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Angélica y el príncipe: El origen de Erhlann

Nuestro Atlante favorito lleva varios años creando un mundo propio de fantasía medieval al que ha llamado Erhlann. Durante los próximos días os vamos a ir presentando este mundo mediante un gran relato que narra el origen de Erhlann desde el punto de vista de varios personajes.

Esperamos que os guste



ANGÉLICA Y EL PRÍNCIPE

« Sabed, pues, ¡Oh, Príncipe!, que en mis viajes visité no una, sino muchas veces la Gran Biblioteca, la Biblioteca Eterna que se encuentra en el centro de todo cuanto es, y en ella llegué a conocer incontables historias que fueron y no fueron, los sueños imposibles de tiranos y poetas, los libros que nunca llegaron a ser, los relatos del pasado, del presente, del futuro... »

— Háblame del Origen — interrumpió la joven voz del Príncipe.

—Ya os he relatado el Origen cientos de veces, mi Señor. No ha cambiado desde la última vez que lo hice... Sin embargo, será como gustéis. El Origen ...

«Sabed, pues, ¡Oh, Príncipe!, que hubo un tiempo anterior al nuestro, sin medida y sin espacio, y que sólo existía el Poder sin Forma, la energía cuyo reflejo arde en B’Erhtod, el Ojo Vigilante de Erh, nuestro astro solar, la energía que hoy alimenta los conjuros de nuestros hechiceros, el Poder que solo existía, sin Bien ni Mal: crudo, sin apellidos ni condiciones, y el Poder era Erh.
Sin embargo, el Poder era acción y movimiento, no contemplación y reflexión. Erh tenía la imperiosa necesidad de hacer, de ser, de no parar en ningún momento, pues eso significaría el comienzo de su fin, su disolución...»

—¿ Su muerte?— preguntó, alarmado, el joven Príncipe— ¿Puede Erh morir?

—No en el sentido en que lo haremos vos y yo, mi Príncipe, pero, sí, aceptamos los eruditos que todo puede morir, o dejar de ser lo que es para transformarse en algo distinto, sin relación alguna con lo que era antes, aunque esté conformado por los mismos elementos... es algo quizá demasiado complejo para vos, mi Príncipe.

—No, en absoluto — respondió éste, un tanto ofendido. — Continuad.

—Como deseéis — inspiró profundamente, entornó los ojos, y los abrió de nuevo, clavándolos en los del Príncipe, que sospechó un velado reproche.

«Sabed, pues, ¡Oh, Príncipe!, que existía el Poder, y que el Poder no permaneció lejano y distante, maravillado en sí mismo, en su energía y capacidad, sino que decidió crear, crear más cosas además de sí mismo: el Poder de Erh fue Luz, y fue Sonido, y fue Color, y fue Voz; durante un tiempo que no existía, aquello bastó a Erh, pero carecía de permanencia; entonces Erh aprendió a diferenciar entre crear y construir, la virtud de la permanencia; así nació la materia con la que Erh construyo la Realidad que nosotros conocemos.
Erh quedó realmente impresionado con la virtud de la Permanencia, y con la Materia construyó y le satisfizo su obra, hasta que descubrió que también le satisfacían sus creaciones no permanentes, aunque de un modo distinto; de este modo concluyó que si fuese capaz de crear o construir algo que pudiese satisfacerle en los dos modos, sería mucho mejor. A partir de aquel momento, el afán creador de Erh conoció la superación, el ansia de mayor satisfacción, el deseo de mejorar su obra. Erh creó materia y luego la llenó de energía: primero fue la materia sin forma ni orden preconcebidos, fueron los cuerpos celestes y otras muchas maravillas que no conocemos...»

—Y también los Artefactos de Poder— añadió el Príncipe, entusiasmado.

—Todavía no, mi Príncipe. Aún falta para eso. Si pudiese continuar...

—¡Me gusta tanto esa parte de la historia! Las espadas, El Cuerno...

—Lo sé, mi Príncipe; pero, permitidme que continúe, o nunca alcanzaremos esa parte... o podemos dejarlo, si lo preferís.

—¡No! Continuad, por favor.

«Sabed, pues, ¡Oh, Príncipe!, que Erh creo los materiales del Poder, como la Plata de los Elfos o el Polvo de Hadas, que son codiciados y atesorados por reyes y hechiceros, la primera materia con Poder; de estos materiales míticos se crearían luego las gemas y metales virtuosos, y también los Artefactos de los Dioses. No tardó Erh en percatarse de que había algo que no estaba bien, pues él no era sino Energía, puro Poder, y quiso también ser Materia. Aquel día antes de que existieran los días dejó de contarse la historia de Erh, pues vino a la existencia, del Poder de Erh, Erhdom, que estaba habitado por el espíritu creador de, digámoslo así, su padre Erh, y continuó creando, dando forma a la energía en materia y construyendo con materia y con energía, mientras el espíritu de su padre también tomaba y daba forma, la forma de Merggin, el que ve y cuenta: Merggin se ocupaba en crear Luz, Color, Voz y Sonido, como había hecho Erh en un principio; Merggin veía todo lo Originado y lo iluminaba, convirtiéndolo en historias de muchas formas; tal como estaba en su naturaleza, creó la corriente del tiempo, para poder hablar de ayer, de hoy y de mañana; Erhdom y Merggin eran la misma sustancia, pero en distintas proporciones y formas...».

—Como un puñado de trigo y un panecillo.

—Así es, mi Príncipe, como un puñado de trigo y un panecillo.

—Pero — se dibujó en el rostro del Príncipe un gesto sobresaltado. —¿No es pecado comparar a los dioses con algo tan vulgar como el trigo y el pan?

—Decidme, mi Príncipe, ¿son, acaso, traidores aquellos que dicen que vuestro padre, mi Señor y Emperador, es un pedazo de pan? No busquéis el Mal en todas partes, porque el Mal acabará encontrandoos a vos, mi Príncipe, antes o después.

—Entonces, el Mal es culpa de Merggin— dictaminó, no muy convencido, esperando la confirmación de su tutor.

—¿Por qué se os ha ocurrido eso, mi Señor?

—Porque Merggin creó el Tiempo, antes de eso no había “más tarde o más temprano” para que nos alcanzase el Mal.

—No, no es así... el Mal es algo muy distinto, y el Mal no existió... es decir, no hubo Mal en el Origen, o, al menos, no un Mal que fuera creado o construido por voluntad de los dioses, como podré referiros si me permitís continuar.

El Príncipe asintió, con una sonrisa impaciente.

«Sabed, pues, ¡Oh, Príncipe!, que Erhdom trajo a la existencia muchos seres maravillosos, paisajes apenas imaginables, e incluso objetos de sin par belleza, y que Merggin sometía a un singular juego, sumergiendo algunas de sus creaciones en la corriente del tiempo. Algunas perduraban, otras perecían, unas terceras, las más parecidas a los dioses, crecían y se hacían más bellas y mejores, para después languidecer. En el momento más esplendoroso de su ser, como el propio Erh, se multiplicaban de diversas maneras, y tanto Erhdom como Merggin se sintieron orgullosos de lo que habían creado, de su capacidad de cambio y crecimiento; no obstante, su alegría pronto —para ellos, que no para nosotros — se desvaneció: los seres que eran materia y poder crecían y se multiplicaban hasta ocupar todo el espacio y el tiempo, luchando entre ellos por la supremacía, llevándose el fin, la muerte unos a otros. Sólo sobrevivieron los más grandes y poderosos de aquellos seres, los que más se parecían a los dioses, escondidos en lugares sombríos e insospechados, procurando quedar ignorados unos de otros, mascullando sonidos informes y blasfemos. Muchos de estos seres todavía existen, y aunque son hermosos a los ojos de los dioses, no lo son para nosotros. La más somera elucubración de su ser provoca pesadillas a las mentes más disciplinadas y fuertes, incontrolables nauseas a las más recias constituciones; la mera visión de sus ignominiosas formas puede conducir a la locura más honda al más poderoso de los mortales, e incluso a alguno de los Inmortales. Los eruditos les llaman los Primeros Nacidos o Primigenios; entre ellos se encuentra el Primer Dragón, Señor y Padre de toda su raza, el azote que yace en el fondo del océano conocido como la Tarrasca, y otros horrores cuyo nombre es más conveniente ni siquiera recordar, y que no debo relataros por el bien de vuestro sueño.

—Como los Demonios Rojos y Azules, las Nieblas Sangrientas, los vampiros y los licántropos... los monstruos de los cuentos y los Bestiarios.

—Os equivocáis de nuevo, mi Señor. Esos seres que decís son muy posteriores, aunque horribles, sin duda. Aquellos, los Primeros, son demasiado distintos. Se dice que Merggin inventó la palabra “distinto”, para ellos. En la lengua antigua, la palabra “alio” nombra a estos seres, y el concepto de “otro, distinto”: todos ellos eran distintos entre sí... más materia, menos materia, más energía, menos energía, más organización, menos organización ...

—Pero son monstruos inconcebibles... ¿Cómo pudieron los dioses hacer algo tan horrible?

—¿Habéis reparado en los dibujos de vuestra hermana, la pequeña Princesa? Son informes, apenas remotamente parecidos a las personas y a los objetos reales que quiere copiar; a veces, vos mismo la habéis oído, inventa cosas. Pensad en los dioses ahora: no tenían de dónde copiar, como vuestra hermana, sino que debían crear, inventarlo todo. Forzosamente, algunas, puede que la mayoría de aquellas formas se nos antojasen, como mínimo, abominables.

—¿Qué pasó entonces?

—¡Ah! Pero... ¿queréis realmente conocer qué pasó? Por un momento, pensé que preferiríais seguir especulando sobre la naturaleza de los Primigenios; a este respecto, recordadme que os hable algún día de uno de los discípulos del gran Neftangus, un insigne sabio llamado Biensabidus; pero, por ahora, proseguiré.


Continuará...