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La guerra - V Concurso de relatos de Sant Jordi

Esta semana os traemos otro de los relatos que ha participado en el V Concurso de relatos de Sant Jordi organizado por el club. En esta ocasión se trata del segundo clasificado en votos (empatado con el relato que os presentamos la semana pasada). El relato está escrito por Tiberio Graco y lleva por título La guerra. ¡Esperamos que os guste!

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La guerra

Con un sonoro click, el capitán Roch cierra su reloj y lo vuelve a guardar en su bolsillo. Había sido el reloj de su abuelo.

Jean-Paul, a pesar de tener el estómago vacío, siente ganas de vomitar. Hoy no ha comido nada. Nadie lo ha hecho. Todos los hombres de la trinchera están nerviosos, aunque algunos de ellos consiguen disimularlo mejor. Jean-Paul no, Jean-Paul está llorando en un rincón. Nadie se le acerca.

Todos los veteranos saben que va a morir esta noche y ninguno quiere encariña**e con él.

Jean-Paul no debería estar aquí. No tiene la edad mínima para entrar en el ejército, tuvo que mentirle al instructor. Él no sabía que la guerra era así. Él pensaba que la guerra consistía en matar a muchos alemanes, y liberar ciudades ocupadas por el enemigo. Nadie le dijo a Jean-Paul nada sobre esconderse como ratas en pequeñas madrigueras enlodadas. No le hablaron de lo que significa rezar porque ningún obús te cayera encima. Ni sabía nada sobre convivir con los cadáveres de sus compañeros durante días enteros. Él no sabía que tendría que cavar nuevas trincheras en el barro congelado para encontrarse con los muertos del año anterior. Gritos de dolor, frío, humedad, miedo... el omnipresente miedo que te cala hasta los huesos y te impide dormir. A Jean-Paul nadie le había contado lo que era la guerra.

La artillería francesa cesa en su bombardeo. Un oficial pasa por la trinchera para recoger testamentos y cartas de despedida. Jean-Paul no entrega nada. No tiene nada que dejar y cree que su familia no querrá saber nada de él porque se fugó para alistarse en el ejército. Está equivocado.

Cuando el oficial se ha ido, los compañeros de Jean-Paul empiezan a prepararse para salir. Nadie dice nada. Todo el mundo siente ganas de vomitar. Jean-Paul cree que es el único.

El capitán Roch desenvaina su sable con calculada lentitud. Se santigua. Y sale de la trinchera gritando “¡A la carga!” Cuatro balas se interponen en su camino: una se le aloja en el estómago, otra le perfora el pulmón y otra le rompe la frente. La cuarta destroza el reloj de su abuelo. Ha sido afortunado, la muerte es instantánea.

Jean-Paul y sus compañeros no tienen tiempo para pensar en el capitán Roch. La ofensiva ha comenzado y, al igual que otros cientos de miles de franceses e ingleses, salen de su trinchera dando gritos con los que intentan convencerse a sí mismos de que son valientes.

La artillería lleva un día entero bombardeando las posiciones enemigas. Las ametralladoras pesadas han barrido el campo destruyendo los postes de las alambradas. Es imposible tener la más mínima esperanza de tomar al enemigo por sorpresa.

Decenas de balas silban furiosamente en torno la cara de Jean-Paul. Cierra los ojos, grita, dispara, corre y se tira al suelo. Todos sus compañeros están junto a él. Han recorrido cuatro metros desde la trinchera.

Jean-Paul respira agitadamente, reprime un sollozo, coge aire, se levanta, esquiva un cable de alambre y se lanza al cráter de una bomba. Ha recorrido diez metros más. Varios de sus compañeros llegan hasta él. Su batallón es cada vez menos numeroso.

Dan un par de pasos y oyen el silbido de una bomba. Vuelven a deslizarse al mismo cráter y se amontonan unos encima de otros. La bomba cae muy cerca, pero no les alcanza. Vuelven a salir y esta vez caen, con terribles alaridos, sobre una trinchera ocupada por el enemigo. En torno a Jean-Paul se produce un torbellino de sangre y muerte. Franceses y alemanes se matan con el odio inaudito de personas que no se conocen. Jean-Paul no hace nada, contempla a sus compañeros mudo de espanto mientras los alemanes, inferiores en número, luchan desesperadamente por su vida. En unos minutos todo ha terminado, Defaux, uno de sus compañeros, le grita para que se ponga a cubierto. Jean-Paul se siente como en un sueño.

Han pasado tres horas desde que se inicio la ofensiva. Han recorrido unos doscientos metros que han parecido kilómetros. Jean-Paul no sabe a cuanta gente ha visto morir hoy, pero él todavía no ha matado a nadie.

Son las cuatro de la madrugada. Jean-Paul está agotado, él y los que quedan vivos de sus compañeros se agazapan en una trinchera y, parece, se respira un poco más de tranquilidad. Jean-Paul se acurruca en una esquina y, empapado, queda dormido.

Le despiertan a patadas. El sonido de disparos crece por momentos, varios de sus compañeros disparan al exterior de la trinchera y hay en torno a él algunos cuerpos inertes. Jean-Paul no sabe si están dormidos, heridos o muertos. La verdad es que no quiere saberlo. El hombre que le daba patadas empieza a gritarle: “¡Dios! ¡Muchacho, a ver si ahora vales para algo!”, ninguno de sus compañeros sabe su nombre. Todos piensan que va a morir en seguida. Jean-Paul se levanta con el cuerpo dolorido y mira asustado a su agresor. “Los alemanes han contraatacado muy duramente, en breve podemos quedar copados. ¡Corre hasta el cuartel general e informar de la situación! ¡Pide permiso para retirarnos y vuelve con la respuesta. ¡Corre maldito muchacho! ¡Cada segundo perdido es un hombre muerto!”

Jean-Paul se aprieta el casco y sale corriendo a cuatro gatas como una rata chapoteando entre el fango. No recuerda su fusil hasta que ya está demasiado lejos. En realidad, no sabe si sería capaz de utilizarlo, pero su peso le reconfortaba y le daba seguridad.

Apenas ha dado unos pasos cuando se oyen a la vez varios silbidos de obuses. Jean-Paul se acurruca en un cráter mientras el gran estrépito de una fuerte descarga de artillería llena el aire. Los alemanes preparan un contraataque. Jean-Paul llora en silencio, con las manos sujetándose el casco y rezando porque el bombardeo dure poco. A causa del barro y del miedo, tarda varios minutos en ver la bota que tiene justo delante. Es una bota militar de la que sobresale algo afilado, quizás un hueso humano. Jean-Paul no sabe si ha pertenecido a un alemán o a un francés, ¿acaso importa? Tampoco sabe cuánto tiempo lleva allí; un mes, un año, o desde el 14. ¿Estará el resto del cuerpo más allá? ¿o quizás el dueño de la bota sigue vivo y es uno de tantos lisiados que se arrastran por las ciudades? El silbido de una nueva bomba saca a Jean-Paul de su ensimismamiento. No hay tiempo que correr, se sopla las manos congeladas y sale agazapado del cráter. Da varias zancadas y se deja caer sobre una trinchera.

La trinchera era más profunda de lo que pensaba, y al caer un dolor agudo se adueña de su tobillo. Jean-Paul se lleva la mano a la zona afectada con un gesto de dolor y entonces se da cuenta de que no está solo.

Una rata le mira con ojos maliciosos. Estaba comiendo algo, Jean-Paul prefiere no saber el qué. Le mira, es enorme. Jean-Paul agita un pie hacia ella y la rata sale corriendo. Hay muchas en las trincheras, si estás despierto y consciente, no son peligrosas. ¿Por qué iban a serlo? Tienen toda la comida que puedan desear y los hombres son agresivos y están armados.

El tobillo de Jean-Paul está dolorido, pero no parece que tenga nada grave. Sale de la trinchera a tiempo para escuchar un nuevo silbido de bomba. Retrocede a la trinchera y se estremece cuando trozos de tierra le salpican. Por un momento Jean-Paul está convencido de que se ha quedado sordo.

Vuelve a salir de la trinchera y gatea hacia otra. Se corta la mano con un alambre de espino. No tiene tiempo para detenerse. Se deja caer sobre la siguiente trinchera y el corazón le da un vuelco al reconocer el cadáver del señor Roch. Ha alcanzado las posiciones iniciales.

Jean-Paul siente ganas de bailar... ¡acaba de llegar a la trinchera de salida, y está vivo! Pero la alegría dura poco. Tiene que dar el mensaje y le ordenarán regresar. Seguramente el tiroteo ha aumentado, la contraofensiva ya se habrá producido y deben estar luchando a bayoneta en las trincheras. Probablemente, sus compañeros ya han sido copados y si intenta alcanzarlos se va a encontrar de golpe con los alemanes.

Un fogonazo le recuerda que todavía no está a salvo. Nuevamente gatea fuera de la trinchera, esta vez en dirección al cercano cuartel general. En este todo bulle actividad, infinidad de oficiales franceses corren de un lado a otro como hormigas atacadas. Un oficial repara en Jean-Paul,

-¿Qué haces aquí, muchacho?

-Vengo del frente, señor. Soy el único superviviente de la decimotercera. Vi morir al resto.

-Tranquilízate, joven. Te has comportado con honor y valentía.

Setecientos metros más al este, los últimos sobrevivientes de la decimotercera luchan inútilmente por mantener abierto el sendero por el que tiene que volver el mensajero que ha de salvarles la vida.