucha velocidad y su pesado armazón metálico le impedía ser tan ágil como una mariposa normal. El aparato parecía inteligente, se mostraba totalmente aterrado y varias veces intentó despistarme colándose por huecos pequeños. Pero al final la capturé. El pequeño artefacto se resistía, y tenía mucha más fuerza de lo que podría parecer. Tuve que agarrarlo con las dos manos, y aún así el aparato me arañaba y me hacía sangre con sus patas metálicas, incluso me pareció que me mordía en su desesperación. En un momento en que casi se me escapa perdí la paciencia y, tras empujarla contra un árbol, alcancé una piedra y empecé a golpearle con toda mi fuerza. La mariposa intentó inútilmente resistirse, sus delicadas alitas se cerraban, fracasando en su intento de proteger el débil vientre. Tarde un buen rato en recuperar mi cordura y para entonces la mariposa ya estaba totalmente destrozada. Entonces, viendo los restos de la preciosa mariposa en mi mano, comprendí por fin hasta el punto que había llegado mi locura. Con el resto de honradez que no había tenido hasta entonces, decidí volver a la casa de los Lombardos y afrontar mi delito como un hombre. Estaba dispuesto a que Don Francisco me insultara, incluso a que me pegara, yo no iba a defenderme. Pero nada podría haberme preparado para lo que vi.

La puerta estaba no estaba cerrada, sólo arrimada como es habitual en los pueblos. Y al no contestar nadie, entré. Don Francisco estaba tumbado en una extrañísima posición. Su cara mostraba un indecible horror y sus brazos y piernas, agarrotadas, se extendían en posición defensiva encima de su cuerpo. Sus brazos se cerraban encima como si fueran alas imaginarias que intentara utilizar para proteger del golpe de una roca.

Entonces lo comprendí todo. “Sólo sería realmente útil si una mente humana pudiera dirigirlo”. De alguna extraña forma, el señor Lombardo había conseguido transmitir su alma hasta el artefacto. Y yo acababa de matar al mejor relojero que jamás hubiera existido.

Votaciones del V Concurso de relatos de Sant Jordi

Desde hace unos días que ya está abierto el período para elegir el mejor relato entre todos los enviados en el V Concurso de relatos de Sant Jordi.

Este año hemos recibido muchos relatos de temáticas diversas y nos gustaría que todos vosotros expresárais cuál es vuestro preferido votando por él en el tema dispuesto a tal efecto en nuestro foro.

El día 20, durante el One night stand, se hará público el ganador.

Podéis leer todos los relatos y votar por vuestro preferido en este enlace.


IV Concurso de relatos breves de Sant Jordi

El club Kritik se enorgullece en ofrecerles la posibilidad de participar en el IV Concurso de relatos de St. Jordi. A continuación os dejamos las bases de este ya tradicional concurso en honor al patrón de todos los roleros.

Bases del concurso

1. Puede concursar cualquier persona.

2. Cada persona puede presentar tantas historias como desee

3. Las historias podrán tratar cualquier tema aunque se agradecerá que tenga un mínimo de relación con nuestra afición (si queréis escribir algo rollo cumbres borrascosas, al menos metedle hobbits en vez de ingleses)

4. Los relatos deben tener una longitud entre 1 y 10 folios (aproximadamente). No es imprescindible rellenar 10 folios, de verdad!

5. Todos los relatos deberán ser remitidos a la cuenta de correo del club (clubkritik @ hotmail.com) y serán publicados anónimamente por el Admin todopoderoso.

6. No se permite en ningún caso revelar (ni insinuar) la identidad de cualquiera de los autores de los relatos. Ergo, todos los relatos deben estar titulados, que, además de hacerlo más bonito permitirá colgarlos de forma anónima

7. Los relatos deberán ser enviados antes de las 00.00 h del viernes día 16 de abril.

8. Durante el día 17 de abril los relatos se colgarán de forma anónima por el Admin y se abrirá una encuesta que permanecerá abierta hasta el día 27 de abril para que todas las personas registradas puedan votar cual es su historia preferida.

9. El ganador se hará público durante la celebración del XVI One night stand- especial Sant Jordi (30 de abril)

10. El ganador recibirá como premio un bonito diploma acreditativo, una novela, así como el reconocimiento y admiración de todos los que lean su relato. De estar registrado en nuestro foro, tendrá la posibilidad de colocar un título (a su elección) bajo su nick en sus mensajes del foro.

11. Tras revelarse el ganador del concurso se anunciará el nombre de todos los participantes y cuales eran sus historias.

12. Todos los relatos serán colgados en el blog del club.

13. Las preguntas respecto al concurso se contestarán en el hilo creado al respecto en nuestro foro (haced clic aquí). Por favor, no enviéis los relatos en abierto.

Los últimos de Ravensbrücke

En el Evento de Infinity que se realizó durante las XVII Jornadas Kritikas se pidió a los diferentes comandantes que presentaran un trasfondo para sus tropas. Entre todos ellos se seleccionó un ganador que es el que os presentamos a continuación




Nivel de Seguridad: Epsilon 3

Autorización verficada...................................

Protocolos Antihacker activos.........................

Cargando datos..............................................


Alta Comandancia de PanOceanía: general David Velilla

Grupo o Fuerza de Combate: LOS ÚLTIMOS DE RAVENSBRÜCKE

Durante la primera ofensiva de Paradiso, las fuerzas del Ejército Combinado lanzaron un brutal asalto sobre la ciudad de Ravensbrücke, oleada tras oleada de alienígenas acabaron desbordando las defensas del ejército panoceánico.

Fue durante los momentos iniciales del combate cuando un Caskuda aterrizó en el bunker del cuartel general panoceánico acabando con la mayoría de los comandantes, sólo el Guardia Aquila Magnus, consiguió sobrevivir al terrible impacto, quien acabó con el Caskuda atravesándole la cabeza con la hoja de su espada. Magnus tomó el mando de la División Polinesia y del resto de diezmadas fuerzas panoceánicas y consiguió organizar una retirada ordenada del ejército salvando incontables vidas.

Transcurrida la primera ofensiva de Paradiso, el Alto Mando Panoceánico decidió que la experiencia adquirida por los supervivientes debería aprovecharse para solventar situaciones críticas de crisis en las cuales los últimos de Ravensbrücke ya eran unos veteranos. A día de hoy permanecen como última baza del ejército panoceánico y sólo conocen su existencia el Alto Mando y Juana de Arco.

Misiones e intervenciones del Grupo:

* Captura del espía Yu Jing en la sede de Varuna
* Rescate del embajador panoceánico durante la 2ª ofensiva de Paradiso
* Protección del Papa de Neoterra durante su visita a la ciudad de Barcino
* TOP SECRET
* TOP SECRET


Autorización insuficiente.............................

Desconectando............................................

Una leyenda diferente - III concurso de relatos

Os dejamos a continuación con el último de los relatos presentados al III concurso de relatos de Sant Jordi. Esperamos que hayáis disfrutado de todos ellos.

El relato se titula Una leyenda diferente y está escrito por Sethelan.

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[Comlog status: Online]
[Seguridad/Firealls: Avtivos]
[Accediendo a holodiario personal]
Nombre: Jorge de Capadocia
Último registro: 23 de abril de 2185


Aún no se que hago escribiendo esto. Vale, sí, según la terapeuta es la mejor forma de no acabar chiflado después de ver lo que vemos día a día. Esto es Bakunin… ¿De verdad esperan que no acabemos todos medio locos? No se yo si dejar de ser un Moderador… Para colmo lo de hoy ha sido… como mínimo, extraño.

Día de patrulla normal, hoy tocaba el módulo de Montblanc… un lugar lleno de hackers y paganos. Lo cierto es que no es un mal sitio, no suele haber problemas, o por lo menos no demasiados. Y allí estaba yo, con mi fusil combi al hombro andando por esas calles… si se pueden llamar así a los amplios pasillos de una nave. Dicen que en los planetas se está bien, pero vivir en el espacio, tiene esa especie de libertad intrínseca del espacio vacío. Ahora que lo pienso, no se porque me dirigí a aquella zona en concreto del módulo, por lo general no entra en ruta. Ya sabes, debe ser una cosa de esas, como la llaman, ¿sexto sentido? Pero bueno, por donde iba, que al final este archivo va a pesar demasiado, me dirigí, sin saber por qué a una zona fuera de ruta. Al llegar allí empezó todo.

Gente corriendo, sangre, ruinas y más gente corriendo. Entonces usé este maldito cacharro para enviar un aviso. Necesitaba refuerzos… si no los tenía las cosas iban a ir mal. Muy mal. Me dirigí rápidamente hacia la zona que la gente intentaba evitar corriendo en dirección contraria. Al llegar allí no me creía lo que mis ojos estaban viendo: un maldito Equipo Táctico Acorazado, un jodido TAG lo estaba destrozando todo. No reconocía el modelo, pues solo había estado cerca de nuestros anticuados Lizard, y este era más grande, más pesado, y con mucha más mala hostia. Tenía, escrito en rojo, sobre sus chapas amarillas la palabra D·R·A·C… sigo sin saber que narices significan esas siglas… luego lo buscaré.

Como te iba contando, mi pequeño Comlog, allí estaba yo, viendo como esa bestia mecánica echaba a perder un día de los más tranquilo, y como no, tomé la estúpida decisión de hacerme el héroe. Justo cuando estaba apunto de llevarse por delante a una joven rubia que, al contrario del resto de gente, no huía en dirección opuesta a la catástrofe, cogí a mi amigo Horse, este pequeño fusil combi blanco en el que he estado trabajando, y disparé una ráfaga entera a su estructura amarilla. Sabía que no iba a hacer nada, pero tenía que ganar tiempo y llamar su atención. Primer error: no cabrear nunca a una máquina que te triplica en tamaño.

Pensaba que su piloto empezaría a insultarme, y vendría hacia a mí, ¿Qué haría otra persona cuando se le dispara? Aquí esta el Segundo error: pensar que esa cosa estaba tripulada. La máquina se giró, miró hacia mí y en ese momento lo lamenté. Ver una carga de esas cosas es algo espectacular. Se lleva por delante todo lo que hay en su camino, no importa de que jodido material esté hecho, sencillamente, lo ignora y sigue su camino. En ese momento lo tuve claro: sigue disparando, Jorge, pero no en el mismo sitio. Parecíamos el ratón de laboratorio contra un gato montés, pero aún así, conseguí zafarlo en un par de ocasiones cubriéndome con los escombros que había hecho él mismo. Entonces sonaste tú, pequeño Comlog, eras mi salvación, aunque no como yo me esperaba.

Recibí un mensaje entrante, pero no de quién debía ser. Lóngkhi, dijo que se llamaba. Era una de esas locas, de esas fanáticas de la Observancia. Una Reverenda Custodia. Nunca había visto uno, y de verdad, son aterradoras hasta la médula. Yo tenía suficiente con alguna de las Moiras con las que me había encontrado en alguna misión, pero esta daba aún más miedo. No parecen humanas. Pero me concentré en las órdenes que me había dado, parecía que tenía un plan, de lo que me alegré. Además era sencillo, solo tenía que conseguir disparan una de las cargas de munición de Marcador que nos obligan a llevar desde el Entreacto Violento. El problema era que tenía que cargarlo y sobrevivir mientras disparaba, y por otro lado, tener en cuenta que seguían quedando civiles en la zona. Todo eso para no se sabía el qué.

Me decidí a hacerlo, cargué lentamente la munición. Esperé a que dejara de disparar su ráfaga de munición que tenía pinta de doler mucho. Empecé a correr hacia otro lugar con más cobertura, las ruinas de lo que parecía una holopantalla gigante de publicidad. Empezó a disparar, y me dio en la maldita pierna, por suerte un rasguño, y si, dolía mucho pero seguí corriendo hasta el final de la cobertura, y el siguió disparando en mi dirección. Tocaba lo difícil, arrastrarme hasta el otro extremo, sin que me viese. Hecho. Entonces asomé solo el cañón del fusil combi. No hubo reacción. Bien, eso es que no me ha visto. Apunté al suelo, justo en su pierna. Respiré hondo, y mi dedo presionó el gatillo. El D·R·A·C se giró y empezó a disparar justo en el momento en que yo saltaba hacia un lado. Adiós a Horse. Maldito bicho. Tenía la esperanza que hubiese sido por algo, que esa tal Lóngkhi supiese que se hacía.

Entonces dejé de escuchar disparos. Solo pasos. Pies que se iban incrustando en el suelo donde pisaban. Lo tenía justo ahí, al otro lado de mi frágil cobertura. Cerré los ojos, dispuesto a morir. Recé a cualquier dios que quisiera escucharme. Solo ahí una cosa. La maldita voz de Lóngkhi diciendo que todo había sido un éxito. Entonces me levanté de un salto, ignorando la punzada de dolor que empecé a sentir y todo cobró sentido.

A un lado, estaba Lóngkhi, con la chica rubia esposada entregándosela a un grupo de Moderadores. Justo detrás de ella, un robot que reconocí al instante. Era un Salyut Zond, con un nombre pintado en la chapa trasera, RoSe. Sabía que lo hackers podían hacer virguerías con ellos, pero no poseer a un TAG con tanta rapidez. Para eso necesitaban el Marcador bien situado, para que Lóngkhi pudiese hachearlo a través de ahí. ¡Podrían haberlo dicho!

Esta tarde, en la enfermería, me he enterado de que la chica rubia es una tal Princesa, una hacker bastante famosa por imbuir con IA sus remotos. Esta vez estaba trabajando en una IA en un TAG, pero se salió de madre, y la IA tomó ideas propias. Ahora esta en la cárcel. A la gente de la Observancia no le gustan demasiado las IA independientes. Quizá algún día vaya a verla a su celda, después de todo era bastante mona.

Bueno, Comlog, te voy a dejar ya, que este archivo, como decía pesa ya demasiado. Corto y cierro.

[Guardando Archivo de holovideo]
[Comlog status: Offline]

No muerta - III concurso de relatos

Una nueva entrega de un relato escrito para el III concurso de relatos breves de Sant Jordi. En esta ocasión se trata de No muerta, escrito por Artedil.

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Cayó la noche y una espesa niebla empezó a cubrir el cementerio. El ayudante del sepulturero estaba terminando de cavar una nueva fosa para que al día siguiente se pudiera realizar el correspondiente entierro. En uno de los instantes que levantó la cabeza para tomar algo de aire antes de proseguir con el duro esfuerzo de clavar la pala en el suelo congelado vislumbró una tenue luz que oscilaba unos cuantos metros más allá. Sorprendido por ese descubrimiento, lo primero que hizo fue ocultarse dentro de la tumba, ya que pensó que se trataba de ladrones de cadáveres. Aguardó algunos segundos, tratando de oír algún sonido que le ayudará a discernir hacia donde se dirigían. Nada, ni el menor soplo de aire. Alzando un poco la cabeza intentó ver si la luz seguía en el mismo lugar. Efectivamente, ahí estaba, sin desplazarse. Su curiosidad venció al temor y poco a poco se levantó, haciendo el menor ruido posible. A medida que se acercaba la intensidad de la luz crecía y pudo discernir que provenía de detrás de una gran lápida. Alguien o algo estaba al otro lado. De repente una figura se levantó quedando a la vista del joven. Se trataba de una mujer. O más bien, lo que quedaba de ella. Un caro y elegante vestido, gastado y raido por el paso del tiempo, envolvía su piel, una pálida piel que no cubría completamente su cuerpo, dejando a la vista, en algunos lugares, los frágiles huesos que la sostenían. Su rubio pelo era quebradizo, poco más que paja seca. Y sus ojos. ¡Qué ojos! Sus ojos no eran ojos, eran dos pozos de profunda oscuridad, de absoluta negrura, magnéticos, absorbentes. Hipnotizado ante tal presencia, no hubo más reacción que la paralización completa de todo el cuerpo. Ninguna palabra pudo pronunciar mientras ella se alejaba lentamente y desaparecía entre la niebla. Ningún movimiento se produjo durante largo tiempo después de que se hubiera marchado, aunque se podría haber dicho que el tiempo se había detenido. Al fin reaccionó, y su impulso no fue otro que el de correr, pero entre sus pensamientos no estaba la idea de huir, no era ese su objetivo. Se lanzó a la carrera tras la aparición, dejando atrás el cementerio, internándose en el bosque. Su corazón palpitaba desbocado. Su mente estaba saturada por esa mirada.

* * * * *

La fuerza que desprendía ese lugar la hacía regresar cada cierto tiempo. Era allí donde la otra parte de su vida descansaba. Si hubiese podido llorar, no sabía si lo hubiera hecho, ya que por muy honda que fuera su añoranza, demasiadas estaciones habían transcurrido desde entonces. Acarició las gastadas letras de la lápida y se levantó para marcharse. Entonces una mirada ajena la sorprendió. Nunca en todas esas veces se había cruzado con otro ser en el cementerio. Un hombre bastante joven, o eso creía, pues ya no estaba segura de cómo afectaba el paso de los años, la contemplaba asombrado, estupefacto, a través de unos claros ojos. Su rostro era carnoso, algo pálido a pesar de la suciedad que mostraba y su cuerpo algo más bajo que el de ella. Pero su corazón… ¡un corazón latiente! ¡Y a qué ritmo! Una máquina perfecta de bombear sangre, de llevar vida al resto del organismo. Turbada por haber percibido ese palpitar descarriado, dio media vuelta y se alejó del lugar, internándose en la espesa niebla.

* * * * *

Horas después estaba perdido y exhausto en un pequeño claro. Su ciega carrera le había dejado arañazos y golpes por todo el cuerpo. El silencio reinante solamente se interrumpía por su fatigosa respiración descompasada. Aturdido por el cansancio y la experiencia se sentó bajo un cercano árbol. ¿Cómo la encontraría? ¿Quién era ella? El sueño le venció. Pero ese sueño no fue plácido ni reparador.
Despertó de golpe, sin apenas recordar nada, en una reconfortante cama, bien abrigado por las gruesas colchas que lo cubrían. ¿Dónde se hallaba? ¡Ése no era su dormitorio! Aún era de noche, o eso creyó, ya que ninguna luz iluminaba la habitación. Poco a poco un leve resplandor fue enmarcando la silueta de una puerta. Cuando la intensidad que se filtraba le permitió ver el contorno de los muebles, la puerta se abrió súbitamente. Se escondió entre las colchas, sin atreverse a atisbar quien entraba. Solamente escuchó el rozar de tela contra el suelo. Al cabo de un rato escuchó cerrar de nuevo la puerta. La oscuridad volvía a reinar dentro de la estancia. Un aroma dulzón le advirtió que habían dejado algo a su lado. Tanteó lentamente la mesita situada al lado de la cabecera de la cama y encontró un pequeño tazón de madera. Se lo acercó hasta los labios resecos y tomó, con algo de miedo, un pequeño sorbo. El sabor fue mucho más amargo de lo que prometía el olor. Aun así, lo tragó. Al instante se percató que veía mucho mejor y apenas notaba el cansancio. Decidió terminarse el cuenco de un largo trago y se puso en pie. Se acercó cuidadosamente a la puerta y la entreabrió para poder observar el exterior.

* * * * *

Cuando regresó al hogar donde ahora deambulaba diariamente, tuvo la sensación que debía volver atrás para localizar a ese individuo tremendamente vivo. Deshizo el camino y no muy lejos descubrió en un pequeño claro un cuerpo tumbado. No se preocupó en observarlo, el pulsar del fuerte músculo de su interior era inigualable, claramente distinguible entre un millón. Sin esfuerzo alguno trasladó el bulto hacia el interior del suntuoso lugar y lo dejó en el más cómodo de los lechos para que durmiera tranquilamente.
¿Qué iba a hacer con él? Para empezar le prepararía una reconfortante poción que le hiciera sentirse a gusto en ese lugar, algo que había aprendido la primera vez que llegó ahí. Descendió al pequeño almacén donde se hallaban depositados cientos de pequeños frascos con extrañas substancias y empezó a trastearlos, descartando algunos, tomando otros. No tardó en haber hecho una selecta elección y se dirigió a la cocina a elaborar el brebaje. Su vieja y gastada memoria aún le permitía recordar todo el proceso perfectamente, cómo trocear, cómo cocer, cómo colar, cómo sazonar. Cada ingrediente debía ser tratado con cuidado, sin equivocarse para que no perdiera sus propiedades y para ello tuvo que buscar, aparte de una amplia gama de utensilios cortantes y punzantes, el instrumento más inútil de su existencia: un medidor de tiempo. Segundos, minutos, horas… nada de eso le interesaba aparentemente.
Cuando dio por concluido el proceso nada había fallado. Había preparado suficiente para varias raciones y cogió un pulido tazón de madera para servir una de ellas. Aprovechando que tenía la temperatura ideal para ser ingerido fue hasta la habitación donde reposaba su invitado. Antes de abrir la puerta sintió otra vez los rápidos y alterados movimientos de contracción y relajación de ese maravilloso órgano. No pudo esperar a estar más cerca y entró de golpe en la cámara. Incluso amortiguado por las colchas, el repiquetear era la melodía más fabulosa de las existentes. Avasallada de nuevo por extrañas sensaciones, dejó el recipiente sobre la mesilla cercana a la cama y se retiró de nuevo.


* * * * *

Un largo pasillo se mostró ante él: al frente, una pared se extendía llena de ventanales cubiertos por pesados cortinajes; a sus lados, cada ciertos pasos, había una puerta semejante a la que acababa de abrir. Nadie parecía habitar en ese lugar, todo silencio, todo quietud. Apartó los ropajes de una de las ventanas y contempló la negrura de la noche, más intensa que la que percibía ahora dentro del edificio. El destino, el azar o algún motivo desconocido le hizo girar hacia la derecha, que parecía tan buen camino como ir por la izquierda y, sintiéndose lleno de energía, avanzó decididamente. Al llegar frente a la tercera puerta, decidió comprobar que se escondía detrás. Golpeó con los nudillos y esperó una posible respuesta que no llegó. Agarró el pomo y sin ningún esfuerzo empujó hacia dentro. La habitación que encontró era idéntica a la que había descubierto al despertar. Comprobó la siguiente puerta con el mismo resultado. Al final del corredor encontró unas escaleras que le llevaban hacia arriba.

* * * * *

El delgado arco de la luna se había ocultado tras una de las numerosas nubes que poblaban ese día la bóveda celeste, llevándose con ella la poca luz que podía competir con la que desprendía su cuerpo ajado. Una luminosidad que se mantenía perpetuamente a su alrededor, que parecía querer mostrarle un camino a través de las sombras, pero que a la vez no le dejaba ver más allá. Erguida en lo más alto del tejado, parecía querer desafiar la oscuridad reinante, querer imponerse a las tinieblas que la envolvían ¡cómo si fuera posible! ¿Acaso no formaba parte de ellas? Lanzó una seca carcajada al aire, un sonido espantoso que nadie más hubiera podido interpretar.

* * * * *

Un estruendoso eco, un sonido de otro mundo, rebotó por el estrecho tramo por donde ahora ascendía. Había dejado atrás dos plantas exactamente iguales y ahora se encaminaba a lo que tendrían que haber sido las buhardillas, pero a diferencia del resto, aquí se había producido una peculiar destrucción: un boquete irregular de un par de metros de diámetro daba a cielo abierto. Asomó la cabeza para explorar el exterior y quedó cegado por una aparición celestial que coronaba la techumbre.

* * * * *

De nuevo el poderoso retumbar de aquel corazón inundó su ser. Lentamente se giró hacia él y avanzó hasta tenerlo al alcance de la mano. La poción había resultado efectiva, sus facciones se mostraban descansadas, su cuerpo, vigoroso; su visión, impregnada de ilusión. Deseaba tanto poder sentir de nuevo, aunque fuera por un instante, que apenas podía contener aquella actitud que había sido desterrada de su esencia: la impaciencia. Gracias a él, experiencias olvidadas volverían a surgir.

* * * * *

Aquella criatura de luz era lo más puro que podía existir. Había adquirido el aspecto de una bella mujer, de larga melena, de cuerpo liviano, de movimientos harmoniosos. Pero sus ojos eran totalmente inhumanos, llenos de conocimiento, poder, atracción. No pudo resistirse y se detuvo a escasos centímetros de su rostro. Era capaz de darlo todo por un único beso, un dulce beso.

* * * * *

No había huido, al contrario, ahora se encontraba tan cerca que incluso su cálido aliento golpeaba la corrupta cara. Tenerlo tan próximo era irresistible. Leyó sus pensamientos a través de su mirada. Una mirada que se había producido a lo largo de la historia incontables veces. ¡No se lo podía creer! El objeto de su anhelo iba a ser suyo, se lo iba a dar por un simple beso, un triste beso.

* * * * *

Al asomar el sol por el horizonte, la pequeña comunidad fue congregándose frente al cementerio. El sepulturero no tardó en llegar, abrir las puertas y dirigirse hacia el hoyo que iba a convertirse en tumba. Un súbito grito de asombro silenció los sollozos y las palabras de consuelo que se proporcionaban. Todas las miradas se posaron en el viejo hombre mientras éste no podía apartar la suya del descubrimiento que acababa de realizar: la fosa se encontraba ya ocupada. Se trataba del cuerpo de su joven ayudante que se había quedado durante esa noche anterior a terminar el trabajo. Su rostro parecía haber encontrado un éxtasis supremo pero su cuerpo distaba mucho de aquello. Cada una de las personas que se había ido acercando a su alrededor tembló al ver como había sido consumido. La piel tirante sobre los huesos, las articulaciones extrañamente dobladas y una horrible herida en el lado izquierdo de su pecho, cinco laceraciones irregulares que perforaban piel, carne y hueso, dejando un profundo vacío donde antes había palpitado un corazón.

Relato del haiku - III concurso de relatos

Continuamos con otro de los relatos presentados al III concurso de relatos breves de Sant Jordi. En esta ocasión se trata de Relato del haiku, escrito por Antonio.

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Rojo, oscuro, negro
El dragón rugió
Magnificencia…

La palabra original en fuerte esencia se eleva en un término puro, significando la esencia que se mixtura y confunde convergiéndose en uno, enorme, inconmensurable todo considerado como una unidad: toda la danza cósmica de materia y la energía que ondula en polirrizas sombras.

Dactilado de abstrusas amarillas peonías de destorcido enseño, se alcanza vislumbrar lejanías progresivamente débiles y borrosas. Aun con todos nuestros instrumentos, buena parte del Universo está demasiado distante y oscuro como para poder observarlo, siquiera sin fijarnos en los detalles.

La visión megaloscópica imposible permite alcanzar la consciencia que vibra en altibajos encadenados aumentando en horrísono disforme son de lo que contempla el noúmeno ventral, no obstante de marinas decimales satrápicas dedaleras trepadoras sin lacias pecioladas bajo superficies de promesas argénticas imaginadas de todos modos.

El cosmos absoluto como una mezcla tridimensional de finísimos trazos de sombraoscura, con vacíos espacios intersticialmente vibrantes, numerosos de ellos cual cuasiciánidos en pequeños nódulos de arracimada moralidad se traviste en geminadas violáceas nebulosas chorreantes de rugosa tangibilidad.

Curvas y estelas de parpadeante luminiscencia galácticamente semejantes hallan en los sentires confundidos magistralmente, callan en griteríos agradecidamente coorgánicos en notabilísima calma mortal, pretendidamente ocurriendo nada, la nada.
Ningún cambio progresivo, lo bastante grande con razón o sin ella como para ser percibido desde la perspectiva universalmente iluminada, puede evanescer a una discronía mayor que inversamente puede ser inimaginablemente rápida para el ojo nosotros, pero a escala de una totalidad a efectos prácticos, de inmovilidad remolinante.

Hecho inimaginable, punto central de negrura primigenia en pulsátil hermenéutica, un cosmos de desfigurada testuz y admirable maraña de nítida franqueza en la complejidad grotesca de puntos sin horas, de eras martilleantes en una realidad flegetónticamente acrásica.

Ésta se extiende en su dejadez incómoda sin una chispa de brillante oscuridad melosa, en una oleada de esta oscuridad que se esparce hacia el exterior de este punto central en todas las direcciones a la dulzura inconcebible que más rápida posible, la de la luz interior del espíritu cuasidivino, azuleando lentamente, pero con el requerimiento de decenas de eones antes de que se proyecte por completo.
Matices de análisis de nasalidades divinas, dentro de la misma, el foco central ha sido oral vasta. La creación se ha ocultado de protuberancias tubérculas de pasados poemas; sin embargo, la anábasis se ha cintilado en el asolarismo de una de las muchas realidades grisemergentes.


Conocida sensibilidad, ámbito omniversal de menuda discordia gigantesca final, al cabo de la propicia reflexión de líneas de inhabitable gozo saturnal; mutilando el leucón heterónimo, puede ser mejor aprehendido por huellas en lodazales de incierta verdad.

Efectivamente, avanza con él; de hecho, tanto su actividad ígnea como sus estudios cristalínicos, planteado desde su propia visión, época, arco crónico de dispersa voluntad efímera. Tal que mentado el proceso de crispación omniversal, desecación de su mórfico ingenio refleja regiamente mancias de ínclita fama, invitadas a la mesa de infernales cotas.

Sistematizando materias, refiriendo respuestas sin preguntas ni padres, la luz del silencio en vitales temblores de fágicas ofertas de un limbo pelágico, salado, de vitales signos plateados en negados broncíneos fondos, que antes debía haber ofrecido en sempiterna jaculatoria muda.

Si comenzamos observando podridos padres en cualquier atonía moral, el nivel de este oscurecimiento universal no arroja absolutamente ningún cambio en el no propiciado curso de nuestro decurso, deviniendo tras recuerdos mortíferos de ilusiones no nacidas en las mentes parpadeantes, acabadas a la vida, y muy poco en el curso de cien vidas (lo mismo ocurriría, por cierto, si el protocosmos fuera incierto al editado y rompiera a aclararse desde un ebúrneo coloso central: la influencia se esparciría a la serosidad marginada.

Tan prisioneros de nuestro tiempo y espacio como todo apresados en lo demás, ínclitos impedidos amortales no, bajo ninguna de las circunstancias que conocemos, irán más investidos de prisa que la acerada afasia de lenguaraces sometidos a cegadora e inmutable verdad inasequible.

En realidad, el paso del tiempo llega a cero, y menos, en fría causticidad crónica de navegantes óseamente facultados, a los que robásemos destriparía el tiempo en detención abstrusa, como sesgados cólicos de irrealidad fecunda, la irregular cíclica de míticos grimorios denosta la base de inicio del todo, en cuanto a figura ontológica de verso jurado.

Se detiene, sin embargo, en tierra gimoteante la nítida felonía del acerado estuco que protege mentiras descriptoras de pilares reales, ocultos a la vista del iniciado sofista, cuando, en fin, el principio no es fin, sino finalística mal implementada siempre retornante.

Puede ser, pues, que, con la mejor buena voluntad del mundo, se pueda llegar a alcanzar y qué si visitar únicamente las más cercanas obtendrán la perspectiva universal de esa disonancia esencialmente igual a cero, que no a la ausencia.
No obstante, considerando como una totalidad mórfica, la superación del tremolado millonea la rugosidad del tejido espaciotemporal, suponiendo, superando su falta de vibrato aumentando el movimiento hasta el palpito vital y aún más allá, con un límite desconocido y apenas definible en su mundanidad inasequible.

Como alternativa, subvertir una especie de grafemas tomados al detalle, una pletra de ínfimos desfilantes en tablillas inopinadas cada seis eones de perversa sinceridad secundaria. Si tiene forma de espiral, su brazo puede aparecer y desaparecer. Ninguno de estos cambios sería apreciable, pues la verdadera certeza es huidiza y las vestiduras de la verdad suelen cegar incluso al más avezado de los transeúntes del camino si no único, el no desdeñable.

En ese caso, aumentar la amarga esponja no alterará la inmutabilidad del dulcorado cosmodrama. No necesariamente, en cualquier caso, pues que existe un cambio que nos abruma en relación con el suelo.

A medida que sin ojos se desarrolla el espectáculo incierto parásitos en la estructura de rombo aumentan lentamente, y las curvas y descensos de la rabia se rasgan y se endosan en nodos frenéticos. En síntesis, cada vez más y su necio se irá arreciando.

Cosmológicos, pues, llamados al misterio de la sofrena perdida que destrozan acaloradamente supinas dinámicas de difusiformes franjas cerca de otras, indefinidas; mientras, glaciales tántricos lígneos deshojan lívidas larvas demediadas.

Secuencias caleidoscópicas rebosaban en incontables direcciones reluctantes frecuencias en disonancia interior de la sobria mansedumbre, sin reparar en lánguidos tonemas de estentóreos himnos perdidos de insospechadas civilizaciones que ni siquiera habían llegado a ser cual ciclotimia salvaje y desbocada en hirvientes páramos helados de estulta grandeza herida por la lógica quebrantada.

A esto, en sorda algarabía, millardos de soturnos flátulos imponen con dejadez su impropia aura, al amparo de fuerzas innúmeras de súbita cronomía irregular, forzada, rota. Habiéndose considerado sin mente consciente, aún a pesar de los más racionales elucubrados fantasmas que se carcajeaban en tuberculosa muridez, desdeñó formar lóbregas ideaciones que solamente conducirían a los más profundos abismos de la angustiosa nada, simultaneando el populacho desalentado de pensamiento único, superpoblando de cuerpos, de deformes inútiles animales babeantes, únicamente dominados por un instinto etológicamente enfermo, biológicamente depauperado, espiritualmente inexistente, cabalmente trastornado sin límite a la vista maloliente del habitante mortalmente solo, abandonado a la contemplación del inenarrable espectáculo de la realidad helicoidal desdibujándose en matices amargoagudos de terrorífica simplicidad.

En piélago agonizante de retumbante cacareo, carcajadas estentóreas golpean sin tregua el moribundo silencio de verdigrises matices.

Como hubiese rebasado multidimensionalmente todo límite de entropía, el sistema se colapsó con un estruendoso sonido vacuo.

***
—¿Qué te parece? — preguntó con inocencia el autor.

— Sencillamente magnífica — respondió el lector. — Resulta asombrosa la originalidad del planteamiento, la claridad e intensidad del desarrollo y audacia que apunta el desenlace. Es una lástima que al final la hayas cagado. Me parece un sinsentido el final, sobre todo cuando el avance de la trama sugiere tan claramente la lógica conclusión. Tu final carece de la más mínima coherencia, es total y absolutamente absurdo.

— ¿Eeh?

Pasaje de un suceso: I parte - III concurso de relatos

Os ofrecemos un nuevo relato participante en el III concurso de relatos breves de Sant Jordi. En esta ocasión se trata de Pasaje de un suceso: I parte escrito por Bretonia.

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La niebla se había apoderado del paisaje, las nubes se habían condensado y había vuelto el cielo de color negro con amenaza de tempestad, pues los truenos se empezaban a escuchar desde lejos y a verse los primeros relámpagos. El aire era denso, impuro, difícil de respirar por un ser humano...y allí entre el paisaje se levantaba ese pequeño castillo con aires de ser una mansión fortificada, con sus grandes gárgolas que colgaban de sus pequeñas torres, gárgolas que parecía que por cada relámpago que caía cobraban vida, pues daba la sensación de moverse tras el trascurso de cada fracción de luz que en ellas se reflejaba...y allí estaba, esa gran torre central, en la cual una sombra curva y decrépita se retorcía y apoyaba entre sus torretas, mirando el gran portón desde su posición, esperando la llegada de alguien o algo…

Una joven, bella y esbelta figura, de larga cabellera rubia, ojos verdes y cara angelical bastante pálida, se incorpora en la escena de la torre central. Camina apresurada y se acerca a esa figura deformada por los largos años que pesan sobre ella.-Mi señora Daphnelma, lo que había encargado ya lo hemos traído con toda la urgencia que requiere el caso, yo misma la elegí para vos-. La figura curva se quitó la capucha que tapaba su rostro, y se pudo ver una horrible cara carcomida por la edad.-Mi fiel Sarah, mi mejor consejera, hija y servidora, a veces pienso que debería haber más fieles sirvientas como tú, pues no hay nadie mejor que haga cumplir mi voluntad-.La anciana Daphnelma hizo intento de dar un paso y Sarah se adelantó a los movimientos de esta y le cogió el brazo para ayudarla a caminar-.Daphnelma, sabes que me preocupas y sabes que te amo como a una madre, y no me gusta verte así, pues no entiendo porqué has estado largos meses sin ingerir ni una gota de sangre. Podrías perecer en cualquier momento...aunque reconozco que otro de nuestro linaje hubiese perecido ya-un largo suspiro surgió de Sarah y Daphnelma paró en seco, y cogió con su torpe mano el rostro de la joven Sarah.-Sabes que es necesario que haga esto, pues mi disciplina de videncia lo requiere, mi ser necesita este estado para ver el presente, pasado y futuro, y algo dentro de mí hace que este inquieta, y hasta que no vea lo que es no podré estar tranquila. Aún queda alguna gota de sangre de reserva dentro de mí, conozco mis límites, aunque reconozco que me encuentro débil, o sea que no te preocupes mi querida Sarah. Ordena que preparen la daga ritual, el altar de sacrificio y los dos cuencos para poner lo necesario para visualizar mi clarividencia, y por favor, aproxímame hasta el altar. Hoy terminará todo... ¡ah!, Sarah, tener el privilegio de vos misma atar a la víctima que vos misma elegisteis para mí. El destino es caprichoso y desenredar sus nudos para averiguar que pretende es muy complicado… -.

Sarah acercó a la anciana al altar, después se alejó a organizar todo el ritual; un séquito de humanos "aspirantes a ser abrazados" trajeron a una bella doncella de 7 meses en cinta, atada y amordazada, se la entregaron a Bashik y esta le quitó sus mordazas, la joven gritó pidiendo auxilio...-Grita, pues nadie aquí te podrá salvar, tan solo la muerte-.Tras decir esto medio sonriendo, Sarah pronuncio unas palabras y sus ojos penetraron a la doncella, la cual al acto calló sin rechistar, la ató en el altar ritual, y como una simple marioneta la chica se dejó arrastrar y hacer con ella lo que quisieran. Después de estar atada la chica, Daphnelma se plantó al pie del altar, alzó la daga ritual, pronunció un lenguaje arcano susurrando a la daga, y esta empezó a brillar con el color del rojo fuego; Daphnelma empezó a extirpar el vientre de la joven embarazada, la daga parecía que cortaba su vientre por la mitad como si fuese frágil arcilla húmeda, y a su merced dejaba que las entrañas empezaran a salir intactas. Daphnelma soltó la daga y con sus manos desnudas penetró sus entrañas y las arrancó, y las puso en uno de los cuencos preparados, luego quedó visible la bolsa del futuro niño que nunca nacerá, lo arrancó de la matriz de la madre y lo puso en el otro cuenco. Después esta miró los ojos de la doncella que aún permanecía viva, y se jactó de la mirada de esta que aún permanecía viva y con terror de contemplar lo que le estaba sucediendo, Daphnelma se giró hacia el cuenco que contenía las entrañas y empezó a contemplarlo bajo el cielo amenazador, se dejó llevar entre una especie de éxtasis al volver a oler la sangre, y se privó de tomar ninguna gota de esta, entonces es cuando entró en una especie de trance, sus ojos se quedaron en blanco y su mente viajó, empezó a ver imágenes entrecortadas, lo vió, la guerra, el Mal despertado, los varios grupos que salían para apoyarlo y a impedirlo, contempló la lucha y la muerte y eso le gustó; miles de cadáveres yacían tras una batalla y ella estaba allí…con su séquito y su magia. De repente se despertó, gritó una especie de aullido que el viento se llevó, salió de su trance y se dejó llevar esta vez por el éxtasis y el frenesí del olor de la sangre, sus ojos se habían incendiado en un color rojo, como un animal hambriento se tiró al vientre abierto de la doncella y empezó a devorar sangre sin parar, cada gota que su cuerpo tomaba parecía que su cuerpo se rejuvenecía, su piel arrugada se empezó a transformar en joven, suave y tersa, el color de sus cabellos pasaron de blanco a negro azabache, su figura se reestructuraba a la de una adolescente de diecisiete años de edad, había tomado el elixir de la sangre que necesitaba. Daphnelma se incorporó con todos sus labios repletos de sangre, de su delicada boca entre abierta todavía se podía ver sus largos colmillos que aún estaban sedientos de sangre, sus ojos ya habían recuperado su color azul enigmático, pero todavía su mirada ansiaba sangre...se abalanzó sobre uno de los humanos de su séquito y lo devoró, dejándolo vacío de sangre. Ya satisfecha se giró hacia Sarah (que había contemplado la escena sin inmutarse) y se limpió su boca y cara de porcelana con un pañuelo. - Sarah, aún nos queda el mejor manjar, venir querida...compartamos el deleite de saborear una sangre pura...a veces es necesario el sacrificio de inocentes para el bien de algunos y la desgracia de otros…-se acercó al otro cuenco donde reposaba el “bebé”, que aún mantenía el cordón umbilical atado a su cuerpecito, lo sostuvo de su cuello en el aire y le ofreció a Sarah el morderlo a la vez que ella, Daphnelma abrió su boca e hincó sus colmillos en el cuello de este, Sarah la siguió y tomó la piernecita, y ambas empezaron a succionar el manjar que sostenían entre sus manos. La tormenta empezó a caer, los relámpagos en reflejarse por todo el cielo, y el agua empezó a arrastrar la sangre que yacía en el suelo...era escalofriante ver como por las bocas de las gárgolas caía sangre...ríos de color púrpura teñían el suelo de esa maldita tierra de no muertos.

Esa misma noche, mientras Sarah tocaba notas siniestras con el clavicordio en la gran sala del castillo, Daphnelma vestida con un vestido transparente negro, dejando medio ver ahora su perfecto cuerpo con la tenue luz de la chimenea, se dedicó a dibujar en el suelo con sal círculos y runas entrelazados, se cogió su bastón con forma en la parte superior de murciélago, dio 3 golpes en el suelo...la música seguía esparciéndose por la sala sin dejar ningún hueco para el silencio .-Venid, espíritus a mí...venid pues yo os invoco...venid, pues yo vuestra dueña reclama los servicios de vtras. almas en pena...¡venid¡,¡...pues yo Daphnelma os lo ordeno¡-. La oscura música se volvió a apoderar de la gran sala, y Daphnelma quedó quieta de pie dentro de los círculos de sal, esperando que sucediera algo. Traspasando las puertas de madera empezaban los primeros espíritus a llegar, en total fueron unos seis los que contestaron su llamada.- ¿Qué queréis mi señora de nosotros?, ¿por qué nos habéis llamado?-Daphnelma sonrió.-Bien quiero que uno de vosotros. lleve un mensaje a alguno de mis “queridos actuales parientes” que todavía siguen siendo humanos, por cierto, no los asustéis, entregar el mensaje que hay encima de la mesa de la sala…sin que os vean…el resto necesito que me hagáis de espías y me digáis que hace cada líder, los señores de la guerra, en las tierras del norte, y sur de la península, quiero todos sus detalles de batalla, si es que los hay…-A esto que uno de los espíritus rechistó:-¿Y si nos negamos a servirte?, somos almas en pena, déjanos descansar en paz.- Daphnelma alzó la mirada desafiante, y con voz más grave y amenazante contestó:-Al igual que sé cómo invocaros, sé cómo destruiros…niégame aquello que os pido, y serás energía absorbida, espíritu necio, lo que tú quieras no es mi problema. Sírveme bien y os recompensaré en muestra de mi gratitud, no paso por alto un buen servicio, tan sólo hacer lo que pido, pues no es tan difícil…-A esta respuesta, los espíritus allá delante de Daphnelma retrocedieron un paso por temor y contestaron al unísono:-Así sea tu voluntad, te serviremos lo mejor posible ntra. Señora.-Y marcharon desvaneciéndose uno a uno por el amplio portón del salón. Tras esto Daphnelma salió del círculo, abrió la puerta y se dirigió hacia el pequeño jardín central que había es su pequeño castillo.

La noche era densa y eléctrica con la lluvia, el viento violento chocaba con todo aquello que le suponía un obstáculo y lo intentaba arrancar. Daphnelma se paró por unos segundos a ver ese increíble fenómeno de la naturaleza, atravesó ese jardín de flores marchitas, mojado por la tempestad que estaba cayendo, y ella se bañó de esa lluvia, sus cabellos, su cuerpo, toda ella se empapó mientras se dirigía a un panteón que estaba al final de ese jardín descuidado; tras llegar al panteón, lúgubre y bien conservado, con unas columnas al estilo romano, Daphnelma se resguardó de la lluvia bajo su techo de mármol. Unos ángeles de piedra custodiaban la puerta del panteón, las caras de esos ángeles ya estaban erosionadas por el tiempo y el moho, y ella intentó limpiar esas caras con su gélida mano, pero no lo mejoró mucho, demasiados años recaían sobre esa piedra gris. Triste agachó la cabeza y vio unas florecillas silvestres que habían crecido al pie de ese panteón familiar, se arrodilló para contemplarlas con la luz del cielo lleno de relámpagos, y les pareció tan bellas y tan salvajes que tan sólo se atrevió a arrancar una, la sostuvo en su mano, la olió profundamente y delicadamente la agarró de su tallo y abrió la puerta custodiada por los ángeles. Bajó las escaleras que estaban iluminadas por miles de velas que estaban colocadas estratégicamente por los laterales de estas, y llegó hasta las tumbas de sus antepasados, donde descansaban en paz. Todo el recinto estaba iluminado por candelabros y se acercó a una tumba de su derecha, al parecer la más importante para ella; se arrodilló para besar el mármol con el nombre tallado de Von Vonderster y posó la flor encima de ella, y le calló una lágrima de sangre mientras acariciaba la inscripción donde estaba inscrito: “Ojala que me perdones, allá donde estés…pues yo intento perdonarme cada día”. Se acurrucó al lado de la tumba y se dejó llevar por la melancolía, dejando vagar sus recuerdos en el ayer que para ella aún era reciente. Se quedó “dormida” esperando que al despertar todo estuviera todo en su sitio, tal como ella querría, pero cada madrugaba deseaba lo mismo y a la noche siguiente seguía dentro de esa pesada y tedia realidad, y por siempre jamás lo que sucedió no lo podría cambiar a su pesar. Y dentro de su cabeza empezó a sonar una melodía que antes solía mucho escuchar, cuando era una mortal, y le servía para olvidar por momentos que se había convertido en una atrocidad, víctima del capricho del destino, deambulaba por sus hilos en busca de respuestas.

Tal vez la bestia que residia dentro de Daphnelma no era tan fiera, su lado humano se debilitaba…pero luchaba cada noche para recuperar esa parte que se moría. Ella esperaba que su destino revelara todo aquello por lo que estaba dispuesta a sacrificar, pero eso es algo que sucederá en un futuro no muy lejano…

La muerte del clérigo del Sol - III concurso de relatos

Aquí tenéis otro de los relatos que se presentó al III concurso de relatos breves de Sant Jordi. En esta ocasión se trata de La muerte del clérigo del Sol, escrito por Antonio.

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Las hojas de los centenarios robles entonaban un sordo réquiem provocado por las gotas de lluvia que caían en incesante repiqueteo. Sobre un no muy amplio claro alumbrado por la crepitante llama de dos antorchas, temblequeantes a causa lluvia y la intemperie, formaban una inmensa cúpula vegetal, amparando a un joven que se afanaba en cubrir de tierra un basto cajón de madera de pino que él mismo había arrastrado hacia allí desde un pueblo cercano, el pueblo que le había visto nacer y que también había sido el escenario del último día de vida de su padre, el sacerdote que atendía aquella comunidad.

Mientras daba las últimas paladas sobre el féretro, comprado con la magra paga que había conseguido enseñando a leer al hijo del tendero del pueblo, recordaba las últimas palabras que su padre le había dirigido, cuando le había confiado su símbolo sagrado, un aro de metal que circunscribía la runa con la que comenzaba el nombre de su deidad, Bhendom, envejecido por el uso y redorado docenas de veces a lo largo de los años:

“Recuerda que las palabras tienen un significado, pero no por ello debemos ser esclavos de las palabras. Cuando hago un breve oficio de la mañana no pienso en que se glorifica menos a Bhendom, sino en que nuestros vecinos deben pasar la mañana trabajando en el campo, y no debo cansarlos con interminables prédicas; Bhendom se alegrará de que sobre la comida y podamos practicar la caridad y la generosidad. En el momento de mi muerte no puedo dejarte más que un pobre legado, mi símbolo y mi fe; la guerra acabó con casi todos los libros de la doctrina; cuanto sabía te lo he enseñado. Lo que hagas a partir de ahora, queda entre Bhendom y tú.”

Conocía las leyendas de una gran Iglesia de Bhendom en el pasado, y una gran guerra en las que su propio padre había luchado heroicamente, pero sin sentido alguno; la iglesia había perdido y el Imperio se había deshecho. El culto a Bhendom era cosa del pasado, una reliquia que solo sobrevivía en pueblos remotos, apartados de las grandes vías reales, y, siendo niño había soñado con la Iglesia de Bhendom, grande y poderosa, auspiciando el renacimiento del Imperio de los Cinco Reinos, un Imperio próspero y sin guerras, sin carencias, con escuelas, con leyes justas, con sabios clérigos derramando las bendiciones de un Bhendom orgulloso de su pueblo porque lo adoraba libremente, en la prosperidad, al socaire de las ataduras de las malas cosechas, de las carestías y de las guerras, un pueblo feliz.

Sin embargo, apenas conocía completamente la oración que debía acompañar el enterramiento, y no podía leerla del libro de Oraciones que su padre le había legado, pues estaba escrito en una lengua para él desconocida, la antigua lengua de la Iglesia de Bhendom. A pesar de ello, recordando las palabras de su padre, puso toda la pena del adiós, del único adiós en su oración. Entonces supo, de alguna manera, que aquella era la auténtica oración.

De regreso al pueblo, antorcha en mano, el cansancio, la lluvia y el barro le hacían pensar que sus botas, sus recias botas de cuero, pesaban demasiado. Caminaba envuelto en una ensoñación de recuerdos e ilusiones entremezcladas: nada tenía que perder, así que emprendería el camino y sería el artífice del resurgimiento de la vieja Iglesia de Bhendom; ajeno al conocimiento del ensimismado caminante, una embozada figura lo seguía en la distancia sin perderlo de vista.

La casa, la casa familiar sin familia, estaba lúgubremente silenciosa.
Sobre la mesa, encontró algunos sencillos manjares que el pueblo le ofrecía como el último banquete que iba a conocer en mucho tiempo, sabedores de que el joven iba abandonarlo tan pronto como pudiese y quisieran darle una despedida adecuada. Respetaban su dolor y su decisión de enterrar él sólo a su padre, pero no querían que se sintiese abandonado en el mundo.

A la luz de la antorcha dispuso la vieja cota de malla de su padre, su túnica clerical y algunos enseres en una mochila, junto con toda la comida que pudo cargar, y luego se acostó soñando con un mañana lleno de peligrosas gestas, de leales compañeros, de malvados enemigos y de reinos remotos y desconocidos, rebosantes de maravillas apenas sospechadas en su limitado horizonte rural, las profecías de gloria, poder y fortuna, de grandes amores y de enormes penalidades con que su padre le había obsequiado un solsticio de verano. Nadie acudiría al oficio a la mañana siguiente, porque lo recitaría para sí en el camino.

El hombre vestido de negro que lo seguía no encontró dificultades para entrar en la casa de un anciano sacerdote de pueblo, cuyo único habitante, un joven extenuado y ebrio de ilusiones dormía profundamente, al igual que el resto de los convecinos. Ninguno de ellos habría podido distinguir a aquel hombre de tez morena y barba, largo cabello, vestido de cuero negro con un pañuelo en la cabeza que disimulaba sus orejas puntiagudas, rasgo inequívoco de su parentesco con la raza de los elfos, ni si las manchas que limpiaba en la hoja de su afilada daga cuando abandonó aquella casa eran restos de comida o simplemente se trataba de sangre.

Fragmento conocido como “La Muerte del Clérigo del Sol”, recogido por la Maestra de Bardos Leiramonde de Ximnor, alrededor del año 6450 de la Era de la Lámpara de Íneril.

La espada celeste - III concurso de relatos

Tal y como ya sabéis, durante el XII One night stand se hizo público el nombre del ganador del III Concurso de relatos breves de Kritik. Durante las próximas semanas iremos colgando en este blog todos y cada uno de los relatos que se presentaron al mismo.

A continuación os ofrecemos el relato ganador: La espada celeste, escrito por Urbin.


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Erase una vez que se era, no a mucho a caballo de cualquier lugar, un pequeño reino gobernado por un fuerte rey, que arrebató cada palmo de tierra con la sangre a sus enemigos.

—¡Ay! ¡Qué injusticia! —se lamentaba el rey—. ¡Ay! ¡Qué calamidad! ¿Pues no es acaso injusto que un rey tan fuerte como yo no tenga una espada digna de su valía?

—¡Para un rey tan sabio! —exclamó el primer consejero—. ¡Para un rey tan justo! —exclamó el segundo consejero—. ¡Para un rey tan fuerte! —exclamó el tercer consejero.

—¡Que me traigan una espada! —dijo el rey—. ¡Que la hoja sea de acero y la empuñadura de plata! Que lo hagan de inmediato y sin rechistar. El resto de asuntos pueden esperar.

—¡El rey lo ha ordenado! —dijeron los consejeros.

De treinta candidatos, doce fueron ejecutados.

—¡Truhanes! ¡Farsantes! ¡Sinvergüenzas! —dijo el rey enojado—. ¡Que les corten la cabeza!

—¡Que rey tan sabio! —dijo el primer consejero—. ¡Tan justo! —dijo el segundo consejero—. ¡Tan fuerte! —dijo el tercer consejero.

De las dieciocho restantes, siete se partieron en batalla y, el resto, simplemente, no dieron la talla.

—¡Atajo de vagos y haraganes! —dijo el rey furioso—. ¿Es que nadie hará una espada digna de mi talla?

Pasaron los días mientras el rey desesperaba. Hasta que, en una noche sin luna, un mago apareció a las puertas del castillo. Sin reverencia alguna y con la clase del que se sabe por encima del destino, el mago solicitó audiencia.

—Me he enterado de vuestros pesares, excelencia. No poseo una espada digna, pero puedo ayudaros a encontrarla. Existe una piedra, un metal, una roca; hecha de la sangre del mundo, azul como el cielo, abrasadora como fuego. Puede cortar el metal como si de un pastel se tratase, lo juro, ¡lo he visto con estos ojos!

—¡Esa sí sería una espada digna de mi gran persona!

—Así sería. Pero os prevengo, fuerte rey, de que toda ganancia tiene un precio. ¡El metal está vivo! Piensa, siente, susurra. Como una presa debéis tratarlo, cazarlo, no explotarlo. El fuego lo endurece, la mente fuerte lo domina. Pagadme lo prometido y yo os revelaré el camino.

—Seréis pagado, buen mago, pero permaneceréis en mi castillo. Si tal metal existe nadie más debe saberlo. Vuestra lengua y manos serán cortadas, pues yo debo ser el único que sepa de su paradero.

—¡Que rey tan sabio! —dijo el primero—. ¡Tan justo! —dijo el segundo—. ¡Tan fuerte! —dijo el tercero.

—¡Convocad a mis vasallos! ¡Convocad a los valientes! ¡Que todo el reino se entere! Que ofrezco la mano de mi hija, al que me traiga una espada de cielo. Que no será heredero, pues un hijo mayor tengo, pero que entrará en mi familia; sea noble, clérigo o mendigo.

—¡Que rey tan sabio! —dijo el primero—. ¡Tan justo! —dijo el segundo—. ¡Tan fuerte! —dijo el tercero—. ¡El rey lo ha ordenado! —dijeron los consejeros.

El primero en llegar a palacio fue un fuerte caballero, con una enorme águila en su armadura.

—Con esta empuñadura mágica, arrojo y coraje; encerraré a la bestia para y se la traeré a vuecencia.

El segundo en llegar fue un noble joven, con un grifo en sus blasones.

—Con este anillo de fuego, doblegaré a la bestia. Así que apresuraros para la boda, pues antes de que cambie la luna, esa espada será vuestra.

El tercero en llegar fue un valiente vasallo, con una serpiente en la capa.

—Con esta pócima que aquí os traigo capturaré a vuestra espada, no hay peligro ni sombra que puedan apartarme de mi amada.

El cuarto en llegar fue un hermoso bardo, con rizos de oro y lengua de plata.

—Con esta lira que porto, adormiré a la bestia. Pues el amor de su hija es el único premio que aguardo, tal vez un beso, una mirada, y ya me sentiré pagado.

El rey estaba satisfecho, pero algo le faltaba.

—Que no digan las malas lenguas que no doy una oportunidad al vulgo. Traedme al más patán de todos los candidatos y que acompañe a los señores.

—¡Que rey tan sabio! —dijo el primero—. ¡Tan justo! —dijo el segundo—. ¡Tan fuerte! —dijo el tercero—. ¡El rey lo ha ordenado! —dijeron los consejeros.

De todos los de la fila trajeron un joven granjero, sucio de barro con el pelo grasiento. No llevaba armadura, capa ni blasones, tan solo un saco al hombro y un garrote bajo el brazo.

—¿Y tú, joven porquerizo, que es lo que traes para capturar mi espada? —dijo el rey jocoso—. ¿Acaso no tiene fondo ese saco? ¿O es ese palo mágico?

—Más de lo que sospecháis, vuecencia —dijo el joven granjero—. Pero lo que os ofrezco y me hará triunfar, es mi valentía y mi intelecto.

Los cuatro candidatos rieron, así lo hicieran los consejeros, incluso el rey contuvo una sonora carcajada.

—Tal vez no ayudes mucho, pero seguro que reiremos un rato. Así sea pues, marchad de inmediato.

Los cinco viajeros partieron hacia el este, hacia antiguas tierras. Caminaron por arena, ceniza y nieve; durante sol, luna y estrellas. Tres días más tarde llegaron a su destino, una alta montaña
escarpada, que treparon con ahínco hasta llegar a la cueva.

Alzando sus enormes alas, un dragón enorme custodiaba la entrada. No medió palabras ni preguntas, sus fauces no encerraban acertijos, cargó contra los aventureros y de una dentellada, convirtió al bardo en jirones. Mientras sangre y vísceras caían y la lira resonaba, el joven caballero del Águila se montó a la grupa de la bestia con la espada alzada.

—¡Con esta espada que porto te daré muerte, criatura! —gritaba el Águila mientras golpeaba su hoja contra la espalda de la bestia.

Aprovechando la oportunidad, el joven Grifo se adentró en la cueva. Paredes y techo estaban cubiertas de un espeso líquido azul como el cielo.

—Os lo ordeno, sucumbid ante mis fuerzas —dijo alzando el anillo—. ¡El fuego os doblegará!

Las llamas lamieron paredes y techo y el líquido se endureció como el mago había prometido.

—¡Es mío! —gritó el Grifo—. ¡Ya me alzo con la victoria!

Pero el mago también dijo, aunque nadie le escuchara, que aquel metal malvado las mentes débiles doblegaba. Así que, ni corto ni perezoso, el Grifo sacó su daga y con un diestro gesto, se seccionó la garganta.

Mientras el Grifo se desangraba, la Serpiente salió de su acecho e ingirió su poción protectora.

—El metal es mío, ya no hay duda, la mano de la princesa será mía.

La Serpiente agarró el metal y salió de la cueva. La piedra azul abrasaba, pero la Serpiente bien sabía, que el dolor valía la pena. Volvió a ver el sol y el cielo y sintió la suave brisa de la montaña, antes de que una espada lo atravesara.

—Suelta ese metal, sucio rufián —dijo el caballero del Águila atravesándolo con su acero—. ¡La princesa es mía y de nadie más!

EL caballero del Águila alzó su empuñadura mágica y el metal bailó a su son.

—¡Qué hoja tan magnífica! —dijo el Águila—. Que brillo, que ligereza, que hermosura...

Embriagado por su gloria, el caballero sintió la duda.

—¿Cortará esta espada el metal? —preguntó—. ¿Cómo cuentan las leyendas?

Describió un arco en el aire y asestó un preciso golpe. Casi sin presionar, su armadura, carne y hueso, cedieron sin sonido alguno y su brazo cayó al suelo. El caballero estalló en carcajadas.

—¡Que espada tan magnífica! ¡Qué poder! ¡Qué energía! —dijo entre risas—. Que a la princesa le den morcillas. ¡Esta espada es mía!
Poco duró su euforia, sólo el tiempo necesario para que el porquerizo lo rodeara y le diera un garrotazo. El Águila soltó la espada y se llevó la mano a la cabeza.

—Ese metal te ha enloquecido, igual que a los demás —dijo el porquerizo—. Yo soy inmune a sus poderes, tal vez porque soy fuerte de voluntad. También es posible, que mi dicha inmunidad venga porque tengo la cabeza limpia de saber vacío y de maldad.

El porquerizo se llevó una mano al bolsillo y, de él, extrajo un frasco.

—Bien pensado, puede que no sea por mi mente, si no por el brebaje, que en un momento de descuido, le cambié a la Serpiente durante el viaje.

El Águila alargó su brazo para alcanzar la espada y terminar con la cháchara, pero una abrasante llamarada terminó con la tentativa.

—También cogí este anillo llameante, no creo que al grifo le importe. Y ahora cogeré tu espada, y regresaré al castillo.

El porquerizo avanzó y la agarró de la empuñadura y, cuando el caballero se abalanzó sobre él, con los ojos nublados, el porquerizo movió la espada y el caballero cayó troceado.

Dos semanas más tarde volvía el porquerizo, con una espada envainada y un saco ensangrentado. Fue escoltado hasta el trono, donde el rey le aguardaba impaciente, la vuelta de sus héroes.

—Esto no me lo esperaba —dijo el monarca—. Que de todos los enviados, sólo tú hayas regresado. Has sido valiente y servicial, has vencido al miedo y al peligro. A pesar de que esa espada susurra, tu voluntad ha vencido. Hice una promesa y, sin rechistar, la cumpliré, como
padre y rey soberano, te entrego la mano de mi hija.

—¡Que rey tan sabio! —dijo el primero—. ¡Tan justo! —dijo el segundo—. ¡Tan fuerte! —dijo el tercero—. ¡El rey lo ha ordenado! —dijeron los consejeros.

—Lo has logrado, porquerizo. Has llegado más alto que cualquiera de tu origen —dijo el rey—. Siéntete orgulloso de tu hazaña pues te lo has ganado. Ahora, sin más dilación, enséñame mi espada.

Sin mediar una palabra, el porquerizo desenvainó la espada y la clavó dos palmos en el suelo.

La espada celeste rutilaba y, compungido de euforia, el rey se alzó del trono y se acercó hacia la hoja.

—Más, antes de que cojáis vuestra espada, tengo otro presente —dijo alzando el saco abultado.

El granjero lanzó el saco y este rodó por la alfombra, manchándola de sangre. La cabeza salió rebotada y chocó en los pies del rey, que se detuvo en el acto.

—Su hija es buen premio y disfrutaré poseyéndola —dijo el porquerizo—. Pero la puta de tu hija no vale el calvario por el que he pasado. Un reino en cambio, me parece un buen regalo.

Antes que nadie pudiera terciar palabra, el porquerizo alzó la espada y, de un solo corte certero, el rey cayó decapitado. Su cabeza cayó al suelo, junto a la que había en el saco, que no era ni Grifo, ni Serpiente, ni Águila, sino el propio hijo del rey, asesinado en secreto por la hoja
azul cielo.

El porquerizo avanzó y se sentó en el trono.

—Y ahora, traedme a mi prometida, para que pueda desposarla.

El silencio se hizo incómodo durante unos segundos, hasta que el primer consejero se adelantó, valiente.

—¡Que rey tan sabio! —dijo—. ¡Tan justo! —dijo el segundo—. ¡Tan fuerte! —dijo el tercero— . ¡El rey lo ha ordenado! —dijeron los consejeros.