Angélica y el príncipe: El origen de Erhlann

Nuestro Atlante favorito lleva varios años creando un mundo propio de fantasía medieval al que ha llamado Erhlann. Durante los próximos días os vamos a ir presentando este mundo mediante un gran relato que narra el origen de Erhlann desde el punto de vista de varios personajes.

Esperamos que os guste



ANGÉLICA Y EL PRÍNCIPE

« Sabed, pues, ¡Oh, Príncipe!, que en mis viajes visité no una, sino muchas veces la Gran Biblioteca, la Biblioteca Eterna que se encuentra en el centro de todo cuanto es, y en ella llegué a conocer incontables historias que fueron y no fueron, los sueños imposibles de tiranos y poetas, los libros que nunca llegaron a ser, los relatos del pasado, del presente, del futuro... »

— Háblame del Origen — interrumpió la joven voz del Príncipe.

—Ya os he relatado el Origen cientos de veces, mi Señor. No ha cambiado desde la última vez que lo hice... Sin embargo, será como gustéis. El Origen ...

«Sabed, pues, ¡Oh, Príncipe!, que hubo un tiempo anterior al nuestro, sin medida y sin espacio, y que sólo existía el Poder sin Forma, la energía cuyo reflejo arde en B’Erhtod, el Ojo Vigilante de Erh, nuestro astro solar, la energía que hoy alimenta los conjuros de nuestros hechiceros, el Poder que solo existía, sin Bien ni Mal: crudo, sin apellidos ni condiciones, y el Poder era Erh.
Sin embargo, el Poder era acción y movimiento, no contemplación y reflexión. Erh tenía la imperiosa necesidad de hacer, de ser, de no parar en ningún momento, pues eso significaría el comienzo de su fin, su disolución...»

—¿ Su muerte?— preguntó, alarmado, el joven Príncipe— ¿Puede Erh morir?

—No en el sentido en que lo haremos vos y yo, mi Príncipe, pero, sí, aceptamos los eruditos que todo puede morir, o dejar de ser lo que es para transformarse en algo distinto, sin relación alguna con lo que era antes, aunque esté conformado por los mismos elementos... es algo quizá demasiado complejo para vos, mi Príncipe.

—No, en absoluto — respondió éste, un tanto ofendido. — Continuad.

—Como deseéis — inspiró profundamente, entornó los ojos, y los abrió de nuevo, clavándolos en los del Príncipe, que sospechó un velado reproche.

«Sabed, pues, ¡Oh, Príncipe!, que existía el Poder, y que el Poder no permaneció lejano y distante, maravillado en sí mismo, en su energía y capacidad, sino que decidió crear, crear más cosas además de sí mismo: el Poder de Erh fue Luz, y fue Sonido, y fue Color, y fue Voz; durante un tiempo que no existía, aquello bastó a Erh, pero carecía de permanencia; entonces Erh aprendió a diferenciar entre crear y construir, la virtud de la permanencia; así nació la materia con la que Erh construyo la Realidad que nosotros conocemos.
Erh quedó realmente impresionado con la virtud de la Permanencia, y con la Materia construyó y le satisfizo su obra, hasta que descubrió que también le satisfacían sus creaciones no permanentes, aunque de un modo distinto; de este modo concluyó que si fuese capaz de crear o construir algo que pudiese satisfacerle en los dos modos, sería mucho mejor. A partir de aquel momento, el afán creador de Erh conoció la superación, el ansia de mayor satisfacción, el deseo de mejorar su obra. Erh creó materia y luego la llenó de energía: primero fue la materia sin forma ni orden preconcebidos, fueron los cuerpos celestes y otras muchas maravillas que no conocemos...»

—Y también los Artefactos de Poder— añadió el Príncipe, entusiasmado.

—Todavía no, mi Príncipe. Aún falta para eso. Si pudiese continuar...

—¡Me gusta tanto esa parte de la historia! Las espadas, El Cuerno...

—Lo sé, mi Príncipe; pero, permitidme que continúe, o nunca alcanzaremos esa parte... o podemos dejarlo, si lo preferís.

—¡No! Continuad, por favor.

«Sabed, pues, ¡Oh, Príncipe!, que Erh creo los materiales del Poder, como la Plata de los Elfos o el Polvo de Hadas, que son codiciados y atesorados por reyes y hechiceros, la primera materia con Poder; de estos materiales míticos se crearían luego las gemas y metales virtuosos, y también los Artefactos de los Dioses. No tardó Erh en percatarse de que había algo que no estaba bien, pues él no era sino Energía, puro Poder, y quiso también ser Materia. Aquel día antes de que existieran los días dejó de contarse la historia de Erh, pues vino a la existencia, del Poder de Erh, Erhdom, que estaba habitado por el espíritu creador de, digámoslo así, su padre Erh, y continuó creando, dando forma a la energía en materia y construyendo con materia y con energía, mientras el espíritu de su padre también tomaba y daba forma, la forma de Merggin, el que ve y cuenta: Merggin se ocupaba en crear Luz, Color, Voz y Sonido, como había hecho Erh en un principio; Merggin veía todo lo Originado y lo iluminaba, convirtiéndolo en historias de muchas formas; tal como estaba en su naturaleza, creó la corriente del tiempo, para poder hablar de ayer, de hoy y de mañana; Erhdom y Merggin eran la misma sustancia, pero en distintas proporciones y formas...».

—Como un puñado de trigo y un panecillo.

—Así es, mi Príncipe, como un puñado de trigo y un panecillo.

—Pero — se dibujó en el rostro del Príncipe un gesto sobresaltado. —¿No es pecado comparar a los dioses con algo tan vulgar como el trigo y el pan?

—Decidme, mi Príncipe, ¿son, acaso, traidores aquellos que dicen que vuestro padre, mi Señor y Emperador, es un pedazo de pan? No busquéis el Mal en todas partes, porque el Mal acabará encontrandoos a vos, mi Príncipe, antes o después.

—Entonces, el Mal es culpa de Merggin— dictaminó, no muy convencido, esperando la confirmación de su tutor.

—¿Por qué se os ha ocurrido eso, mi Señor?

—Porque Merggin creó el Tiempo, antes de eso no había “más tarde o más temprano” para que nos alcanzase el Mal.

—No, no es así... el Mal es algo muy distinto, y el Mal no existió... es decir, no hubo Mal en el Origen, o, al menos, no un Mal que fuera creado o construido por voluntad de los dioses, como podré referiros si me permitís continuar.

El Príncipe asintió, con una sonrisa impaciente.

«Sabed, pues, ¡Oh, Príncipe!, que Erhdom trajo a la existencia muchos seres maravillosos, paisajes apenas imaginables, e incluso objetos de sin par belleza, y que Merggin sometía a un singular juego, sumergiendo algunas de sus creaciones en la corriente del tiempo. Algunas perduraban, otras perecían, unas terceras, las más parecidas a los dioses, crecían y se hacían más bellas y mejores, para después languidecer. En el momento más esplendoroso de su ser, como el propio Erh, se multiplicaban de diversas maneras, y tanto Erhdom como Merggin se sintieron orgullosos de lo que habían creado, de su capacidad de cambio y crecimiento; no obstante, su alegría pronto —para ellos, que no para nosotros — se desvaneció: los seres que eran materia y poder crecían y se multiplicaban hasta ocupar todo el espacio y el tiempo, luchando entre ellos por la supremacía, llevándose el fin, la muerte unos a otros. Sólo sobrevivieron los más grandes y poderosos de aquellos seres, los que más se parecían a los dioses, escondidos en lugares sombríos e insospechados, procurando quedar ignorados unos de otros, mascullando sonidos informes y blasfemos. Muchos de estos seres todavía existen, y aunque son hermosos a los ojos de los dioses, no lo son para nosotros. La más somera elucubración de su ser provoca pesadillas a las mentes más disciplinadas y fuertes, incontrolables nauseas a las más recias constituciones; la mera visión de sus ignominiosas formas puede conducir a la locura más honda al más poderoso de los mortales, e incluso a alguno de los Inmortales. Los eruditos les llaman los Primeros Nacidos o Primigenios; entre ellos se encuentra el Primer Dragón, Señor y Padre de toda su raza, el azote que yace en el fondo del océano conocido como la Tarrasca, y otros horrores cuyo nombre es más conveniente ni siquiera recordar, y que no debo relataros por el bien de vuestro sueño.

—Como los Demonios Rojos y Azules, las Nieblas Sangrientas, los vampiros y los licántropos... los monstruos de los cuentos y los Bestiarios.

—Os equivocáis de nuevo, mi Señor. Esos seres que decís son muy posteriores, aunque horribles, sin duda. Aquellos, los Primeros, son demasiado distintos. Se dice que Merggin inventó la palabra “distinto”, para ellos. En la lengua antigua, la palabra “alio” nombra a estos seres, y el concepto de “otro, distinto”: todos ellos eran distintos entre sí... más materia, menos materia, más energía, menos energía, más organización, menos organización ...

—Pero son monstruos inconcebibles... ¿Cómo pudieron los dioses hacer algo tan horrible?

—¿Habéis reparado en los dibujos de vuestra hermana, la pequeña Princesa? Son informes, apenas remotamente parecidos a las personas y a los objetos reales que quiere copiar; a veces, vos mismo la habéis oído, inventa cosas. Pensad en los dioses ahora: no tenían de dónde copiar, como vuestra hermana, sino que debían crear, inventarlo todo. Forzosamente, algunas, puede que la mayoría de aquellas formas se nos antojasen, como mínimo, abominables.

—¿Qué pasó entonces?

—¡Ah! Pero... ¿queréis realmente conocer qué pasó? Por un momento, pensé que preferiríais seguir especulando sobre la naturaleza de los Primigenios; a este respecto, recordadme que os hable algún día de uno de los discípulos del gran Neftangus, un insigne sabio llamado Biensabidus; pero, por ahora, proseguiré.


Continuará...

El amanecer de Thalas - II concurso de relatos

Aquí tenéis el último de los seis relatos que se presentaron al II concurso de relatos de Sant Jordi de Kritik. Este último relato está escrito por Urbin.

El amanecer de Thalas


Aquella mañana había refrescado, muchas familias habían optado por aumentar la cantidad de ropaje con el que vestirse y, de paso, aprovisionarse de madera para el duro invierno en las inhóspitas regiones de Hatta. Por supuesto, los soldados barovianos no fueron menos, utilizaron armaduras acolchadas como forro de sus uniformes negros antes de encajarse sus petos de cuero tachonado y su apretado casco.

El día se presentaba típico para el capitán de la guardia: defender las secciones de muralla terminada requerirían media docena de soldados apostados en las partes sur y este y un par de guardias en cada una de las tres puertas terminadas. Por otro lado, una docena y media de soldados patrullarían en grupos de tres por las calles de la ciudad, instigarían a los vagabundos, disuadirían a los ladrones y dejarían bien claro que, ahora, era el imperio de Barovia el que dominaba aquellas tierras.

El capitán movió su espeso bigote bajo el casco observando el mapa de la región cuando se oyó un estrepitoso ruido. Sonó, tal vez, como el de una tienda de lona al quebrarse y desmontarse. Con cierta curiosidad, el capitán se acercó a la ventana de su despacho y afinó sus ojos para observar el exterior: en la plaza, encarado hacia el cuartel, había un carro. Los lados del mismo se habían desprendido, causando, seguramente, el estruendo de madera desquebrajándose. En su interior, oculta bajo una lona, que retiraban unos encapuchados, había una rudimentaria catapulta construida para un solo disparo que estaba a punto de efectuarse.

¿Cuántos soldados había en el fuerte? No importaba, aunque todos los soldados de la ciudad hubieran estado atentos y con las armas listas, no hubieran tenido ninguna posibilidad. Corrían, seguramente, las once o doce del mediodía; los campesinos volvían a sus casas para comer y renovar fuerzas; los trabajadores de las nuevas secciones de la muralla hacían su descanso de hora y media y los soldados se sentaban en el cuartel para abastecerse del rico potaje agreste de Lasat.

La cuerda que mantenía tensa el brazo de la catapulta fue seccionada. Por arte y cortesía de la física, la enorme roca salió despedida y silbó en el aire hacia el cuartel. El capitán intentó decir algo, pero no se le ocurrió nada indicado para la situación y se limitó a recibir la roca como un buen anfitrión. Roca y capitán volaron atravesando paredes y tabiques, rompieron mesas, porta-armaduras, cubos repletos de espadas viejas, camas, columnas y soldados. Finalmente, la roca se estrelló contra el suelo de madera, levantando serrín y astillas. Uno de los soldados de Barovia, que estaba sentado en una mesa muy cercana del lugar del aterrizaje, se sintió, durante un instante, afortunado. Acto seguido el provisional cuartel de madera rugió y se desplomó sobre sí mismo, dejando atrapados bajo cerca de una tonelada de madera y escombros a los soldados supervivientes al impacto.

Antes de que los soldados pudieran hacer alguna suposición sobre qué podría haber sido el origen de aquel enorme crujido, los harapientos mantos que lucían los recién llegados cayeron. Bajo ellos, milicianos que habían pasado tres meses en el bosque entrenando, se armaron con lanzas y arcos y empezaron a cazar y a acabar, con rabia y ensañamiento, con todo aquel insolente que osara vestir el uniforme baroviano.

Los exaltados se desplegaron por la ciudad en cuestión de minutos, sus armas eran débiles y rudimentarias. Muchas lanzas se partieron y pocas pudieron atravesar las armaduras de los soldados, pero los gritos de furia y sus incesantes ataques en masa diezmaron a los cobardes barovianos que huían y pedían clemencia. Habían entrado camuflados o disfrazados y habían ocultado sus armas en el interior de carros, ocultas bajo lonas o dentro de montones de paja. Habían ido llegando progresivamente a lo largo del día para no ser descubiertos, y habían tomado posiciones esperando la señal.

Los propios campesinos de la ciudad se habían unido gustosos a la escabechina. Muchos se armaron con cualquier cosa que encontraron: Cacerolas, hachas de cortar leña, arcos de caza o incluso palas y picos fueron bien recibidos para machacar los soldados.

Uno de los harapos cayó al suelo cerca de la catapulta. Bajo las bastas ropas de arpillera y algodón se hallaba el ideador de la revuelta. Desenvainó su cuidada espada, una joya de metro diez con cruz en forma de zeta curvada sobre sí misma, conocida como la Vengadora. Su portador la alzó y vio su reflejo en la pulida hoja.

Veinte años desde hacía apenas unos meses miraron con ojos verdes su joven y duro rostro. El amplio y algo prominente mentón que le caracterizaba se destacaba del resto de la cara, que conservaba, en cierto modo, unas proporciones equilibradas respecto a ojos y nariz. Su boca era amplia y sus labios no solían lucir un color demasiado diferente del resto de la cara, vivo y saludable. Su frente era amplia y su pelo rebelde, que crecía bastante separado de sus cejas, había intentado ser peinado hacia atrás, con un fracaso total. Su cuerpo era poderoso: hombros anchos, brazos fuertes y piernas firmes. No más de un metro ochenta de carne de batalla tapado con un sucio y rasgado uniforme azul celeste de Liria, del cual había sido arrancado el escudo del imperio, como el herido que arranca la flecha que le lacera el pecho.

La espada voló, apartó el metal y rasgó el cuero negro, hiriendo a su portador en el pecho. Un soldado había intentado atacarle pero la voluntad del acero desvió la hoja de su arma y le hirió en el pecho. El soldado intentó alejarse, pero la furia atravesó su casco de un solo golpe.

Sin prisa, un chico llamado Methallium Laguna sacudió su espada para limpiarla un poco de sangre y se dirigió hacia la mansión Jeraq. Bastión del terrateniente Liriano culpable de muchos de sus males.

La mansión de Jeraq fue, durante la infancia de Methallium, lo más parecido al infierno. La corrupción y el vicio se respiraban en todas y cada una de sus habitaciones. Arturus Jeraq, actual teniente del título la había utilizado para llevar a cabo sus repugnantes vicios. En aquella mansión había sido forzada la madre de Methallium hasta engendrar su hermano Tarsis; y pocos años después de ella salió la orden de dejarlos huérfanos.

pronunció Methallium con la mano libre alzada sobre el pomo de la puerta. Recordando las enseñanzas del magíster Berlan, extrajo la energía del plano Astral hasta su mano y la hizo explotar. Las puertas volaron en pedazos tras un fogonazo de energía blanquecina, Methallium dio el primer paso dentro de la sala a tiempo para ver como dos soldados se le lanzaban encima gritando y maldiciendo. dijo Laguna moviendo la mano izquierda como el que disculpa un criado. Llamas rojizas surgieron de sus dedos y engulleron los dos soldados que intentaban atacarle. Uno de ellos cayó y rodó, mientras, el otro encontró el final cuando la espada de Methallium le atravesó el vientre.

El chico avanzó sin prestar atención a la antorcha humana que se revolvía en el suelo e intentaba apagarse, ni tampoco prestó atención en las llamas que empezaban a consumir las cortinas, la moqueta y los muebles del piso inferior. Ascendió lentamente por las escaleras, observando los cuadros del linaje más apestoso y ruin que había recibido el apelativo de terrateniente.

Finalmente, la puerta del despacho de Jeraq saltó por los aires. Era una sala enmoquetada y lujosa. Cientos de libros de distintos colores y grosores se distribuían por interminables estanterías separadas por columnas de liso y trabajado mármol con candelabros. Había un escritorio con una butaca desgastada, una lámpara de aceite quemaba sobre el mismo, cerca de una pluma en su tintero y varios libros de cuentas. Methallium echó un último vistazo al techo de madera y fijó su vista bajo el escritorio.

No había un humano, más bien era un cerdo vestido de seda el que temblaba y rezaba a Nemos bajo el escritorio. Vestía una ropa que a Methallium se le antojó cara, blanca impoluta que contrastaba con su piel rosada y mugrienta. Buscó su rostro para mirarlo a los ojos y nutrirse de su terror, pero no lo encontró, distinguió unas cerdas rubias pero no donde empezaba la cara.

Methallium alzó la espada para detener una lanza que le atacó desde detrás, pero no lo hizo lo suficientemente rápido y la lanza le hirió en el brazo derecho. Una silueta se descubrió de entre las sombras. Un válgard, es decir, un humano de piel oscura como el ébano, armado con una lanza de madera y punta de metal y vestido con un traje de ancha seda negra se puso en guardia ante Laguna. Tenía la cara tapada con un pañuelo negro y sólo se podía distinguir el fuerte contraste del blanco de sus ojos con su piel. No era de extrañar que Jeraq tuviera suficiente dinero para asegurarse la protección de un mercenario válgard.

Methallium cargó y esperó el ataque directo de la lanza, pero esta vez lo bloqueó. pronunció al lanzar tres proyectiles mágicos contra el válgard, que los esquivó en un magistral acto de velocidad. Pero eso fue suficiente, Methallium sólo intentaba separarlo de la pared y las columnas, tenía demasiada prisa como para entretenerse con el mercenario. dijo apuntando al suelo que iba a pisar el mercenario. En el acto, el suelo de madera se pudrió y empezó a doblarse, cuando el válgard hizo pié en la zona el suelo se desplomó y el mercenario cayó al piso inferior, pasto de las llamas.

Methallium lanzó un vistazo al agujero sin acercarse demasiado, al no ver rastro del mercenario supuso que este había muerto o estaba incapacitado, así que se giró para dirigirse hacia el escritorio.

—Saludos Jeraq, han pasado casi cinco años desde la última vez que nos vimos —el chico habló con una voz profunda y autoritaria.

Los ojos del terrateniente asomaron entre sus grasientos brazos y observaron a Methallium tembloroso.

—¡Árchivan! ¡Árchivan Laguna! —dijo casi en una mezcla de alivio y congoja—. ¡Debes ayudarme! Por favor, Árchivan, te juro que no he tenido nada que ver con la invasión de…

—¡Silenció! —el grito se oyó por encima del crepitante fuego y los gritos de furia que se oían en el exterior—. Mi nombre es Methallium.

—Está bien, Methallium. Por favor, te lo ruego, tienes que…

—¡He dicho silencio! —Methallium se acercó a la mesa y la volcó de una patada, despojando al cerdo de su última cobertura— ¿Has creído por un solo momento que soy idiota Jeraq?

Methallium clavó la punta de su espada en una de las piernas de Jeraq, que profirió un guarrido de dolor y entró en un patético lloriqueo mientras la sangre manchaba sus impolutas ropas.

—¿Cuánto te han pagado los Barovianos por la ciudad Jeraq? ¿Trescientas, cuatrocientas mil? —la espada se clavó un poco más en la carne— ¡Contesta!

¬¬—Quinientas cincuenta mil —gritó el Terrateniente entre sollozos.

—Menuda miseria para la vida de tantos —la espada se hundió hasta el hueso y Jeraq gritó.

Methallium lo observó despectivo. Aquel montón de escoria se había perdido toda clase de dignidad, lo mínimo que hubiera pedido el chico era un enemigo al cual batir en un duelo para vengar a su madre. Pero aquel despojo ni siquiera merecía su acero, así que desclavó su espada, la limpió en la ropa blanca y la envainó.

—Siempre te he odiado Jeraq, pero desde que sé que fuiste tú el que ordenó el asesinato de mi madre no he soñado con otra cosa que matarte. Así que tengo un pequeño regalo para ti.

El joven desenganchó un pequeño cilindro que tenía atado al cinto y extrajo de él un pergamino, apuntó una de sus manos a Jeraq y recitó . El pergamino brilló y se consumió en las llamas al tiempo que la mano de Methallium brillaba en un tono verdoso.

Jeraq estalló en un grito de agonía y empezó a revolcarse por el suelo. Sin tener ganas de presenciar su cruel final, Methallium abandonó la mansión. Mientras tanto, la sangre y el resto de líquidos del cuerpo de Jeraq empezaron hervir y convertirse en ácido. La muerte fue lenta y gritó hasta que los pulmones se fundieron, convirtiendo los gritos en exhalaciones de dolor. Miró a su alrededor con la vista nublada e intentó pedir ayuda, pero la voz ya no le respondía. Finalmente, después de unos segundos de agonía eterna, los ojos le estallaron y murió.

Methallium se dirigió hacia el ayuntamiento observando a su alrededor los triunfantes gritos de alegría, las calles manchadas de sangre y los niños apaleando los maltrechos cuerpos de los soldados. El chico sonrió por primera vez en mucho tiempo, había sufrido muchísimo durante los últimos años de su vida, la muerte de su hermano, la guerra, su pueblo asolado y la seguridad del autor de la muerte de su madre le habían sumido en una profunda depresión. Pero eso parecía a punto de acabar, su madre había sido vengada y su pueblo volvía a ser libre.

¿Pero por cuánto tiempo? Algún cargo pretencioso de Liria no tardaría en llegar a la ciudad, felicitaría al pequeño Laguna por su, más que irrisoria y azarosa, victoria y le pediría amablemente que le permitiera subyugar de nuevo su tierra. ¿Qué solución quedaba? Seguramente sólo una.

Methallium se dirigió al ayuntamiento, subió las escaleras y se encaramó al balcón. La fría brisa le acarició la cara y el agradable sol del mediodía le ofreció una sonata de luz y calor. La ciudad olía a muerte, pero los gritos de júbilo y la sensación de victoria se respiraban en el ambiente. El chico observó la plaza del pueblo, había jugado miles de veces en ella, había corrido por las calles, había comprado en las tiendas y había sido feliz durante 5 años. La sensación de Nostalgia se apoderó de su cuerpo y se relajó, recordó los años de oro que había pasado junto a su madre y repasó las pocas imágenes que le quedaban de ella: Alegre, sonriente y amable.

Pero su muerte lo cambió todo para Methallium, o Árchivan, como se llamaba en aquel tiempo. Volvía de darle unas hierbas curativas a la señora de la panadería y al volver a casa la puerta estaba abierta. Entró y saludó en voz alta, pero nadie contestó. Tarsis, su hermano menor, estaba llorando y la casa estaba desordenada. El pequeño Árchivan corrió a la habitación de su madre, donde la halló tendida en el suelo, con una herida mortal en el vientre. El niño gritó y se arrojo sobre ella llorando. Incluso en su lecho de muerte, Emeria Laguna sonrió a su hijo y le mostró una alegre cara quebrada por el dolor de la vida que se escapa lentamente.

—Escucha, Archi querido, vas a tener que cuidar de tu hermano a partir de ahora. Estoy seguro que la señora Durn estará encantada de acogeros en su casa. Tendrás que ser fuerte —Emeria tosió algo de sangre y observó los ojos de su pequeño, anegados en lagrimas—. Puede que crezcas y descubras cosas sobre tus padres que puedan llegar a asustarte. Eres un chico muy especial y el tiempo lo dirá claramente, algún día serás grande y poderoso y te aseguro que estaré muy orgullosa de ti. Sólo lamento no poder estar allí para decírtelo en persona —era ahora Emeria la que lloraba—. Vendrán unos antiguos amigos míos, son cinco, te preguntarán cosas sobre mí… diles la verdad Archi. ¿Me lo prometes? —El pequeño asintió entre lágrimas— Y, por favor, pase lo que pase, debes recordar una cosa. Digan lo que te digan, tanto tu padre como tu madre te quisieron, y siempre te querrán… Hijo yo…

La mujer se sintió atorada, le quedaban apenas unos segundos de vida y lo sabía. El frío se había apoderado de todo su cuerpo, recordaba haber apretado la herida del estómago con la mano para aguantar la hemorragia el tiempo suficiente para ver a su primogénito por última vez, pero ahora ni siquiera estaba segura de tener manos. Miró al vacío con los ojos repletos de lágrimas. Su pelo negro, largo y rebelde, le cubría la cara, empapado de sudor. Su pequeña nariz intentó aspirar profundamente, pero no pudo. Sus delicados labios rosados se abrieron para intentar decir algo más o tal vez para intentar forzar al aire que da vida a entrar en su interior, pero era inútil, estaba cansada y sólo quería dormir, un sueño largo y profundo.

—…te quiero.

Methallium abrió los ojos, cuando algunas lágrimas recorrieron su rostro y se perdieron en sus ropas. Miró al frente y vio el tumulto de aldeanos que le observaban desde la plaza y coreaban su nombre, estaban sucios y muchos sangraban. Después de mirarlos durante algunos segundos, perdió su vista en el infinito y buscó más allá de la plaza para buscar su casa, pero ya no estaba. El antiguo barrio donde había crecido había sido derribado para construir el cuartel, ahora reducido a escombros. Methallium tragó saliva y se armó de valor, sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

—Ciudadanos: hombres y mujeres que habéis derramado vuestra sangre en este campo de batalla al que podemos volver a llamar hogar, ¡hemos vencido! —Methallium tuvo que aguardar sonriente a que cesaran los gritos de júbilo que hacían los campesinos ensangrentados y aprovechó el momento para apretarse la herida que había recibido en el brazo— Hemos vencido y hemos recuperado nuestras tierras, que, con esfuerzo, sudor y lágrimas, habíamos convertido en un hogar para criar a nuestros hijos.

»¿Y qué pasará ahora? Podríais preguntaros muchos. ¿Cuál es nuestro destino? ¿Qué hará el pueblo a partir de hoy? Por desgracia no puedo deciros que pasará, no creo en adivinos. Ni siquiera creo en el destino. Pero os puedo asegurar que ni Barovia, ni tampoco Liria, nos tratarán mejor que a unos gusanos. Por ello, pueblo, os propongo una idea, una idea muy simple pero a la vez importante: Os propongo que acabemos esa muralla, que bordemos nuestra propia bandera, que armemos a nuestro propio ejército y que reclamemos la vida que queremos vivir —de nuevo gritos de apogeo—. Os propongo, amigos, vecinos, hermanos, que me acompañéis en este largo y tedioso camino, un camino que se traza desde ahora, un camino que tendrá un nombre y será recordado más de cinco mil años. Uníos a mí en el camino del Imperio de Thalas.

Cartel XI One night stand

Como espero que todos ya sepáis el próximo día 20 de febrero celebraremos el XI One night stand de Kritik. Y para anunciar esa noche llena de juegos de mesa y diversión hemos hecho este bonito cartel.

Guerra en el valle - I concurso de relatos

Hace ya bastante tiempo que no os colgamos uno de los relatos que se presentaron para alguno de los concursos de relatos de Sant Jordi así que hoy os dejamos el último de los relatos que se presentó para el I concurso de relatos de Sant Jordi de Kritik. Se titula Guerra en el valle y fue escrito por Yuuki

Esperamos que lo disfrutéis tanto como el resto!

Guerra en el Valle

“Yo no debería estar aquí.”

Este pensamiento inquietante era lo único que Brett tenía en la cabeza desde que le llamaran a servir en la milicia, dos días atrás. El Heraldo del Rey había convocado a todos los hombres entre 18 y 55 inviernos que pudieran manejar un arma (que supieran hacerlo ya era otro cantar) y los había reunido muy cerca del Bosque de Gnarlwood. Sin explicaciones ni órdenes claras, los ánimos habían ido calentándose, pero el Heraldo iba acompañado de más de doscientos soldados bien armados y entrenados: más que suficientes para reducir a cualquier turba que pudiera surgir de la presente incertidumbre.

- Vamos, no te agobies Brett – Aldan, como siempre, sonreía con picardía y complicidad – No volveremos antes porque pongas esa cara de enfurruñado… Aunque igual te ve el Heraldo, le das pesadillas ¡y sale corriendo! ¡Vaya, una táctica genial, amigo mío, ni a mí se me hubiera ocurrido! -

Incapaz de contener la risa frente al buen humor de Aldan, Brett siguió ordenando sus bártulos para entretenerse, pero no lograba desterrar el asunto de sus pensamientos: él era un cazador, no un soldado, y era obvio que no les habían traído aquí para otra cosa que no fuera pelear; y como buen habitante de la zona, sabía que venir hasta este lugar solamente podía significar que iba a luchar contra los enigmáticos Drylth. Y eso era lo peor que les podía pasar…

- ¿Y cómo es un Drylth? –

Aldan parecía no estar dispuesto a dejarle cavilar en paz, cosa que Brett no soportaba (aunque sabía que su amigo lo hacía con la mejor de las intenciones), pero esta vez se había pasado de la raya: todos los hombres que estaban a su alrededor se dieron la vuelta, con caras que iban del sobresalto al genuino espanto; la cuestión obvia a la que Brett había estado dándole vueltas era algo que todos pensaban, pero nadie se atrevía a mencionar, como si eso fuera a protegerles de lo que iba a venir.

- ¡Venga! ¿nadie se lo pregunta? Es obvio para qué hemos venido, y tendremos que saber distinguirlo de un ciervo, o un oso… O de Olg, que para el caso… - todos rieron, incluso Olg, acostumbrado a la “confusión” – Y seguro que nuestro buen amigo Brett, gran cazador de Ershs, nos lo podrá explicar un poco – Aldan volvió a sonreir, casi malicioso.

- Yo no sé nada sobre Drylths – replicó Brett, molesto ante la trampa que Aldan le había parado – y solamente cacé UN Ersh, uno solo, y casi dejándome la piel en ello; creedme cuando os digo que no fue voluntario…- volvieron a reír con ganas, pero mantuvieron sus ojos fijos en Brett; era obvio que no iban a dejarle ir hasta que les dijera algo, fuera lo que fuera –…De acuerdo; os contaré lo que he oído… Dicen que viven muchos en el Gnarlwood, pero que también hay en las Tallstones al norte y al noroeste. No sé nada de su aspecto, pero tengo entendido que no son muy distintos de nosotros: dos brazos, dos piernas, un cuerpo y una cabeza. Lo que sí os puedo decir es que nunca se aventuran fuera de esos sitios, porque ni siquiera he encontrado rastros de uno, así que…-

- ¡Yo he oído que son más grandes que un Ersh! – interrumpió uno.

- ¡Yo que te pueden petrificar con la mirada! – saltó otro.

- ¡Yo que tienen tres lenguas, y además son venenosas! – continuó el siguiente.

- ¡No podemos dejarnos llevar por el pánico y los rumores! – gritó Brett, sacudiendo la cabeza ante lo que ya se temía: había sido peor alimentar la imaginación de los presentes de lo que habría sido dejarles en la ignorancia – si hiciéramos caso de todo lo que se dice, serían montañas andantes con tres lenguas y dieciocho brazos que escupen fuego, ¡y eso no es así! ¿Cuántas veces les han derrotado los soldados del Rey Holm, eh? ¡Podéis estar tranquilos! –

- Yo no lo creo – interrumpió una potente voz; el Heraldo, atraído por las voces de los reclutas milicianos, se había desplazado hasta el borde exterior de la pequeña muchedumbre formada alrededor de Brett y Aldan. Frente a los fornidos hombres vestidos con lino, cuero y pieles, el Heraldo tenía un aspecto imponente: aunque no muy alto, era muy atlético y musculoso, y combinaba las ricas prendas moradas y escudo de armas del Rey con una coraza pulida, grebas y brazales bien forjados, y una pesada espada de gran tamaño y calidad. – porque yo, al contrario que tú, campesino – el tono de desprecio era evidente-, sí he visto a un Drylth, y son oponentes realmente temibles.-

A Brett le enfureció la arrogancia con que el Heraldo cargaba sus palabras, no por ser él orgulloso (si bien no gustaba de que nadie le pisara o insultara de ese modo) sino porque le parecía adivinar turbias intenciones en los ojos de aquél hombre; tenía la mirada de un lobo hambriento y astuto, muy similar a la de algunos bandidos y ladrones con los que se había cruzado anteriormente. Temiéndose lo peor pero viéndose incapaz de interrumpir al Heraldo del Rey, Brett le dejó continuar y escuchó, constatando que incluso Aldan se había callado (a regañadientes, todo hay que decirlo):

- Son grandes, muy grandes. Una vez y media la estatura de un hombre, y tres o cuatro veces más pesados, recubiertos con un pesado caparazón de aspecto metálico y puñados de plumas que les salen de la cabeza, los brazos y las piernas. Portan armas tan grandes y pesadas que podrían partir a cualquiera de vosotros en dos sin esfuerzo, y las esgrimen con pericia y fuerza inusitadas. Por supuesto, no hace falta decir que no son humanos, como nosotros, así que no demuestran las mismas emociones: desconocen la piedad y no muestran compasión, y quién sabe qué crueldades practican con los pocos a los que perdonan la vida para así poder secuestrarlos… - el Heraldo sonrió vagamente, complacido por el terror desbocado que anidaba ahora en los rostros de los reclutas; algo imperceptible para la mayoría, pero que el observador Brett captó sin mucha dificultad – Ahora, ya sabéis a lo que os enfrentaréis. No quería revelároslo todavía, puesto que pretendía que pasarais un rato agradable antes de empezar a luchar, pero en unas horas nos enfrentaremos a un pequeño contingente Drylth que, según nuestros exploradores, se dirige hacia el Valle de la Grieta a gran velocidad. Creo que es el hogar de muchos de vosotros… Incluido nuestro optimista y joven cazador – lanzó a Brett una discreta mirada de triunfo, cargada de veneno; solamente para él, evidenciando que había llevado su casual confrontación al terreno de lo personal – así que no dudo ni por un instante que entenderéis la necesidad de convocaros a este conflicto, para alzar las armas en nombre de vuestro Rey, vuestra patria y vuestras familias; preparaos, los soldados repartirán de inmediato armas y armaduras para que podáis asumir vuestro papel en la contienda.-

Con esto, el Heraldo se dio la vuelta con rapidez y abandonó el lugar. Con su marcha, empezaron los murmullos ahogados cargados de temor y angustia, anticipando qué suerte de horrores les esperaba al chocar con los terroríficos Drylth. Incluso Aldan parecía sentirse intranquilo a causa de lo escuchado, pero Brett no se dejó llevar por la lengua de seda del Heraldo: fueran como fueran, los Drylth eran seres mortales, y como tales podían ser derrotados. Pronto llegaron los soldados para armar a toda la concurrencia, repartiendo entre los presentes toda suerte de espadas viejas, lanzas y arcos de fabricación pobre, así como flechas y camisolas de cuero endurecido, algunas incluso con capuchones y grebas o brazales del mismo material. Poco a poco, los murmullos cedieron paso a un incómodo silencio que dominó el resto de la tarde, a medida que el temor atenazaba a los milicianos como nunca antes lo había hecho.

- ¿No te ha puesto nervioso lo que nos ha soltado ese Heraldo? – Aldan le miraba, sorprendido – siempre estás dándole vueltas a todo, pensando en cualquier peligro o contratiempo que pueda surgir… ¿Y ahora te quedas tan ancho? No me lo explico…-

- Yo no me asusto de aquello a lo que no conozco. Además, si tiene que hacerse, tiene que hacerse… Ya le has oido: van hacia nuestro pueblo y no tengo ganas de apilar cadáveres por las paparruchas de un noble ricachón que disfruta metiéndole miedo a la gente – Brett no le miraba mientras hablaba, sino que mantenía sus ojos fijos en algún lugar insondable, más allá de la pradera donde acampaban – Además, algo anda mal… Algo va muy mal aquí, y no se qué es.-

- Menuda tranquilidad…- Aldan prosiguió con su parloteo, buscando ahora tranquilizarse más que aliviar a su caviloso amigo, pero Brett ya no volvió a responder salvo por un ocasional asentimiento con la cabeza; algo le preocupaba, algo que estaba justo a la vuelta de la esquina pero que le resultaba demasiado esquivo como para encontrarlo, y tenía que descubrir qué era…

Un estallido.

Brett saltó de debajo de las mantas con que se cubría, al tiempo que Aldan gritaba todo tipo de juramentos malsonantes, a cada cual más escandaloso. Con la resaca típica producida por un sueño lleno de pesadillas, Brett trató de centrarse y averiguar qué ocurría a su alrededor, tal y como le pedía su instinto de cazador: a su alrededor, todo era un caos de milicianos inexpertos tratando de enfundarse en sus pobres armaduras, encontrar sus armas entre el barullo y prepararse para quién sabe qué. Encomendándose a los Espíritus del Valle, Brett agarró la espada que le habían dado los soldados y la colgó de su cinto, mientras preparaba su arco de caza y sus flechas con calma calculada, para terminar saltando sobre un tocón relativamente alto que había cerca y observar lo que se cernía sobre ellos.

Era de noche, pero el brillo de las estrellas era particularmente, intenso, y las lunas crecientes concedían algo más de luz. A primera vista, se podían vislumbrar tres grandes grupos en la pradera: el tumulto de milicianos que se revolvían histéricos sin saber qué hacer, un grupo de enormes seres blindados de casi dos metros de estatura y una especie de tocado de plumas blancas en lo que debía ser su cabeza pero más parecía un yelmo de caballero, y el antes ordenado campamento de los soldados del Rey y su Heraldo, que ahora era pasto de las llamas. Según dedujo Brett a toda velocidad, algo debía de haber causado un tremendo estallido ardiente que había consumido una cuarta parte del campamento, y eso había detenido momentáneamente a los colosos blindados que parecían haber estado avanzando hacia los milicianos hasta hacía escasos segundos; y al fijarse en esas enormidades que (según su sentido común le decía) debían ser los terroríficos Drylth que el Heraldo les había descrito unas horas antes, vio otra cosa. Algo que no alcanzaba a entender del todo.

No eran demasiado altos, ni tampoco musculosos. Su piel era de un azul plomizo, oscurecido por la noche reinante, y parecía suave pero consistente, quizás como el cuero pulido y aceitado. Eran delgados y gráciles, pero con cada uno de sus movimientos hacían gala de una fuerza y agilidad sobrehumanas, y sus potentes y agudos gritos les daban un aspecto temible. De lejos aún podrían haber pasado por humanos, pero les delataban las crestas de plumas que surgían de sus antebrazos, pantorrillas y los laterales de su cabeza: de mil colores iridiscentes. Eran tan terribles y, a la vez, tan hermosos…

Un chillido agudo, parecido al de un águila de las montañas, sacó a Brett de su ensimismamiento. Los extraños seres se habían arrojado sobre los juggernauths de metal con una rapidez casi impensable, dando saltos imposibles y blandiendo espadas curvas de tamaño considerable. A pesar de la distancia, la aguda vista de Brett podía distinguir que vestían armaduras metálicas hechas a base de multitud de pequeñas bandas y placas de metal de poco grosor, alineadas y montadas unas sobre otras para formar un todo armonioso que no parecía restringir demasiado sus movimiento. Aún con todo ello, era sorprendente ver cómo lograban destrozar la retaguardia de los Drylth, que aullaban sorprendidos por el ataque aún a pesar de haber oido a las criaturas acercarse gracias a los chillidos y graznidos que emitían. El cuerpo a cuerpo resultante era atroz, con los gigantes metálicos golpeando a diestro y siniestro con sus enormes armas mientras los ágiles seres azules les atacaban sin cesar, esquivando golpes y lanzando certeros tajos a brazos y piernas por igual. Aquí y allí caía alguno de ellos, pero estaba claro que los gigantescos Drylth llevaban las de perder, pues más de la mitad habían caído pasados apenas unos minutos.

El ruido causado por los milicianos empezaba a apagarse, a medida que la mayoría terminaban de prepararse para la lucha solo para verse sorprendidos con la titánica melee que se desarrollaba a apenas una veintena de metros de donde estaban. Pronto el silencio se adueñó de la pradera, inalterado excepto por los sonidos de lucha, los gritos y juramentos de los Drylth, y la mezcla de chillido y grito que proferían los seres azules… Y unos segundos antes de que ocurriera todo, Brett se dio cuenta de una cosa:

Los Drylth hablaban exactamente igual que ellos.

Mientras trataba de entender lo que sus oidos le decían, un cuerno resonó por encima del estruendo de la pelea, y el Heraldo y la mitad de sus soldados aparecieron de entre las tiendas a medio arder del campamento. Pertrechados para la guerra, se arrojaron hacia la retaguardia de los seres azules con un potente grito de guerra, mientras el Heraldo vociferaba órdenes dirigidas tanto a sus soldados como a los milicianos estupefactos. Medio sobresaltados por la orden de atacar sin tregua, los milicianos tardaron unos segundos en reaccionar y lanzarse a la carga; desordenadamente, cubrieron la escasa distancia que les separaba de los Drylth y los seres azules mientras los que habían escogido el arco como arma arrojaban flechas sobre los gigantes de metal, todos invocando el nombre del Rey Holm y de Arbas, su patria. Los Drylth aullaron con furia y sorpresa simultáneas mientras algunos caían por certeras flechas, y otros bajo el embate de los ardorosos milicianos, y el fervor guerrero que invadía a los habitantes del Valle por vez primera les impidió oír los gritos desesperados del Heraldo, que trataba de detener su asalto arrollador; pero sus intentos fueron breves, pues su contingente de soldados había llegado hasta los seres azules que, lejos de verse sorprendidos por el ataque, se revolvían con fiereza inusitada. En segundos, dos o tres de esos seres ya trataban de desmembrar al Heraldo con todas sus fuerzas, imbuidos de una furia tan inmensa como inexplicable.

Brett también se había dejado arrastrar hasta el tremendo combate que se estaba librando, siguiendo a un enloquecido Aldan que, posiblemente presa de los nervios y el miedo, se había lanzado directo hacia la brutal carnicería sin pensarlo. Sin haber logrado darle alcance en medio de la carrera, Brett ahora le buscaba entre los combatientes, esquivando y parando golpes tan buenamente como le era posible; los gigantes metálicos se defendían con gran pericia, si bien sus movimientos eran mucho más lentos de lo que Brett se esperaba, y eso le salvó en más de una ocasión de terminar partido en dos… Pero eso no era lo peor, ya que por todas partes veía caer a amigos y vecinos con horrendas heridas sangrantes, la mayoría mortales. Segundo a segundo, Brett se veía más sobrecogido por el temor, una sensación que ya creía olvidada, y no era temor por su suerte: temía por la suerte de la gente del Valle, tanto los que morían aquí como los que morirían si no lograban detener esta locura aquí y ahora; pero no tuvo mucho tiempo para seguir albergando tan tétricos pensamientos, pues uno de los gigantes descargó su enorme hacha sobre él con todas sus fuerzas, hundiendo el filo en el suelo donde segundos antes había estado él. Rodando por el suelo sin control tras evitar la muerte por milímetros, Brett chocó contra un par de cuerpos caídos, no sabía si de los suyos o de los Drylth, pero no importaba. Era su sentencia de muerte, pues este Drylth en particular se había emperrado en darle caza, y apenas vio la oportunidad se lanzó tras Brett para alcanzarle en el suelo. Echado allí y bloqueado por los dos cadáveres, el joven cazador no tenía escapatoria alguna, el behemot de acero era demasiado rápido para él en tales condiciones... Al cabo de unos instantes, Brett estaba cubierto de sangre, el regusto metálico de la misma causándole nauseas. “Bonita forma de morir” pensó, mientras un sonoro golpe de metal contra tierra le resonaba en los oídos, seguramente el que provocaría un hacha al partirle en dos y golpear el suelo sobre el que yacía. Dándose por muerto, miró hacia arriba, buscando a los Espíritus que en breve vendrían a guiar su alma hasta los Árboles… Y lo vio. Azul como el cielo de un día sin nubes, con largas orejas puntiagudas y emplumadas, ojos carmesí sin iris ni pupila… ¿Y una armadura?

El ser azul le contemplaba con una expresión que podría definirse como preocupada. Quizá intentaba determinar si estaba herido, aunque por lo que Brett sabía, podría estar considerando qué especias echarle al caldo para cocerle. A un metro escaso, la auténtica fuente del sonido metálico yacía con una brecha enorme en su caparazón, por la que manaba abundante sangre roja –la misma que le cubría a él- igual que la que goteaba del filo de la espada curva del ente que le contemplaba.

- ¿Eres un Espíritu? – Brett estaba completamente alucinado, y era incapaz de hilar correctamente sus pensamientos y lo que estaba viendo; reparó instantáneamente en algo, pero le huyó de la cabeza al tiempo que gritaba – ¡CUIDADO! –

Su aviso llegó tarde, por lo que la enorme maza del Drylth al asalto logró hacer contacto con el hombro del ser que había salvado su vida. El sonido casi armonioso de metal contra metal habría ocultado a otro el sonido del hueso al dislocarse, pero Brett tenía un oído demasiado fino; el ser chilló, o gritó, más con sorpresa que por el dolor, pero su voz era tan aguda y poderosa que Brett quedó aturdido por unos momentos, y en esos instantes la criatura le agarró por el cuello de la camisola de cuero y se lo llevó de un tirón, corriendo a gran velocidad para dejar atrás al Drylth que les perseguía con tesón. Tenía una fuerza enorme pero, aún así, el peso de Brett le impedía alcanzar una gran velocidad (aunque ya era suficiente como para dejarle el trasero del joven como un tomate gracias a la fricción) y el monstruo metálico les estaba dando alcance… Sin embargo, Brett ya estaba más centrado y, como era de esperar, no había soltado su arco ni siquiera al creerse muerto, por lo que –con un movimiento veloz, y aún a pesar de la situación y su postura- agarró una flecha del carcaj, apuntó el arco con precisión asesina, y le abrió un agujero de ventilación al monstruo sin vacilar, el asta del proyectil sobresaliendo vistosamente de donde debería estar su ojo izquierdo. El Drylth cayó de bruces casi instantáneamente, martilleando la flecha hacia delante contra el suelo y con ello, atravesándose la cabeza de parte a parte, pero eso no detuvo la carrera del ser azul, que le arrastraba con todas sus fuerzas a pesar del dolor que le contorsionaba las bellas facciones. Y justo cuando Brett iba a darse la vuelta para pedir explicaciones, se dio cuenta del porqué real de esa huida desenfrenada.

Mientras el ser le arrastraba, los soldados del Rey habían logrado romper la línea de combate de los seres azules, y los estaban masacrando; pero lo realmente terrorífico era que lo estaban logrando gracias a la ayuda de los Drylth, ¡que estaban luchando con ellos codo con codo! Incluso había soldados que habían empezado a matar sin piedad a los sorprendidos milicianos que, sin saber qué hacer, estaban tratando de defenderse desesperadamente o de huir sin mirar atrás, no pudiendo reaccionar ante tan demente situación. Incapaz de comprender, Brett aulló como un poseso y empezó a disparar flechas sin descanso, logrando abatir a varios soldados y a algún que otro Drylth, y logrando llamar la atención de ambos grupos; pero estos apenas tuvieron tiempo de dar aviso de los huidos antes de que entraran en una masa boscosa cercana que, aunque no era parte reconocida del Gnarlwood, seguramente era una extensión de ese bosque primario.

Las horas siguientes al suceso, siempre serían difíciles de recordar para Brett; el ser azul le arrastró un trecho más pero, a medida que la espesura aumentaba, se detuvo y lo izó en pié, obligándole a correr a un ritmo extenuante. La criatura avanzaba liviana y con facilidad por entre los árboles, y Brett pensó que era una estampa tan hermosa como armoniosa, aún con su armadura metálica y su gran espada ensangrentada. Al cabo de unos kilómetros se detuvieron a descansar, e hicieron fuego: el ser tenía una especie de confituras en un pequeño zurrón que calentaba al fuego, y tenían un sabor muy dulce y suave que mejoraba con la temperatura. Tras un tiempo indeterminado, Brett empezó a sentir más clara la cabeza, y empezó a ordenar sus pensamientos, sospechas y descubrimientos en un todo comprensible… Pero al terminar, se sintió más confundido que nunca, a la vez que furioso; el ser azul le observaba con calma vagamente inexpresiva, y esa observación llevó a Brett a compartir sus imposibles deducciones con ella (y era “ella”, ya que dada la anatomía que se adivinaba bajo la armadura y las formas de su rostro, parecía ser una hembra):

- Así que… No eres un espíritu, y no estoy muerto… Bueno, quizás puedas decirme porqué esos seres eran en realidad humanos, HUMANOS, vestidos con armaduras metálicas llenas de plumas de ganso y de gallina para aparentar ser monstruos – su voz se iba alzando, iracunda – Y porqué los soldados del Rey, de NUESTRO Rey, lejos de ayudarnos, ¡se han lanzado sobre nosotros y han asesinado a mi gente! Y además, ¿dónde estaban los soldados que faltaban? Eran ellos, ¿verdad? ¡Los soldados eran los Drylth! –

- ¡Ora aka Drylth! – gritó de repente el ser azul, sobresaltando a Brett al ponerse en pie y golpearse el pecho con el puño izquierdo; hasta entonces, ni siquiera había reaccionado salvo una leve apertura de labios que podría significar sorpresa, quizás por la furia en las palabras de Brett y su patente incapacidad de comprenderlas. Pero era obvio que había entendido una palabra: Drylth. Y también era obvio que seguía con el hombro dislocado, puesto que al golpearse el pecho había fruncido el ceño y la comisura derecha del labio brevemente.

- Yo… No puedo entenderte… ¿Pero estás herida, verdad? – Brett señaló cautelosamente al hombro dislocado, tratando de hacerse entender, luego se señaló a sí mismo - ¿Quieres que te ayude? –

El ser azul lo miró con seriedad, posiblemente molesto con lo que fuera que Brett había dicho que la había ofendido, pero dejó que se acercara cuando el joven cazador hizo ademán de ello. Brett examinó la zona y, gracias a lo fina y ajustada que era la armadura metálica pudo comprobar que efectivamente, el hombro estaba fuera de sitio; sin saber cómo quitarle la armadura ni cómo decirle que no le arrancara los ojos cuando él tratara de retirársela, Brett se arriesgó a colocar el hombro inmediatamente, convencido de que la tremenda movilidad de las placas entretejidas jugaría a su favor… El hombro volvió a su lugar con un crujido, y el ser azul profirió uno de esos gritos de águila que caracterizaban a su especie. Brett pensó que le golpearía con furia, pero ella ni se movió: parece que había adivinado sus intenciones, y sabía lo que iba a ocurrir. Debía de haber sufrido más de una herida de este tipo en su vida. Volviendo a su sitio, Brett tomó asiento de nuevo en la piedra que antes escogiera para descansar (si bien sus dolorosamente raspadas posaderas no se lo agradecían demasiado, lo prefería a un tronco rugoso), tratando de contener la mueca de dolor sin éxito.

- Nura akal saki meo – respondió el ser ante su gesto de dolor, sonriendo con algo de sorna; Brett había tenido suficientes conversaciones con Aldan para saber cuándo alguien se reía a su costa.

- Muy graciosa. Es culpa tuya, que me has arrastrado como un fardo por todo… - ante la mirada de incomprensión, Brett se detuvo, pasándose la mano por la frente – oh, qué diablos, si no me entiendes. Bueno, a lo que iba… ¿Tú – la señaló – eres un Drylth? Me parece imposible que sea así, pero creo que me estoy empezando a volver loco… Si lo fueras, significa que me has salvado, que en realidad pretendíais salvarnos, mientras que los nuestros buscaban matarnos… Es de locos – finalizó, sujetando la cabeza entre sus manos, derrotado.

- Ora aka Drylth… Ora nakara – le replicó ella al cabo de unos segundos, posando la mano sobre el hombro de Brett. Él la miró con los ojos llorosos, comprendiendo lo ocurrido a medida que observaba la compasión y la tristeza en el rostro de la extraña muchacha azul, en esos ojos carmesíes tan bellos como tétricos.

Todo había sido un engaño. Diez años de guerra ficticia con una raza que, como él bien sabía, nunca se aventuraba más allá del territorio que reclamaban como suyo. Drylth falsos que eran en realidad los soldados del Rey, disfrazados para parecer monstruos terroríficos salidos de una pesadilla y asesinar impunemente a inocentes habitantes de la frontera, perpetuando así la leyenda de los malvados y crueles Drylth ¿con qué propósito? Era algo que un simple cazador no podía imaginar, seguramente una de esas motivaciones que mueven a los nobles y a los reyes y que el pueblo llano no puede entender… Pero no le importaba, porque no estaba dispuesto a permitir que se vertiera más sangre inocente en pos de ningún objetivo insondable. No era justo, no era decente, y no se podía tolerar, así que lograría detenerlo… Sin importar el riesgo personal o los medios a emplear.

- Son animales – dijo entre lágrimas de tristeza y furia – no, son peor que animales, son bestias. Y yo soy un cazador, así que les daré caza. No lo permitiré, no permitiré que vuelva a ocurrir – se levantó, gritando al cielo con los brazos en alto y los puños amenazando, sobresaltando visiblemente a la muchacha azul – ¡NUNCA MAS!

III Concurso de relatos de Sant Jordi

El club Kritik se enorgullece en ofrecerles la posibilidad de participar en el III Concurso de relatos de St. Jordi.

Bases del concurso

1. Puede concursar cualquier persona registrada en el foro del club Kritik

2. Cada persona puede presentar tantas historias como desee

3. Las historias podrán tratar cualquier tema aunque se agradecerá que tenga un mínimo de relación con nuestra afición (si queréis escribir algo rollo cumbres borrascosas, al menos metedle hobbits en vez de ingleses)

4. Los relatos deben tener una longitud entre 1 y 10 folios (aproximadamente). No es imprescindible rellenar 10 folios, de verdad!

5. Todos los relatos deberán ser remitidos a la cuenta de correo del club (clubkritik @ hotmail.com) y serán publicados anónimamente por el Admin todopoderoso.

6. No se permite en ningún caso revelar (ni insinuar) la identidad de cualquiera de los autores de los relatos. Ergo, todos los relatos deben estar titulados, que, además de hacerlo más bonito permitirá colgarlos de forma anónima

7. Los relatos deberán ser enviados antes de las 00.00 h del viernes día 16 de abril.

8. Durante el día 17 de abril los relatos se colgarán de forma anónima por el Admin y se abrirá una encuesta que paermanecerá abierta hasta el día 23 de abril para que todas las personas registradas puedan votar cual es su historia preferida.

9. El ganador se hará público durante la celebración del XII One night stand- especial Sant Jordi (día 24 de abril)

10. El ganador recibirá como premio la posibilidad de colocar un título (a su elección) bajo su nick en sus mensajes del foro del club, un bonito diploma acreditativo, una novela así como el reconocimiento y admiración de todos los que lean su relato

11. Tras revelarse el ganador del concurso se anunciará el nombre de todos los participantes y cuales eran sus historias.

12. Todos los relatos serán colgados en el blog del club.

13. Las preguntas respecto al concurso se contestarán en el foro del club.

VII Torneo Infinity - 6 de febrero

El club de rol Kritik con la colaboración de Área 51 distribuciones organiza su VII Torneo Oficial de Infinity el próximo sábado 6 de febrero.

El torneo tendrá 3 rondas. Las dos primeras serán con misiones. Cada jugador deberá llevar una única lista a 300 puntos.

La tercera ronda será un Deathmatch (podéis ver las reglas aquí: http://www.kelesumo.com/descargas/deathmatch.pdf). Para jugar el Deathmatch cada jugador deberá llevar una miniatura tamaño humano ya sea IL, IM, IP, WB... (no son válidos TAG's, remotos o motos).

La miniatura con la que se juegue el Deathmatch entrará automáticamente en un concurso de pintura que tendrá un premio propio (Vale por 1 miniatura a canjear en Área 51 distribuciones) y que votarán el conjunto de jugadores del torneo.

La inscripción debe hacerse ÚNICAMENTE vía e-mail a clubkritik@hotmail.com.

La inscripción costará 4,5 € y se abonará el mismo día del torneo.

DÍA: 6 de febrero
HORARIO: 11.00 - 22.00 (aprox)
LUGAR:Casal de joves Les Corts (C. Dolors Masferrer 33-35, Barcelona)
INSCRIPCIÓN: mediante e-mail a clubkritik@hotmail.com
COSTE: 4,5 € (incluye Coca-cola)
PREMIOS: Pack de torneo oficial de Infinity + 1 miniatura para el ganador del concurso de pintura.
300 puntos, 1 sóla lista

Fotos ReV Chthulhu: El Reencuentro

El pasado sábado día 16 de enero montamos una partida de Rol en vivo basada en La llamada de Chtulhu y que llevaba por título El Reencuentro.



La partida se celebraba en 1946 y tenía como trasfondo una reunión en un hospicio que estaba a punto de cerrarse y a la cual acudían tanto el personal del centro, como los diferentes benefactores del lugar, como algunos de los huérfanos que habían pasado por el centro.

Obviamente nadie era exactametne lo que parecía y las paredes de ese hospicio habían visto todo tipo de sucesos que fueron descubriéndose a lo largo de la noche.

El rol en vivo funcionó muy bien y cabe destacar la valía de muchos de los jugadores que hicieron unas grandes interpretaciones y, como podréis ver en las fotos que os dejamos a continuación, un gran esfuerzo en materia de atrezzo.

Si queréis ver todas las fotos podéis ir directamente aquí









XI One night stand

El club Kritik se honra en presentar el XI One night stand que tendrá lugar el próximo sábado 20 de febrero. Como siempre dedicaremos 12 horas a jugar a todos los juegos de mesa del club (y a los que tengáis a bien traer de casa).

Tendremos además alguna partida de rol y espacio para que montéis todo lo que se os ocurra!

Así que ya sabéis, si queréis probar algún juego de mesa, si queréis estrenar el juego que os han traido los reyes y todavía no habéis probado o simplemente, si queréis pasar una noche diferente y divertida, os estamos esperando!!

No os lo podéis perder!!

Día:
20 de febrero
Horario: de 20 a 08.00 h
Lugar: Casal de joves de Les Corts (C. Dolors Masferrer 33-35, Barcelona)

Más info:
clubkritik@hotmail.com; www.clubkritik.tk

VI Torneo oficial Infinity

El frente de Paradiso se ha reactivado. Nuevos ataques del Ejército Combinado están poniendo en jaque a las diferentes naciones de la esfera humana. La guerra se recrudece día a día pero eso no impide que las diferentes facciones se enfrenten y se alíen entre sí para conseguir recursos y posiciones estratégicas.

¿Te atreves a defender a tu facción?

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El club de rol Kritik organiza su VI Torneo Oficial de Infinity el próximo sábado 9 de enero.

En esta ocasión el torneo contará con unas características especiales. Todas las partidas serán de 2 contra 2 (las parejas se determinarán antes de elegir lista) e irán cambiando en cada partida.

Por ello todos los jugadores deberán llevar 2 listas a 150 puntos (por si se diera el caso de ser impares en cuyo caso 1 jugador debería jugar con ambas listas).

La inscripción debe hacerse ÚNICAMENTE vía e-mail a clubkritik@hotmail.com.

La inscripción costará 4 € y se abonará el mismo día del torneo.

DÍA: 9 de enero
HORARIO: 11.00 - 21.00 (aprox)
LUGAR:Casal de joves Les Corts (C. Dolors Masferrer 33-35, Barcelona)
INSCRIPCIÓN: mediante e-mail a clubkritik@hotmail.com
COSTE: 4 € (incluye Coca-cola)
150 puntos, 2 listas

Fotos Jornadas y Ayudar Jugando

Últimamente estamos un poquito vagos con el blog... pero espero que en los próximos días nos volvamos a poner todos las pilas y volvamos a tener cantidad de material interesante que ofreceros.

Por hoy os dejo las fotografías de las XVI Jornadas Kritikas que celebramos hace casi dos meses y del Torneo de Infinity que organizamos en las Ayudar Jugando de la semana pasada.

Picando aquí tenéis las fotos de las Jornadas y aquí las de Ayudar Jugando 2009