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El cazador de oscuridad - II concurso de relatos

Con motivo del día de Sant Jordi organizamos el II concurso de relatos cortos de Sant Jordi en el club. Este año se presentaron 6 relatos y durante los próximos días podréis leerlos por aquí.

Hoy, os dejo con el relato ganador El cazador de Oscuridad, escrito por Urbin

La señora Gracia caminaba nerviosa. A cada paso, sus tacones, excesivamente altos para aquel suelo irregular, se estrellaban contra la calle, asfaltada de pequeñas piedras circulares, produciendo un sonoro: tac, tac, tac. Para su incursión al submundo de la ciudad, había elegido una chaqueta de color crema, una bufanda marrón y unos pantalones tejanos. Había desechado el bolso por miedo y se sentía extraña y pesada con los bolsillos llenos de cosas.

Marta Gracia era una mujer de 40 y tantos, su marido había muerto hacía años en un accidente de tráfico y ella había criado sola a su único hijo, Kevin. Marta había sido una mujer enfermiza toda su vida y, tras perder a su marido, se había convertido en una persona desdichada y sombría.

La mujer se adentró unos metros más en el callejón que le habían indicado, le temblaban las piernas del miedo y se abrazaba el pecho con los brazos delgados con toda la fuerza de la que era capaz. Pasó delante de un grupo de jóvenes que bebían y gritaban cerca de unas motos. La señora Gracia les miró de refilón con sus ojos resplandeciendo de miedo, pero los chicos siguieron con sus gritos y risas sin prestarle la más mínima atención.

Finalmente, el repiqueo de tacones cesó y la señora Gracia se encontró ante las puertas del Demonio Rojo, anunciado con un luminoso rojo y un obsceno dibujo de una demonio voluptuosa haciendo topless. La puerta se abría y se cerraba constantemente, permitiendo el paso de las personas que deseaban entrar o salir; a cada ida y venida, un ensordecedor embate de estridente música surgía del interior del local, convenciendo cada vez más a Marta de lo mala idea que había sido aquello.

La mujer se preguntó, una vez más, que estaba haciendo allí, en aquel oscuro callejón a punto de entrar en aquel local de mala muerte. Permaneció inmóvil unos segundos, con los ojos cerrados y temblando de miedo. Los parroquianos entraban y salían del local sin prestarle atención, tal vez alguna mirada curiosa fue todo lo que la mujer recibió. Permaneció allí, completamente quieta, hasta que pudo reunir el valor suficiente para cruzar la puerta y entrar, al fin y al cabo, quería a su hijo.

Al cruzar el umbral, la música estalló. Si fuera la perspectiva era funesta, dentro la pesadilla era, si cabe, más real y terrorífica. Los estridentes sonidos de las guitarras y las baterías se estrellaron contra los tímpanos de Marta, que pensó que le estallaría la cabeza. El bareto era un antro mal iluminado y sucio, el suelo estaba pegajoso y el ambiente estaba muy cargado, de humo y de un olor agrio que se metía en la nariz. La mujer se desplazó, aturdida, fuera del paso de los clientes, pues no quería ser arrollada por la corriente de idas y venidas; en su huida, acabó en una especie de rincón cerca de una maquina recreativa y un billar, donde unos greñudos con chaquetas de cuero jugaban con unos palos y unas pelotas desgastadas por años de uso o extrema violencia. Más allá, justo debajo de un foco intermitente rojo, un hombre altísimo se había subido a una mesa y hacía girar la cabeza sobre el cuello, creando un efecto de ventilador con su largo pelo negro mientras el foco lo iluminaba y lo ensombrecía. Marta intentó avanzar entre el gentío, primero temblorosa y luego con algo más de vehemencia; cruzó la sala sorteando chaquetas de cuero, brazaletes puntiagudos y grandes botas negras hasta que llegó a dos grandes hombres que le impedían el paso. La señora Gracia tragó saliva, aquellos dos individuos eran altos como torres y desprendían un olor muy poco higiénico, Marta se lanzó entre ellos con toda la fuerza de la que fue capaz y, tras unos segundos de forcejeo, consiguió superar la resistencia que el cuero ofrecía contra su chaqueta y pasar al otro lado.

La Señora Gracia estrelló sus manos contra la barra para frenar el impacto y la encontró pegajosa al tacto. Asqueada, retiró las manos de la superficie y se las limpió con afán con un pañuelo de papel que sustrajo de uno de los bolsillos. Cuando hubo terminado guardó el pañuelo y se percató de que un hombre con un chaleco tejano la miraba de arriba a abajo con una cerveza en la mano. Asustada, Marta volvió la vista al frente justo en el momento en que un camarero se acercaba a ella y le preguntaba que quería de una forma tosca.

—Estoy buscando a una persona —gritó para hacerse oír por encima de la música—, no sé como se llama, sólo sé que le apodan Burst.

El camarero cambió de cara y Marta se asustó, por un momento parecía dispuesto a sacar una recortada de debajo de la mesa para invitarla a salir de su local, pero, unos agónicos segundos después, cambió su gesto a una mueca de pesadez y señaló con la cabeza hacia una esquina de la sala.

La señora Gracia volvió a sumergirse en la marea de cuero, greñas y pinchos. Había ganado cierta habilidad y confianza y esta vez propinó un par o tres de empujones, aunque con su fuerza hubieran parecido más caricias que un acto de agresiva rebeldía. A medida que avanzaba, Marta se percató de que la densidad de cuerpos en movimiento iba disminuyendo, hasta que, finalmente, se encontró, sola, ante un individuo que bebía una cerveza sentado en un sofá mugriento de tela granate. La mujer se sorprendió, esperaba encontrar un hombre corpulento, de corte militar y de grandes brazos y cicatrices por la cara; pero lo que encontró fue un chico normal, de unos veintipocos años, con una cara de facciones suaves y una espesa mata de pelo negro puesta de punta con gomina. Lucía unas ojeras en las cuales habría cabido una moneda, barba de tres días y un aspecto demacrado general, el cabello era lo único que parecía cuidado, tieso como una piedra, apuntando hacia el techo. Vestía una gabardina de cuero negro bastante ajada, un jersey de lana negra y pantalones tejanos de color negro, decorados con una brillante cadena. El chico alzó sus ojos de color verde oscuro con una mirada hastía y observó a la mujer, que permanecía inmóvilante él.

—¿Qué?—escupió Burst con desdén.

La señora Gracia se asustó y se retiró un paso, pero pronto recuperó la compostura y reunió el valor suficiente para hablar.

—¿Eres al que llaman Burst?

El chico, que había permanecido encorvado sobre su cerveza irguió su espalda para apoyarla en el respaldo.

—¿Quién lo pregunta?—dijo observando detenidamente a Marta.

—Me llamo Marta Gracia —dijo la mujer sin saber exactamente que decir—. Me han dicho que tú puedes ayudarme...

Burst no dijo nada, simplemente frunció el ceño y se levantó. Rodeó lentamente la mesa que los separaba al tiempo que la señora Gracia retrocedía un paso, intimidada. El chico se acercó lentamente y observó a la mujer de arriba a abajo mientras lo hacía, se acercó tanto que la mujer retrocedió otros dos pasos, pero finalmente el chico se plantó ante ella. La rodeó lentamente, sin quitarle el ojo de encima, como un lobo rodea a su presa indefensa, y justo cuando pasó por detrás de ella, Marta pensó que hasta la estaba olisqueando. Cuando terminó de dar la vuelta, tiempo que pareció una eternidad, el chico avanzó con paso relajado hasta su lugar y un instante después volvía a mirarla desde su trono mugriento, pero esta vez su gesto había cambiado; ya no la miraba con pereza, si no que la observaba con un extraño brillo de determinación en los ojos.

—¿Quien es la víctima? —preguntó Burst.

Marta dudó durante unos segundos, y se frotó el brazo con fuerza porque de repente empezaba a hacer mucho frío, incluso la música parecía haber bajado de volumen.

—Mi hijo, Kevin—dijo la mujer—. Tiene 16 años.

—Color de ojos apagado, piel pálida, poco apetito, cansancio, apatía, como si le hubieran desaparecido las ganas de vivir —dijo Burst—. ¿Correcto?

Marta quedó sorprendida ante la precisión de su descripción, incluso había utilizado sus mismas palabras para definir su falta de actividad. Apenas tocaba los platos, se pasaba horas sentado mirando al infinito y siempre parecía cansado. Pero lo más raro de todo era que el color de sus ojos, su pelo y su piel parecía haberse apagado, como si hubieran perdido intensidad.

—Exactamente —dijo la señora, asintiendo—. Está así desde hace dos o tres semanas, se niega a ir al médico y creo que está haciendo campana en el instituto. Creo que todo empezó porque hace un mes acepté un nuevo trabajo en el centro y paso poco tiempo por casa, así que Kevin...

—Y, dígame —la interrumpió Burst, mirando hacia el infinito, como evaluando posibilidades—, ¿ha traído últimamente su hijo alguna novia nueva o alguna amiga que usted no conociera?

Marta pensó unos segundos la respuesta, evaluando la actividad de su hijo durante los últimos meses.

—Tiene novia desde hace medio año —dijo la mujer pensativa—, a mi la muchacha no me gusta demasiado, pero siempre se ha preocupado por él y ahora que ha enfermado no se separa de su lado.

Burst caviló durante unos segundos, sopesando las posibilidades y soluciones.

—¿A que instituto va su hijo? —preguntó finalmente.

—A la academia Adán—dijo la señora automáticamente.

El chico hizo un gesto aprobatorio con la cara, como admirando la elección.

—Una escuela de pago y además religiosa —dijo jocoso—, las favoritas.

Marta lo miró sin acabar de comprender y se frotó el brazo con más fuerza todavía, estaba esperando que le preguntara otra cosa cuando Burst se levantó de un salto de la butaca.

—Asegúrese de que su hijo va mañana al instituto, si es necesario, oblíguele. Yo me encargaré del resto.

Burst dedicó una sonrisa perversa y se dirigió hacia la multitud, dispuesto a marcharse.

—¡Espere!—le espetó Marta—. Tengo una foto del chico.

La mujer abrió el bolso y se puso a rebuscar en él, hasta que encontró una foto de carnet donde salía su hijo. Pero cuando se levantó para entregársela a Burst, este había desaparecido.

La noche murió, dejando paso al nuevo día cargado de luz para unos y de un atroz dolor de cabeza para otros. La señora Gracia se levantó a las siete y media, cuando su radio-despertador entonó la programación matutina de algún programa de radio local. Miró el suelo de la habitación, cansada, y vio la ropa que había utilizado el día anterior esparcida por el suelo. Había llegado muy tarde a casa y se encontraba débil y con sueño. Se levantó de la cama no sin antes bostezar y estirarse un par de veces, apagó la radio de forma mecánica y se dirigió al lavabo para sumergir su cara en el agua más helada que pudiera ofrecerle el grifo.

Cuando estuvo lista y hubo recogido la habitación, se dirigió hacia la habitación de su hijo, llamó y entró en la sala. Lo encontró demacrado, lánguido, sentado en el borde de la cama vestido de cualquier manera con la ropa del día anterior, con la mirada apagada, perdida en el vacío.

—Kevin —dijo Marta casi en un susurro—, prepárate que nos tenemos que ir.

El chico giró la cabeza lentamente y la miró con los ojos apagados; abrió la boca, como si quisiera decir algo, pero su voz no quería salir de su interior.

—Venga, va —resolvió ella.

Su madre le ayudó a prepararse, lo llevó al baño, le peinó el pelo, que se le caía un montón desde que estaba así y le lavó la cara. Después del contacto con el agua fría, el chico pareció recuperar un poco la vitalidad y él solo fue capaz de continuar la tarea mientras su madre preparaba el desayuno.

Marca comió con ganas, la noche anterior había sido agotadora y se había levantado con hambre. Su hijo, en cambio, apenas tocó las tostadas. Cuando hubieron terminado, aunque por el aspecto del plato de Kevin se podría pensar que no había ni empezado, salieron de casa y se dirigieron al coche familiar, un todoterreno verde oscuro de enormes ruedas. El camino hacia el instituto fue silencioso e incómodo, tanto que Marta tuvo que poner la radio donde dos hombres discutían sobre los peajes de las autopistas.

Llegaron a la academia diez minutos antes de que abrieran las aulas, el lugar era un recinto con una enorme verja de hierro forjado, que rodeaba unos grandes patios con una pista de fútbol-básquet y una zona de hierba con algunos árboles sueltos. El edificio de la academia se alzaba en el centro, era una gran estructura de varios pisos con grandes ventanales coronado por una gran cruz cristiana.

El todoterreno se detuvo ante la puerta principal y el chico descendió del auto, con parsimonia, y se dirigió hacia el interior sin despedirse. Su madre cerró la puerta y le miró marchar desde la ventanilla, con paso lento y arrastrando los pies. Marta agarró el crucifijo que llevaba al cuello y lo apretó entre sus dedos, ella nunca había sido muy creyente, pero la devoción que su marido llevó en vida arrastró al resto de la familia a un culto moderado; con el tiempo habían dejado de ir a misa y ya no bendecían la mesa ni nada similar, tan solo la academia de corte religioso era lo único que quedaba de la vieja fe. ¿Sería todo aquello un castigo divino? Marta soltó el crucifijo, atorada,
encendió el motor y se dirigió hacia la oficina donde trabajaba.

El aturdido paso de Kevin le llevó de forma casi automática ante la puerta de la escuela, donde se apoyó, exhausto.

—¡Hola!

Una chica de largos tirabuzones castaños, hasta la cintura, vestida con una falda negra y una camisa con corbata se tiró al cuello de Kevin y le abrazó. El chico, que casi se cae por el impacto, saludó lacónico y volvió a sumirse en la profundidad del vacío.

—¿Aún sigues pachucho? —dijo poniéndose de morros y mirándolo con sus ojos verdes—. Vamos, esta tarde, después de clase, iremos a dar una vuelta por el centro, ¡así te aireas!

Kevin asintió, mientras su mirada seguía debatiéndose en algún punto entre la pared y el infinito.

—Y después —dijo en voz más baja—, podemos ir a mi casa... mis padres no están...

La chica sonrió, se despidió, le dio un beso en la mejilla a su novio y se alejó hacia donde se encontraban sus amigas, dejando al chico quieto en la esquina.

Las clases volaron, Kevin se limitó a estar en ellas, con la mirada perdida y la cabeza apoyada en la mano, se movió tan poco que su compañero de pupitre temió que hubiera muerto un par de veces. Finalmente llegó la tarde y el torbellino de rizos castaños irrumpió en la clase.

Sonia, que era como se llamaba la chica, era una alegre muchacha de un curso inferior al de Kevin. Era todo un torrente de energía y siempre le ponía ganas a todo lo que hacía. Casi toda la escuela la conocía, ya fuera por sus enérgicas irrupciones o por su esbelto cuerpo de chica adolescente. Así que cuando entró en el aula casi todos la saludaron, ya fuera por orden de sus hormonas adolescentes o por otro motivo. La chica se acercó a Kevin, que antaño había sido un chico guapo y popular y se sentó a su lado, rodeándolo con el brazo sobre el hombro.

Kevin había cambiado mucho, desde hacía unas semanas había quedado convertido en el cascarón vacío de lo que fue antaño, aunque Sonia no parecía sentirse afectada y restaba importancia al asunto cuando le preguntaban; "habrá pillado un resfriado" decía a veces, "está algo pachucho últimamente, pero está bien" decía otras. Pero, por lo general, parecía no haberse sentido afectada en absoluto, cosa que había hecho sospechar a muchos y hablar a otros tantos.

Sonia consiguió que su novio se levantara tras varios minutos insistiendo, le cogió de la mano y se lo llevó de paseo. Pasaron caminando al lado de sus compañeros y se despidieron sonrientes para coger el bus hacia el centro de la ciudad.

Uno de los compañeros de clase de Kevin, un chico obeso con gafas, salió de la escuela camino a su casa devorando un snack de chocolate con avidez. Cruzó la calle de la escuela por el paso de cebra casi sin mirar, y se adentró de forma casi automática en el callejón que le llevaría a casa por el camino más rápido.

—Tú —dijo la voz de Burst al salir al paso del chico desde detrás de un contenedor—. Quieto.

El chico se había afeitado la barba y había intentado peinarse sin mucho éxito, además lucía unas ojeras y unos ojos rojizos que reflejaban cierto insomnio.

—¿Que sabes de la novia de Kevin? Habla.

El chaval alzó la vista asustado, con sus ojos marrones temblorosos y con la vista fija en el chico que le cortaba el paso.

—¿Quien eres? —preguntó asustado el compañero de Kevin.

—Mi nombre es Burst —dijo adelantándose un paso, amenazante—. Cuéntame todo lo que sepas de la novia de Kevin. Ahora.

—Está bien, está bien... —dijo el chaval tragando saliva—. Pero no me hagas daño...

—Te escucho.

—Se llama Sonia y va a un curso inferior —empezó el chaval, algo impedido por el miedo—. Su familia vive en las afueras, es una chica alegre y muy simpática...

—¿Desde cuando la conoces? ¿Cuántos novios ha tenido antes?

El chaval alzó la vista y miró extrañado, apenas sabía nada de ella.

—Yo que se... Hará uno o dos años que está en el instituto... y tuvo un novio antes en la escuela, Richy, vive cerca del centro comercial...

—¿A él se le notó tan apagado como se ve ahora a Kevin?

Aquella pregunta era si cabe más extraña, la situación empezaba a volverse insoportable y el chaval empezaba a sentir nauseas y a marearse.

—No... Yo que se... Es el típico tío que siempre saca buena nota en gimnasia... yo...

—Es suficiente —dijo Burst alzando una mano desnuda—. Buenas noches.

Al chaval lo encontraron unos minutos más tarde unos compañeros de clase, desmayado en el suelo del callejón con el snack de chocolate aún en la mano. Al despertarse dijo que no recordaba nada, que simplemente se había desmayado al salir de la escuela. Tal vez un golpe de calor.

Aquella misma tarde, Richy se encontraba sentado en un banco de una plaza cerca de su casa, vestía un chándal de color verde desgastado y el pelo peinado de punta con las puntas descoloridas, lucía también un aro de oro en una oreja y un par de anillos en los dedos del mismo material. Estaba rodeado de cinco o seis chicos más, de aspecto similar, que comían pipas mientras hablaban a voces cerca de unos niños que jugaban a la pelota.

Burst emergió de un callejón cercano y se acercó, con paso decidido, hacia los chicos que jugaban a pelota, junto a los que se arrodilló.

—Ey, chaval —le dijo a uno de los niños que se lo quedó mirando sorprendido ¿Conoces a un tal Richy?

El chico no dijo palabra, simplemente alzó una mano y señaló al grupo de adolescentes ruidosos sin pudor. Burst le agradeció el gesto y se incorporó para dirigirse hacia ellos, sacó una pitillera plateada de la gabardina, extrajo un cigarro de ella y lo encendió con una cerilla mientras llegaba al lugar.

—¿Quién de vosotros es Richy? —dijo apagando la cerilla y tirándola a un lado.

Los chicos se callaron cuando le vieron llegar y le observaron detenidamente. Burst sabía lo que estaban pensando: eran más, él no era demasiado corpulento y además vestía de negro, cosa que su primitivo cerebro entendería como una amenaza.

—¿Quien lo pregunta, gabardina? —preguntó Richy con un tono gallito.

—Me llamo Burst —dijo el chico dando una larga calada al pitillo—. Y tus amigos sobran.

Los compañeros se exaltaron ante aquel gesto y se levantaron. Poniéndose a un palmo de su cara, en gesto amenazante, pero Burst mantenía su mirada fija en Richy, como si lo escrutara. Con un movimiento lento de la mano, volvió a sacar el cigarrillo de su boca y a expeler una bocanada de humo, que se disolvió en el aire.

—Quiero hacerte unas preguntas sobre tu ex novia Sonia.

Richy se levantó y lo miró extrañado.

—¿Y a ti que coño te importa esa zorra?

—Aquí las preguntas las hago yo —dijo Burst sin dejar de escrutarle ni un segundo—. Y dile a los espantapájaros estos que se larguen si no quieren salir heridos.

Los chavales se miraron entre ellos y se pusieron a reír, un par de ellos la chocaron y uno lo imitó jocoso. Burst no pareció sentirse afectado por la mofa y sólo miraba a Richy, que no reía y las piernas estaban empezando a temblarle. Uno de los compañeros de Richy, sintiéndose envalentonado por el jolgorio, decidió llamar la atención de Burst y le quitó el cigarro de la boca para darle una larga calada.

—No están mal los pitillos estos —dijo mofandose mientras le daba otra larga calada.
Burst miró de reojo al chaval y este empezó a reírse.

—Eso —dijo Burst alzando una mano lo justo para señalar al chico—, eso sí que ha sido un error.

Antes de que nadie se moviera, Burst hizo un rápido movimiento y le asestó una patada en el pecho al chico, haciendo que se arrastrara y cayera rodando por el suelo. Todos quedaron sorprendidos ante semejante demostración y admiraron, consternados, los dos metros que había recorrido su compañero tras el golpe. Cuando algunos de ellos volvieron a mirar a Burst, este volvía a tener su cigarro en la mano y le daba vueltas entre los dedos, como si no le importara que estubiera encendido.

—Insisto.

Los compañeros de Richy retrocedieron unos pasos atemorizados, con la mirada fija en el recién llegado y su pitillo, que cada vez daba vueltas más rápidas en su mano. Uno de ellos, hermano del agredido, decidió, en un acto de valor o estupidez extrema, sacar una navaja que llevaba en el bolsillo.

—Tú, cabrón —dijo con un pronunciado accento—. ¿Que le has hecho a mi hermano?

Burst no lo miró, simplemente movió el brazo donde jugaba con el cigarro y lo lanzó contra él. El pitillo surcó el aire dando vueltas y desprendiendo chispas y justo cuando estuvo encima del chico, estalló en llamas.

La deflagración, todo y haber sido pequeña y bastante silenciosa, asustó a todos los presentes, haciendo que se dispusieran a huir. Incluso el chico de la navaja la dejó caer para sacudirse las ascuas que le habían caído por la cazadora y que le habían dejado quemaduras y agujeros; antes de recoger a su hermano y salir corriendo de allí.

Burst dedicó media sonrisa a Richy mientras sacaba otro pitillo de la pitillera y lo encendía.

—Y ahora que estamos solos, dime —dijo Burst dandole una calada al cigarro—, ¿cuando salías con Sonia te sentías agotado, débil y sin ganas de comer o dormir?

Richy se lo quedó mirando sorprendido y negó con la cabeza lentamente, sopesando debidamente la pregunta.

—Bien—dijo Burst mirándolo fijamente—, ¿te acostaste con ella?

Richy volvió a sorprenderse ante la pregunta y su rostro empalideció.

—Tío —dijo el chiquillo, que había perdido todo su valor—, si eres su hermano o algo así te juro que no hice nada malo con ella, te lo juro por lo que más quieras.

—Cuéntame la verdad.

—Yo... no tío —dijo con la voz temblorosa—. Lo intenté, vale, pero te juro que no se dejó. No me hagas daño, por favor.

Burst miró hacia su alrededor, intranquilo. Aquella chica parecía tener un pasado normal y corriente, tal vez era muy lista... o tal vez...

—Suplantada... —dijo Burst para sus adentros.

Aprovechando el momento de ensimismamiento, Richy se cargó del valor justo para huir del lugar y correr a refugiarse bien lejos de allí.

Sonia y Kevin llegaron ante la casa de esta tras el paseo por el centro. La chica, alegre como siempre, agarró al chico de la cabeza y le besó en los labios. Kevin ni se movió, permaneció completamente quieto y frío, ajeno a la situación. Sonia le sonrió y le acarició el cuello, mientras le susurraba algo al oído; acto seguido extrajo las llaves de la mochila en un gesto triunfal y abrió la puerta.

Los adolescentes entraron en su interior y Sonia se colgó del cuello de su amado, retozona, lo acercó hacia el sofá y lo tiró en él. Para sentarse encima suyo y empezar a besarle el cuello.

Kevin no se movió lo más mínimo, simplemente se quedó allí quieto, extasiado y exhausto. Su mente estaba en blanco y su cuerpo apenas notaba el tacto de los labios de Sonia.

La chica bajó por el cuello y empezó a desabrochar los botones de la camisa del chico justo cuando el crujir de una madera la asustó. Sonia se giró asustada, justo tras ella había un hombre vestido con una gabardina negra y que la apuntaba con una pistola.

—Apartate de él, monstruo —dijo Burst con un extraño brillo de odio en la mirada.

Sonia se asustó y dejó escapar un gritito de terror.

—¡He dicho que te apartes de él! —gritó Burst acercando el cañón del arma.

La chica volvió a gritar, esta vez más agudo y fuerte, y se apartó de su novio, con tan mala suerte que se tropezó con los nervios y cayó al suelo, donde se giró rápidamente y se apartó utilizando las manos, temblorosa.

Burst se acercó a ella haciendo crujir la madera bajo el sonido de sus botas y le acercó la pistola a un palmo de la cara. La chica volvió a gritar y se cubrió la cara con las manos mientras se acurrucaba contra la pared.

—¿Tienes miedo de verdad? —preguntó Burst sorprendido.

El chico la agarró del brazo y la alzó del suelo con fuerza, después la agarró por la nuca y la acercó la cara a él. Ella se resistió e intentó alejarse, pero Burst tenía mucha más fuerza que ella. El chico la escrutó detenidamente, le giró la cara hacia un lado y luego hacia el otro observándola, finalmente la soltó y guardó la pistola.

—No eres uno de ellos —dijo Burst—. Es sorprendente.

Sonia corrió a abrazar a Kevin y se aferró fuertemente a él.

—Me temo que tengo malas noticias, chica —dijo Burst—. Tu novio te pone los cuernos.

Sonia se sorprendió y miró fijamente a Kevin, sin acabar de entender.

—¿Qué? —preguntó Sonia a Burst, con un hilo de voz.

—¿Es que estás sorda? Que tu novio te la pega con otra —espetó Burst desganado mientras se encendia un pitillo—. Y no es humana, ¿Es que no ves lo hecho polvo que está? Si parece un muerto en vida.

—Yo... —dijo Sonia apartándose de su novio—, creía que estaba enfadado conmigo...

—Sonia se sorprendió cuando trminó de analizar la frase anterior—. ¿A que te refieres con que no es humana?

Burst suspiró mientras el humo salía de su boca, se acercó a una silla y se sentó.

—¿Eres un poco parada, verdad, niña? Es una hija de Lilith —dijo Burst pasandose la mano por la frente—. Una súcubo.

Sonia se quedó boquiabierta y se sentó en el sofá, al lado de Kevin, sin saber que decir.

—¿Cómo... Cómo puedes estar tan seguro?

—Las huelo —dijo Burst señalándose la nariz—, y ellas me huelen a mi. Ahora que me he revelado ante Kevin ella huirá, tu novio se salvará, pero... Irá a por otra víctima.

Sonia bajó la vista y miró al suelo.

—¿Tienes idea de quien puede ser?—dijo Burst—. ¿Con quién puede haberte engañado?

—No lo se —dijo la chica—, es un chico popular... pero... él... él no me haría eso... tuvo que engañarle...

Burst volvió a suspirar.

—Una súcubo no pueden obligarle, tiene que hacerlo voluntariamente —dijo Burst.

Sonia se llevó las manos a la cara de nuevo y se sumió en un llanto sordo.

Burst se levantó de nuevo y se paseó por la casa, miró los cuadros de las paredes, los recuerdos en las mesitas y los tapetes sobre el sofá. Paseó durante unos minutos, expeliendo bocanadas de humo, hasta que finalmente se detuvo ante una imagen. Era una foto antigua, un hombre, que Burst reconoció como el padre de Sonia por las otras fotos de la casa, abrazaba a una mujer que sostenía un bebé, que Burst supuso que sería Sonia.


—Niña —dijo Burst señalando el cuadro—, ¿quién es esta mujer?

Sonia alzó la vista para mirar, con los ojos anegados en lágrimas, la foto que señalaba el hombre.

—Es mi madre —dijo Sonia—, murió cuando yo tenía cuatro años.

Burst se volvió a girar y frunció el ceño. Caminó unos pasos por la habitación y señaló el cuadro que presidía la sala, una enorme fotografía con un marco de plata colgado sobre la televisión, en ella aparecían el padre de Sonia y una mujer algo más joven y muy guapa, de pelo color caoba y brillantes ojos verdes.

—Entonces, ¿quien es esta? —preguntó Burst extrañado.

—Es su nueva novia —dijo Sonia con asco, no le tenía ningún aprecio a la mujer—. Llevan dos años juntos. Esa foto se la hicieron hace un mes.

—No, diablos —dijo Burst cansado—. Ésta mujer.

Sonia dejó de sollozar quedamente y asomó los ojos entre los dedos, Burst señalaba una mujer vestida de blanco que se encontraba tras la pareja. La foto había sido hecha en un parque, al fondo se veía un lago brillante donde navegaban barcas cargadas con enamorados y donde los patos flotaban pacíficamente; un poco a la izquierda de los protagonistas un hombre en un quiosco vendía helados, revistas y botellas de agua a un grupo de paseantes y a la derecha, de pie sobre el camino, vestida con un vestido blanco y una pamela, una mujer miraba a la pareja con gesto melancólico.

Sonia se acercó lentamente a la foto, nunca se había fijado demasiado en ella, pero no recordaba esa figura blanca, de pie cerca del lago, sus ojos eran marrones y su mirada triste, el cabello rizado le caía sobre los hombros era de un color castaño idéntico al de Sonia. Un escalofrío sacudió elcuerpo de la chica y esta se estremeció mientras se alejaba del cuadro.

—No... —dijo con voz temblorosa y cargada de angustia—. No puede...

—¿La novia de tu padre suele quedarse a solas alguna vez con Kevin? —preguntó Burst azotado por una súbita prisa—. Vamos, piensa, niña.

Burst la zarandeó por los hombros y la humareda del cigarro le dio en los ojos llorosos y el tufo a tabaco le impregnó la nariz y la boca.

—¡Sí! —gritó de repente, como si hubiera encajado la última pieza de un gran puzzle—.
Últimamente es ella la que lo va a buscar a los entrenamientos de básquet.

—¿Desde hace cuanto? —preguntó Burst intranquilo.

—Desde... —pensó la chica—. ¡Desde hace un mes! Desde que la señora Gracia tiene el nuevo trabajo en el centro y ella no puede irle a buscar. ¡La novia de mi padre se ofreció voluntaria para irle a buscar tras los entrenamientos y a ella le pareció bien!

—Encaja jodidamente bien, mierda —blasfemó Burst—. ¿Y ahora donde está?

—Se ha ido con mi padre a un hotel—dijo Sonia—. Han ido a celebrar sus dos años de novios.

Burst abrió los ojos tanto como pudo y agarró a Sonia del brazo.

—¡¿Cumplen los dos años hoy?!—le gritó nervioso—. ¿Dos años?

—No —dijo Sonia intentando soltarse del brazo—, es mañana. Suélteme que me hace daño.

Burst la soltó y se giró para mirar el reloj de la pared, las once y cuarto.

—¡Mierda!—maldijo Burst—. ¡Sólo quedan cuarenta y cinco minutos!

—¿Qué?—dijo sonia frotándose el brazo.

—¡Vamos, no hay tiempo que perder! —dijo exaltado—. Llévame a ese hotel.

Carlos, el padre de Sonia yacía en la cama, vestía unos pantalones de lino holgado y no llevaba camisa. La habitación estaba en semipenumbra, iluminada únicamente por el brillo rutilante de unas velas, dispuestas alrededor de la cama en una forma compleja de pentáculo que a Carlos no le importaba. La habitación daba al balcón de un octavo piso desde donde se divisaba toda la ciudad como un mar de estrellas, en el mismo balcón reposaba una mesa y dos taburetes donde ya dormían los restos de la cena romántica con cava y velas.

Al fondo de la habitación una mini cadena cantaba unchained melody mientras Angie, la novia de Carlos, se acercaba hacia él vestida únicamente con un traje de noche. Al verla, el hombre se incorporó para besarla, pero esta lo empujó y lo tendió de nuevo sobre la cama.

—Aun quedan unos minutos para las doce —dijo ella, juguetona—. He esperado dos años para esto, vamos a hacerlo bien.

De repente, el ruido de cristales rotos y un grito sobresaltó a la pareja. Burst atravesó el cristal del balcón con Sonia bajo el brazo justo cuando Angie se giraba, ¿cómo diablos había entrado por la ventana de un octavo piso?

El invitado sorpresa dejó caer a Sonia en el suelo, rezando para que no se clavara los cristales, y apuntó su enorme arma hacia Angie, que no se inmutó. La pistola rugió y tres balas de gran calibre golpearon el cuerpo de la mujer, dos en el pecho y una en la cara, cerca del ojo. Angie cayó de la cama y quedó tendida de espaldas en el suelo mientras Sonia gritaba.

—¡No! —gritó Carlos aferrándose a la pistola e intentando quitársela a Burst de las manos.

Ambos forcejearon, pero finalmente Burst se impuso y lanzó al hombre contra la cama de nuevo.

—Me has... —dijo una voz rasgada—. ¡Me has roto el camisón!

Angie, con la cara y el pecho destrozados, saltó desde detrás de la cama y de un golpe desarmó a Burst. El chico intentó defenderse, pero un segundo golpe lo lanzó contra el suelo, cerca de unas velas, aturdido.

—Mira lo que me has hecho, cerdo —dijo Angie mirando su rostro destrozado en el espejo del fondo—. Ahora tendré que arreglarlo.

La piel de Angie cayó al suelo y se convirtió en humo negro, bajo ella apareció otra mujer, con la cara de proporciones suaves, colmillos prominentes, ojos de brillante color morado y dos enormes alas de murciélago en la espalda.

Sonia gritó de nuevo y corrió a abrazar a su padre, que permanecía catatónico en la cama.

—Ahora te mataré —dijo la demonio—. Llevo dos años imbuyendo mi poder en este humano y pronto saldrá de él mi progenie y tú no me lo vas a impedir, cazador.

La súcubo chasqueó los dedos y la pistola voló hacia su mano.

—Pues yo no estaría tan seguro —dijo Burst.

El hombre agarró las velas que tenía justo delante y las separó en dos grupos, convirtiendo la estrella de cinco puntas en una de seis. Acto seguido golpeó con las palmas el suelo de la sala y este brilló en una forma hexagonal. La Súcubo gritó de dolor mientras soltaba la pistola y Burst se levantaba y unía las manos frente a ella.

—Por el poder de nuestro pacto —dijo con las manos juntas—, ¡exijo a Reiwip, la Segadora!

Una intensa luz azul surgió de las manos de Burst y una hoja brillante apareció de la nada. El chico dio un paso hacia delante y hundió la hoja en las entrañas de la demonio que gritó y maldijo mientras los haces de luz azul inundaban la sala. Burst avanzó unos pasos más y estrelló el cuerpo de la demonio contra la pared, donde la dejó clavada. Angie se resistió y golpeó al cazador con una fuerza descomunal, dislocándole el hombro y lanzándolo al suelo. Después y aunque pareció quemarle las manos, la súcubo se aferró a la empuñadura de Reiwip e intentó desclavársela del estómago.

Burst se incorporó con el brazo sano y miró a la demonio luchar contra los haces de luz azul, que se aferraban a ella como cuchillos y la cortaban.

—¡Burst! —gritó Sonia.
El chico se giró a tiempo para atrapar su pistola en el aire y apuntar con ella a la súcubo, que rió.

—¡Un arma vulgar como esa no puede dañarme, estúpido! —dijo casi a punto de desclavarse la Segadora del estómago.

—He cruzado los mares de Hades y Gehena para destruiros, he jurado a la luz y he reclamado su nombre —gritó Burst para hacerse oír—. ¡Exigo a Reivlist, la Portadora!

Los ojos de Angie se abrieron de par en par al ver como la pistola de Burst emitía un destello azulado. La Segadora reaccionó a su hermana y empezó a brillar con más intensidad, cosa que provocó más dolor en Angie y la hizo gritar. Los haces de luz saltaron de la Segadora y fueron a parar a la Portadora, que brilló con más intensidad.

—¡Saluda a tu padre de mi parte, zorra!

Burst apretó el gatillo y un fogonazo azul inundó la habitación, la pared donde Angie estaba clavada voló en pedazos y esta se desintegró en un grito desgarrador que se perdió en la noche. Cuando el brillo azul hubo pasado, en la pared solo quedaba un agujero circular y no quedaba rastro de Burst ni de Angie.

Carlos y su hija volvieron a casa con Kevin mientras Sonia se decidía que cortaría con él, aunque primero esperaría a que se recuperara de ese estado que tanto se merecía por haberla engañado. La chica, feliz de estar en casa de nuevo, se dirigió a mirar el cuadro de su padre y Angie en busca del retrato de su madre, pero detrás de ellos, en la orilla del lago no había nadie, sólo una pamela blanca sin dueño tendida en el suelo. Soniparpadeó perpleja unos segundos y, finalmente, sonrió.