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Relato del haiku - III concurso de relatos

Continuamos con otro de los relatos presentados al III concurso de relatos breves de Sant Jordi. En esta ocasión se trata de Relato del haiku, escrito por Antonio.

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Rojo, oscuro, negro
El dragón rugió
Magnificencia…

La palabra original en fuerte esencia se eleva en un término puro, significando la esencia que se mixtura y confunde convergiéndose en uno, enorme, inconmensurable todo considerado como una unidad: toda la danza cósmica de materia y la energía que ondula en polirrizas sombras.

Dactilado de abstrusas amarillas peonías de destorcido enseño, se alcanza vislumbrar lejanías progresivamente débiles y borrosas. Aun con todos nuestros instrumentos, buena parte del Universo está demasiado distante y oscuro como para poder observarlo, siquiera sin fijarnos en los detalles.

La visión megaloscópica imposible permite alcanzar la consciencia que vibra en altibajos encadenados aumentando en horrísono disforme son de lo que contempla el noúmeno ventral, no obstante de marinas decimales satrápicas dedaleras trepadoras sin lacias pecioladas bajo superficies de promesas argénticas imaginadas de todos modos.

El cosmos absoluto como una mezcla tridimensional de finísimos trazos de sombraoscura, con vacíos espacios intersticialmente vibrantes, numerosos de ellos cual cuasiciánidos en pequeños nódulos de arracimada moralidad se traviste en geminadas violáceas nebulosas chorreantes de rugosa tangibilidad.

Curvas y estelas de parpadeante luminiscencia galácticamente semejantes hallan en los sentires confundidos magistralmente, callan en griteríos agradecidamente coorgánicos en notabilísima calma mortal, pretendidamente ocurriendo nada, la nada.
Ningún cambio progresivo, lo bastante grande con razón o sin ella como para ser percibido desde la perspectiva universalmente iluminada, puede evanescer a una discronía mayor que inversamente puede ser inimaginablemente rápida para el ojo nosotros, pero a escala de una totalidad a efectos prácticos, de inmovilidad remolinante.

Hecho inimaginable, punto central de negrura primigenia en pulsátil hermenéutica, un cosmos de desfigurada testuz y admirable maraña de nítida franqueza en la complejidad grotesca de puntos sin horas, de eras martilleantes en una realidad flegetónticamente acrásica.

Ésta se extiende en su dejadez incómoda sin una chispa de brillante oscuridad melosa, en una oleada de esta oscuridad que se esparce hacia el exterior de este punto central en todas las direcciones a la dulzura inconcebible que más rápida posible, la de la luz interior del espíritu cuasidivino, azuleando lentamente, pero con el requerimiento de decenas de eones antes de que se proyecte por completo.
Matices de análisis de nasalidades divinas, dentro de la misma, el foco central ha sido oral vasta. La creación se ha ocultado de protuberancias tubérculas de pasados poemas; sin embargo, la anábasis se ha cintilado en el asolarismo de una de las muchas realidades grisemergentes.


Conocida sensibilidad, ámbito omniversal de menuda discordia gigantesca final, al cabo de la propicia reflexión de líneas de inhabitable gozo saturnal; mutilando el leucón heterónimo, puede ser mejor aprehendido por huellas en lodazales de incierta verdad.

Efectivamente, avanza con él; de hecho, tanto su actividad ígnea como sus estudios cristalínicos, planteado desde su propia visión, época, arco crónico de dispersa voluntad efímera. Tal que mentado el proceso de crispación omniversal, desecación de su mórfico ingenio refleja regiamente mancias de ínclita fama, invitadas a la mesa de infernales cotas.

Sistematizando materias, refiriendo respuestas sin preguntas ni padres, la luz del silencio en vitales temblores de fágicas ofertas de un limbo pelágico, salado, de vitales signos plateados en negados broncíneos fondos, que antes debía haber ofrecido en sempiterna jaculatoria muda.

Si comenzamos observando podridos padres en cualquier atonía moral, el nivel de este oscurecimiento universal no arroja absolutamente ningún cambio en el no propiciado curso de nuestro decurso, deviniendo tras recuerdos mortíferos de ilusiones no nacidas en las mentes parpadeantes, acabadas a la vida, y muy poco en el curso de cien vidas (lo mismo ocurriría, por cierto, si el protocosmos fuera incierto al editado y rompiera a aclararse desde un ebúrneo coloso central: la influencia se esparciría a la serosidad marginada.

Tan prisioneros de nuestro tiempo y espacio como todo apresados en lo demás, ínclitos impedidos amortales no, bajo ninguna de las circunstancias que conocemos, irán más investidos de prisa que la acerada afasia de lenguaraces sometidos a cegadora e inmutable verdad inasequible.

En realidad, el paso del tiempo llega a cero, y menos, en fría causticidad crónica de navegantes óseamente facultados, a los que robásemos destriparía el tiempo en detención abstrusa, como sesgados cólicos de irrealidad fecunda, la irregular cíclica de míticos grimorios denosta la base de inicio del todo, en cuanto a figura ontológica de verso jurado.

Se detiene, sin embargo, en tierra gimoteante la nítida felonía del acerado estuco que protege mentiras descriptoras de pilares reales, ocultos a la vista del iniciado sofista, cuando, en fin, el principio no es fin, sino finalística mal implementada siempre retornante.

Puede ser, pues, que, con la mejor buena voluntad del mundo, se pueda llegar a alcanzar y qué si visitar únicamente las más cercanas obtendrán la perspectiva universal de esa disonancia esencialmente igual a cero, que no a la ausencia.
No obstante, considerando como una totalidad mórfica, la superación del tremolado millonea la rugosidad del tejido espaciotemporal, suponiendo, superando su falta de vibrato aumentando el movimiento hasta el palpito vital y aún más allá, con un límite desconocido y apenas definible en su mundanidad inasequible.

Como alternativa, subvertir una especie de grafemas tomados al detalle, una pletra de ínfimos desfilantes en tablillas inopinadas cada seis eones de perversa sinceridad secundaria. Si tiene forma de espiral, su brazo puede aparecer y desaparecer. Ninguno de estos cambios sería apreciable, pues la verdadera certeza es huidiza y las vestiduras de la verdad suelen cegar incluso al más avezado de los transeúntes del camino si no único, el no desdeñable.

En ese caso, aumentar la amarga esponja no alterará la inmutabilidad del dulcorado cosmodrama. No necesariamente, en cualquier caso, pues que existe un cambio que nos abruma en relación con el suelo.

A medida que sin ojos se desarrolla el espectáculo incierto parásitos en la estructura de rombo aumentan lentamente, y las curvas y descensos de la rabia se rasgan y se endosan en nodos frenéticos. En síntesis, cada vez más y su necio se irá arreciando.

Cosmológicos, pues, llamados al misterio de la sofrena perdida que destrozan acaloradamente supinas dinámicas de difusiformes franjas cerca de otras, indefinidas; mientras, glaciales tántricos lígneos deshojan lívidas larvas demediadas.

Secuencias caleidoscópicas rebosaban en incontables direcciones reluctantes frecuencias en disonancia interior de la sobria mansedumbre, sin reparar en lánguidos tonemas de estentóreos himnos perdidos de insospechadas civilizaciones que ni siquiera habían llegado a ser cual ciclotimia salvaje y desbocada en hirvientes páramos helados de estulta grandeza herida por la lógica quebrantada.

A esto, en sorda algarabía, millardos de soturnos flátulos imponen con dejadez su impropia aura, al amparo de fuerzas innúmeras de súbita cronomía irregular, forzada, rota. Habiéndose considerado sin mente consciente, aún a pesar de los más racionales elucubrados fantasmas que se carcajeaban en tuberculosa muridez, desdeñó formar lóbregas ideaciones que solamente conducirían a los más profundos abismos de la angustiosa nada, simultaneando el populacho desalentado de pensamiento único, superpoblando de cuerpos, de deformes inútiles animales babeantes, únicamente dominados por un instinto etológicamente enfermo, biológicamente depauperado, espiritualmente inexistente, cabalmente trastornado sin límite a la vista maloliente del habitante mortalmente solo, abandonado a la contemplación del inenarrable espectáculo de la realidad helicoidal desdibujándose en matices amargoagudos de terrorífica simplicidad.

En piélago agonizante de retumbante cacareo, carcajadas estentóreas golpean sin tregua el moribundo silencio de verdigrises matices.

Como hubiese rebasado multidimensionalmente todo límite de entropía, el sistema se colapsó con un estruendoso sonido vacuo.

***
—¿Qué te parece? — preguntó con inocencia el autor.

— Sencillamente magnífica — respondió el lector. — Resulta asombrosa la originalidad del planteamiento, la claridad e intensidad del desarrollo y audacia que apunta el desenlace. Es una lástima que al final la hayas cagado. Me parece un sinsentido el final, sobre todo cuando el avance de la trama sugiere tan claramente la lógica conclusión. Tu final carece de la más mínima coherencia, es total y absolutamente absurdo.

— ¿Eeh?