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Guerra en el valle - I concurso de relatos

Hace ya bastante tiempo que no os colgamos uno de los relatos que se presentaron para alguno de los concursos de relatos de Sant Jordi así que hoy os dejamos el último de los relatos que se presentó para el I concurso de relatos de Sant Jordi de Kritik. Se titula Guerra en el valle y fue escrito por Yuuki

Esperamos que lo disfrutéis tanto como el resto!

Guerra en el Valle

“Yo no debería estar aquí.”

Este pensamiento inquietante era lo único que Brett tenía en la cabeza desde que le llamaran a servir en la milicia, dos días atrás. El Heraldo del Rey había convocado a todos los hombres entre 18 y 55 inviernos que pudieran manejar un arma (que supieran hacerlo ya era otro cantar) y los había reunido muy cerca del Bosque de Gnarlwood. Sin explicaciones ni órdenes claras, los ánimos habían ido calentándose, pero el Heraldo iba acompañado de más de doscientos soldados bien armados y entrenados: más que suficientes para reducir a cualquier turba que pudiera surgir de la presente incertidumbre.

- Vamos, no te agobies Brett – Aldan, como siempre, sonreía con picardía y complicidad – No volveremos antes porque pongas esa cara de enfurruñado… Aunque igual te ve el Heraldo, le das pesadillas ¡y sale corriendo! ¡Vaya, una táctica genial, amigo mío, ni a mí se me hubiera ocurrido! -

Incapaz de contener la risa frente al buen humor de Aldan, Brett siguió ordenando sus bártulos para entretenerse, pero no lograba desterrar el asunto de sus pensamientos: él era un cazador, no un soldado, y era obvio que no les habían traído aquí para otra cosa que no fuera pelear; y como buen habitante de la zona, sabía que venir hasta este lugar solamente podía significar que iba a luchar contra los enigmáticos Drylth. Y eso era lo peor que les podía pasar…

- ¿Y cómo es un Drylth? –

Aldan parecía no estar dispuesto a dejarle cavilar en paz, cosa que Brett no soportaba (aunque sabía que su amigo lo hacía con la mejor de las intenciones), pero esta vez se había pasado de la raya: todos los hombres que estaban a su alrededor se dieron la vuelta, con caras que iban del sobresalto al genuino espanto; la cuestión obvia a la que Brett había estado dándole vueltas era algo que todos pensaban, pero nadie se atrevía a mencionar, como si eso fuera a protegerles de lo que iba a venir.

- ¡Venga! ¿nadie se lo pregunta? Es obvio para qué hemos venido, y tendremos que saber distinguirlo de un ciervo, o un oso… O de Olg, que para el caso… - todos rieron, incluso Olg, acostumbrado a la “confusión” – Y seguro que nuestro buen amigo Brett, gran cazador de Ershs, nos lo podrá explicar un poco – Aldan volvió a sonreir, casi malicioso.

- Yo no sé nada sobre Drylths – replicó Brett, molesto ante la trampa que Aldan le había parado – y solamente cacé UN Ersh, uno solo, y casi dejándome la piel en ello; creedme cuando os digo que no fue voluntario…- volvieron a reír con ganas, pero mantuvieron sus ojos fijos en Brett; era obvio que no iban a dejarle ir hasta que les dijera algo, fuera lo que fuera –…De acuerdo; os contaré lo que he oído… Dicen que viven muchos en el Gnarlwood, pero que también hay en las Tallstones al norte y al noroeste. No sé nada de su aspecto, pero tengo entendido que no son muy distintos de nosotros: dos brazos, dos piernas, un cuerpo y una cabeza. Lo que sí os puedo decir es que nunca se aventuran fuera de esos sitios, porque ni siquiera he encontrado rastros de uno, así que…-

- ¡Yo he oído que son más grandes que un Ersh! – interrumpió uno.

- ¡Yo que te pueden petrificar con la mirada! – saltó otro.

- ¡Yo que tienen tres lenguas, y además son venenosas! – continuó el siguiente.

- ¡No podemos dejarnos llevar por el pánico y los rumores! – gritó Brett, sacudiendo la cabeza ante lo que ya se temía: había sido peor alimentar la imaginación de los presentes de lo que habría sido dejarles en la ignorancia – si hiciéramos caso de todo lo que se dice, serían montañas andantes con tres lenguas y dieciocho brazos que escupen fuego, ¡y eso no es así! ¿Cuántas veces les han derrotado los soldados del Rey Holm, eh? ¡Podéis estar tranquilos! –

- Yo no lo creo – interrumpió una potente voz; el Heraldo, atraído por las voces de los reclutas milicianos, se había desplazado hasta el borde exterior de la pequeña muchedumbre formada alrededor de Brett y Aldan. Frente a los fornidos hombres vestidos con lino, cuero y pieles, el Heraldo tenía un aspecto imponente: aunque no muy alto, era muy atlético y musculoso, y combinaba las ricas prendas moradas y escudo de armas del Rey con una coraza pulida, grebas y brazales bien forjados, y una pesada espada de gran tamaño y calidad. – porque yo, al contrario que tú, campesino – el tono de desprecio era evidente-, sí he visto a un Drylth, y son oponentes realmente temibles.-

A Brett le enfureció la arrogancia con que el Heraldo cargaba sus palabras, no por ser él orgulloso (si bien no gustaba de que nadie le pisara o insultara de ese modo) sino porque le parecía adivinar turbias intenciones en los ojos de aquél hombre; tenía la mirada de un lobo hambriento y astuto, muy similar a la de algunos bandidos y ladrones con los que se había cruzado anteriormente. Temiéndose lo peor pero viéndose incapaz de interrumpir al Heraldo del Rey, Brett le dejó continuar y escuchó, constatando que incluso Aldan se había callado (a regañadientes, todo hay que decirlo):

- Son grandes, muy grandes. Una vez y media la estatura de un hombre, y tres o cuatro veces más pesados, recubiertos con un pesado caparazón de aspecto metálico y puñados de plumas que les salen de la cabeza, los brazos y las piernas. Portan armas tan grandes y pesadas que podrían partir a cualquiera de vosotros en dos sin esfuerzo, y las esgrimen con pericia y fuerza inusitadas. Por supuesto, no hace falta decir que no son humanos, como nosotros, así que no demuestran las mismas emociones: desconocen la piedad y no muestran compasión, y quién sabe qué crueldades practican con los pocos a los que perdonan la vida para así poder secuestrarlos… - el Heraldo sonrió vagamente, complacido por el terror desbocado que anidaba ahora en los rostros de los reclutas; algo imperceptible para la mayoría, pero que el observador Brett captó sin mucha dificultad – Ahora, ya sabéis a lo que os enfrentaréis. No quería revelároslo todavía, puesto que pretendía que pasarais un rato agradable antes de empezar a luchar, pero en unas horas nos enfrentaremos a un pequeño contingente Drylth que, según nuestros exploradores, se dirige hacia el Valle de la Grieta a gran velocidad. Creo que es el hogar de muchos de vosotros… Incluido nuestro optimista y joven cazador – lanzó a Brett una discreta mirada de triunfo, cargada de veneno; solamente para él, evidenciando que había llevado su casual confrontación al terreno de lo personal – así que no dudo ni por un instante que entenderéis la necesidad de convocaros a este conflicto, para alzar las armas en nombre de vuestro Rey, vuestra patria y vuestras familias; preparaos, los soldados repartirán de inmediato armas y armaduras para que podáis asumir vuestro papel en la contienda.-

Con esto, el Heraldo se dio la vuelta con rapidez y abandonó el lugar. Con su marcha, empezaron los murmullos ahogados cargados de temor y angustia, anticipando qué suerte de horrores les esperaba al chocar con los terroríficos Drylth. Incluso Aldan parecía sentirse intranquilo a causa de lo escuchado, pero Brett no se dejó llevar por la lengua de seda del Heraldo: fueran como fueran, los Drylth eran seres mortales, y como tales podían ser derrotados. Pronto llegaron los soldados para armar a toda la concurrencia, repartiendo entre los presentes toda suerte de espadas viejas, lanzas y arcos de fabricación pobre, así como flechas y camisolas de cuero endurecido, algunas incluso con capuchones y grebas o brazales del mismo material. Poco a poco, los murmullos cedieron paso a un incómodo silencio que dominó el resto de la tarde, a medida que el temor atenazaba a los milicianos como nunca antes lo había hecho.

- ¿No te ha puesto nervioso lo que nos ha soltado ese Heraldo? – Aldan le miraba, sorprendido – siempre estás dándole vueltas a todo, pensando en cualquier peligro o contratiempo que pueda surgir… ¿Y ahora te quedas tan ancho? No me lo explico…-

- Yo no me asusto de aquello a lo que no conozco. Además, si tiene que hacerse, tiene que hacerse… Ya le has oido: van hacia nuestro pueblo y no tengo ganas de apilar cadáveres por las paparruchas de un noble ricachón que disfruta metiéndole miedo a la gente – Brett no le miraba mientras hablaba, sino que mantenía sus ojos fijos en algún lugar insondable, más allá de la pradera donde acampaban – Además, algo anda mal… Algo va muy mal aquí, y no se qué es.-

- Menuda tranquilidad…- Aldan prosiguió con su parloteo, buscando ahora tranquilizarse más que aliviar a su caviloso amigo, pero Brett ya no volvió a responder salvo por un ocasional asentimiento con la cabeza; algo le preocupaba, algo que estaba justo a la vuelta de la esquina pero que le resultaba demasiado esquivo como para encontrarlo, y tenía que descubrir qué era…

Un estallido.

Brett saltó de debajo de las mantas con que se cubría, al tiempo que Aldan gritaba todo tipo de juramentos malsonantes, a cada cual más escandaloso. Con la resaca típica producida por un sueño lleno de pesadillas, Brett trató de centrarse y averiguar qué ocurría a su alrededor, tal y como le pedía su instinto de cazador: a su alrededor, todo era un caos de milicianos inexpertos tratando de enfundarse en sus pobres armaduras, encontrar sus armas entre el barullo y prepararse para quién sabe qué. Encomendándose a los Espíritus del Valle, Brett agarró la espada que le habían dado los soldados y la colgó de su cinto, mientras preparaba su arco de caza y sus flechas con calma calculada, para terminar saltando sobre un tocón relativamente alto que había cerca y observar lo que se cernía sobre ellos.

Era de noche, pero el brillo de las estrellas era particularmente, intenso, y las lunas crecientes concedían algo más de luz. A primera vista, se podían vislumbrar tres grandes grupos en la pradera: el tumulto de milicianos que se revolvían histéricos sin saber qué hacer, un grupo de enormes seres blindados de casi dos metros de estatura y una especie de tocado de plumas blancas en lo que debía ser su cabeza pero más parecía un yelmo de caballero, y el antes ordenado campamento de los soldados del Rey y su Heraldo, que ahora era pasto de las llamas. Según dedujo Brett a toda velocidad, algo debía de haber causado un tremendo estallido ardiente que había consumido una cuarta parte del campamento, y eso había detenido momentáneamente a los colosos blindados que parecían haber estado avanzando hacia los milicianos hasta hacía escasos segundos; y al fijarse en esas enormidades que (según su sentido común le decía) debían ser los terroríficos Drylth que el Heraldo les había descrito unas horas antes, vio otra cosa. Algo que no alcanzaba a entender del todo.

No eran demasiado altos, ni tampoco musculosos. Su piel era de un azul plomizo, oscurecido por la noche reinante, y parecía suave pero consistente, quizás como el cuero pulido y aceitado. Eran delgados y gráciles, pero con cada uno de sus movimientos hacían gala de una fuerza y agilidad sobrehumanas, y sus potentes y agudos gritos les daban un aspecto temible. De lejos aún podrían haber pasado por humanos, pero les delataban las crestas de plumas que surgían de sus antebrazos, pantorrillas y los laterales de su cabeza: de mil colores iridiscentes. Eran tan terribles y, a la vez, tan hermosos…

Un chillido agudo, parecido al de un águila de las montañas, sacó a Brett de su ensimismamiento. Los extraños seres se habían arrojado sobre los juggernauths de metal con una rapidez casi impensable, dando saltos imposibles y blandiendo espadas curvas de tamaño considerable. A pesar de la distancia, la aguda vista de Brett podía distinguir que vestían armaduras metálicas hechas a base de multitud de pequeñas bandas y placas de metal de poco grosor, alineadas y montadas unas sobre otras para formar un todo armonioso que no parecía restringir demasiado sus movimiento. Aún con todo ello, era sorprendente ver cómo lograban destrozar la retaguardia de los Drylth, que aullaban sorprendidos por el ataque aún a pesar de haber oido a las criaturas acercarse gracias a los chillidos y graznidos que emitían. El cuerpo a cuerpo resultante era atroz, con los gigantes metálicos golpeando a diestro y siniestro con sus enormes armas mientras los ágiles seres azules les atacaban sin cesar, esquivando golpes y lanzando certeros tajos a brazos y piernas por igual. Aquí y allí caía alguno de ellos, pero estaba claro que los gigantescos Drylth llevaban las de perder, pues más de la mitad habían caído pasados apenas unos minutos.

El ruido causado por los milicianos empezaba a apagarse, a medida que la mayoría terminaban de prepararse para la lucha solo para verse sorprendidos con la titánica melee que se desarrollaba a apenas una veintena de metros de donde estaban. Pronto el silencio se adueñó de la pradera, inalterado excepto por los sonidos de lucha, los gritos y juramentos de los Drylth, y la mezcla de chillido y grito que proferían los seres azules… Y unos segundos antes de que ocurriera todo, Brett se dio cuenta de una cosa:

Los Drylth hablaban exactamente igual que ellos.

Mientras trataba de entender lo que sus oidos le decían, un cuerno resonó por encima del estruendo de la pelea, y el Heraldo y la mitad de sus soldados aparecieron de entre las tiendas a medio arder del campamento. Pertrechados para la guerra, se arrojaron hacia la retaguardia de los seres azules con un potente grito de guerra, mientras el Heraldo vociferaba órdenes dirigidas tanto a sus soldados como a los milicianos estupefactos. Medio sobresaltados por la orden de atacar sin tregua, los milicianos tardaron unos segundos en reaccionar y lanzarse a la carga; desordenadamente, cubrieron la escasa distancia que les separaba de los Drylth y los seres azules mientras los que habían escogido el arco como arma arrojaban flechas sobre los gigantes de metal, todos invocando el nombre del Rey Holm y de Arbas, su patria. Los Drylth aullaron con furia y sorpresa simultáneas mientras algunos caían por certeras flechas, y otros bajo el embate de los ardorosos milicianos, y el fervor guerrero que invadía a los habitantes del Valle por vez primera les impidió oír los gritos desesperados del Heraldo, que trataba de detener su asalto arrollador; pero sus intentos fueron breves, pues su contingente de soldados había llegado hasta los seres azules que, lejos de verse sorprendidos por el ataque, se revolvían con fiereza inusitada. En segundos, dos o tres de esos seres ya trataban de desmembrar al Heraldo con todas sus fuerzas, imbuidos de una furia tan inmensa como inexplicable.

Brett también se había dejado arrastrar hasta el tremendo combate que se estaba librando, siguiendo a un enloquecido Aldan que, posiblemente presa de los nervios y el miedo, se había lanzado directo hacia la brutal carnicería sin pensarlo. Sin haber logrado darle alcance en medio de la carrera, Brett ahora le buscaba entre los combatientes, esquivando y parando golpes tan buenamente como le era posible; los gigantes metálicos se defendían con gran pericia, si bien sus movimientos eran mucho más lentos de lo que Brett se esperaba, y eso le salvó en más de una ocasión de terminar partido en dos… Pero eso no era lo peor, ya que por todas partes veía caer a amigos y vecinos con horrendas heridas sangrantes, la mayoría mortales. Segundo a segundo, Brett se veía más sobrecogido por el temor, una sensación que ya creía olvidada, y no era temor por su suerte: temía por la suerte de la gente del Valle, tanto los que morían aquí como los que morirían si no lograban detener esta locura aquí y ahora; pero no tuvo mucho tiempo para seguir albergando tan tétricos pensamientos, pues uno de los gigantes descargó su enorme hacha sobre él con todas sus fuerzas, hundiendo el filo en el suelo donde segundos antes había estado él. Rodando por el suelo sin control tras evitar la muerte por milímetros, Brett chocó contra un par de cuerpos caídos, no sabía si de los suyos o de los Drylth, pero no importaba. Era su sentencia de muerte, pues este Drylth en particular se había emperrado en darle caza, y apenas vio la oportunidad se lanzó tras Brett para alcanzarle en el suelo. Echado allí y bloqueado por los dos cadáveres, el joven cazador no tenía escapatoria alguna, el behemot de acero era demasiado rápido para él en tales condiciones... Al cabo de unos instantes, Brett estaba cubierto de sangre, el regusto metálico de la misma causándole nauseas. “Bonita forma de morir” pensó, mientras un sonoro golpe de metal contra tierra le resonaba en los oídos, seguramente el que provocaría un hacha al partirle en dos y golpear el suelo sobre el que yacía. Dándose por muerto, miró hacia arriba, buscando a los Espíritus que en breve vendrían a guiar su alma hasta los Árboles… Y lo vio. Azul como el cielo de un día sin nubes, con largas orejas puntiagudas y emplumadas, ojos carmesí sin iris ni pupila… ¿Y una armadura?

El ser azul le contemplaba con una expresión que podría definirse como preocupada. Quizá intentaba determinar si estaba herido, aunque por lo que Brett sabía, podría estar considerando qué especias echarle al caldo para cocerle. A un metro escaso, la auténtica fuente del sonido metálico yacía con una brecha enorme en su caparazón, por la que manaba abundante sangre roja –la misma que le cubría a él- igual que la que goteaba del filo de la espada curva del ente que le contemplaba.

- ¿Eres un Espíritu? – Brett estaba completamente alucinado, y era incapaz de hilar correctamente sus pensamientos y lo que estaba viendo; reparó instantáneamente en algo, pero le huyó de la cabeza al tiempo que gritaba – ¡CUIDADO! –

Su aviso llegó tarde, por lo que la enorme maza del Drylth al asalto logró hacer contacto con el hombro del ser que había salvado su vida. El sonido casi armonioso de metal contra metal habría ocultado a otro el sonido del hueso al dislocarse, pero Brett tenía un oído demasiado fino; el ser chilló, o gritó, más con sorpresa que por el dolor, pero su voz era tan aguda y poderosa que Brett quedó aturdido por unos momentos, y en esos instantes la criatura le agarró por el cuello de la camisola de cuero y se lo llevó de un tirón, corriendo a gran velocidad para dejar atrás al Drylth que les perseguía con tesón. Tenía una fuerza enorme pero, aún así, el peso de Brett le impedía alcanzar una gran velocidad (aunque ya era suficiente como para dejarle el trasero del joven como un tomate gracias a la fricción) y el monstruo metálico les estaba dando alcance… Sin embargo, Brett ya estaba más centrado y, como era de esperar, no había soltado su arco ni siquiera al creerse muerto, por lo que –con un movimiento veloz, y aún a pesar de la situación y su postura- agarró una flecha del carcaj, apuntó el arco con precisión asesina, y le abrió un agujero de ventilación al monstruo sin vacilar, el asta del proyectil sobresaliendo vistosamente de donde debería estar su ojo izquierdo. El Drylth cayó de bruces casi instantáneamente, martilleando la flecha hacia delante contra el suelo y con ello, atravesándose la cabeza de parte a parte, pero eso no detuvo la carrera del ser azul, que le arrastraba con todas sus fuerzas a pesar del dolor que le contorsionaba las bellas facciones. Y justo cuando Brett iba a darse la vuelta para pedir explicaciones, se dio cuenta del porqué real de esa huida desenfrenada.

Mientras el ser le arrastraba, los soldados del Rey habían logrado romper la línea de combate de los seres azules, y los estaban masacrando; pero lo realmente terrorífico era que lo estaban logrando gracias a la ayuda de los Drylth, ¡que estaban luchando con ellos codo con codo! Incluso había soldados que habían empezado a matar sin piedad a los sorprendidos milicianos que, sin saber qué hacer, estaban tratando de defenderse desesperadamente o de huir sin mirar atrás, no pudiendo reaccionar ante tan demente situación. Incapaz de comprender, Brett aulló como un poseso y empezó a disparar flechas sin descanso, logrando abatir a varios soldados y a algún que otro Drylth, y logrando llamar la atención de ambos grupos; pero estos apenas tuvieron tiempo de dar aviso de los huidos antes de que entraran en una masa boscosa cercana que, aunque no era parte reconocida del Gnarlwood, seguramente era una extensión de ese bosque primario.

Las horas siguientes al suceso, siempre serían difíciles de recordar para Brett; el ser azul le arrastró un trecho más pero, a medida que la espesura aumentaba, se detuvo y lo izó en pié, obligándole a correr a un ritmo extenuante. La criatura avanzaba liviana y con facilidad por entre los árboles, y Brett pensó que era una estampa tan hermosa como armoniosa, aún con su armadura metálica y su gran espada ensangrentada. Al cabo de unos kilómetros se detuvieron a descansar, e hicieron fuego: el ser tenía una especie de confituras en un pequeño zurrón que calentaba al fuego, y tenían un sabor muy dulce y suave que mejoraba con la temperatura. Tras un tiempo indeterminado, Brett empezó a sentir más clara la cabeza, y empezó a ordenar sus pensamientos, sospechas y descubrimientos en un todo comprensible… Pero al terminar, se sintió más confundido que nunca, a la vez que furioso; el ser azul le observaba con calma vagamente inexpresiva, y esa observación llevó a Brett a compartir sus imposibles deducciones con ella (y era “ella”, ya que dada la anatomía que se adivinaba bajo la armadura y las formas de su rostro, parecía ser una hembra):

- Así que… No eres un espíritu, y no estoy muerto… Bueno, quizás puedas decirme porqué esos seres eran en realidad humanos, HUMANOS, vestidos con armaduras metálicas llenas de plumas de ganso y de gallina para aparentar ser monstruos – su voz se iba alzando, iracunda – Y porqué los soldados del Rey, de NUESTRO Rey, lejos de ayudarnos, ¡se han lanzado sobre nosotros y han asesinado a mi gente! Y además, ¿dónde estaban los soldados que faltaban? Eran ellos, ¿verdad? ¡Los soldados eran los Drylth! –

- ¡Ora aka Drylth! – gritó de repente el ser azul, sobresaltando a Brett al ponerse en pie y golpearse el pecho con el puño izquierdo; hasta entonces, ni siquiera había reaccionado salvo una leve apertura de labios que podría significar sorpresa, quizás por la furia en las palabras de Brett y su patente incapacidad de comprenderlas. Pero era obvio que había entendido una palabra: Drylth. Y también era obvio que seguía con el hombro dislocado, puesto que al golpearse el pecho había fruncido el ceño y la comisura derecha del labio brevemente.

- Yo… No puedo entenderte… ¿Pero estás herida, verdad? – Brett señaló cautelosamente al hombro dislocado, tratando de hacerse entender, luego se señaló a sí mismo - ¿Quieres que te ayude? –

El ser azul lo miró con seriedad, posiblemente molesto con lo que fuera que Brett había dicho que la había ofendido, pero dejó que se acercara cuando el joven cazador hizo ademán de ello. Brett examinó la zona y, gracias a lo fina y ajustada que era la armadura metálica pudo comprobar que efectivamente, el hombro estaba fuera de sitio; sin saber cómo quitarle la armadura ni cómo decirle que no le arrancara los ojos cuando él tratara de retirársela, Brett se arriesgó a colocar el hombro inmediatamente, convencido de que la tremenda movilidad de las placas entretejidas jugaría a su favor… El hombro volvió a su lugar con un crujido, y el ser azul profirió uno de esos gritos de águila que caracterizaban a su especie. Brett pensó que le golpearía con furia, pero ella ni se movió: parece que había adivinado sus intenciones, y sabía lo que iba a ocurrir. Debía de haber sufrido más de una herida de este tipo en su vida. Volviendo a su sitio, Brett tomó asiento de nuevo en la piedra que antes escogiera para descansar (si bien sus dolorosamente raspadas posaderas no se lo agradecían demasiado, lo prefería a un tronco rugoso), tratando de contener la mueca de dolor sin éxito.

- Nura akal saki meo – respondió el ser ante su gesto de dolor, sonriendo con algo de sorna; Brett había tenido suficientes conversaciones con Aldan para saber cuándo alguien se reía a su costa.

- Muy graciosa. Es culpa tuya, que me has arrastrado como un fardo por todo… - ante la mirada de incomprensión, Brett se detuvo, pasándose la mano por la frente – oh, qué diablos, si no me entiendes. Bueno, a lo que iba… ¿Tú – la señaló – eres un Drylth? Me parece imposible que sea así, pero creo que me estoy empezando a volver loco… Si lo fueras, significa que me has salvado, que en realidad pretendíais salvarnos, mientras que los nuestros buscaban matarnos… Es de locos – finalizó, sujetando la cabeza entre sus manos, derrotado.

- Ora aka Drylth… Ora nakara – le replicó ella al cabo de unos segundos, posando la mano sobre el hombro de Brett. Él la miró con los ojos llorosos, comprendiendo lo ocurrido a medida que observaba la compasión y la tristeza en el rostro de la extraña muchacha azul, en esos ojos carmesíes tan bellos como tétricos.

Todo había sido un engaño. Diez años de guerra ficticia con una raza que, como él bien sabía, nunca se aventuraba más allá del territorio que reclamaban como suyo. Drylth falsos que eran en realidad los soldados del Rey, disfrazados para parecer monstruos terroríficos salidos de una pesadilla y asesinar impunemente a inocentes habitantes de la frontera, perpetuando así la leyenda de los malvados y crueles Drylth ¿con qué propósito? Era algo que un simple cazador no podía imaginar, seguramente una de esas motivaciones que mueven a los nobles y a los reyes y que el pueblo llano no puede entender… Pero no le importaba, porque no estaba dispuesto a permitir que se vertiera más sangre inocente en pos de ningún objetivo insondable. No era justo, no era decente, y no se podía tolerar, así que lograría detenerlo… Sin importar el riesgo personal o los medios a emplear.

- Son animales – dijo entre lágrimas de tristeza y furia – no, son peor que animales, son bestias. Y yo soy un cazador, así que les daré caza. No lo permitiré, no permitiré que vuelva a ocurrir – se levantó, gritando al cielo con los brazos en alto y los puños amenazando, sobresaltando visiblemente a la muchacha azul – ¡NUNCA MAS!