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El amanecer de Thalas - II concurso de relatos

Aquí tenéis el último de los seis relatos que se presentaron al II concurso de relatos de Sant Jordi de Kritik. Este último relato está escrito por Urbin.

El amanecer de Thalas


Aquella mañana había refrescado, muchas familias habían optado por aumentar la cantidad de ropaje con el que vestirse y, de paso, aprovisionarse de madera para el duro invierno en las inhóspitas regiones de Hatta. Por supuesto, los soldados barovianos no fueron menos, utilizaron armaduras acolchadas como forro de sus uniformes negros antes de encajarse sus petos de cuero tachonado y su apretado casco.

El día se presentaba típico para el capitán de la guardia: defender las secciones de muralla terminada requerirían media docena de soldados apostados en las partes sur y este y un par de guardias en cada una de las tres puertas terminadas. Por otro lado, una docena y media de soldados patrullarían en grupos de tres por las calles de la ciudad, instigarían a los vagabundos, disuadirían a los ladrones y dejarían bien claro que, ahora, era el imperio de Barovia el que dominaba aquellas tierras.

El capitán movió su espeso bigote bajo el casco observando el mapa de la región cuando se oyó un estrepitoso ruido. Sonó, tal vez, como el de una tienda de lona al quebrarse y desmontarse. Con cierta curiosidad, el capitán se acercó a la ventana de su despacho y afinó sus ojos para observar el exterior: en la plaza, encarado hacia el cuartel, había un carro. Los lados del mismo se habían desprendido, causando, seguramente, el estruendo de madera desquebrajándose. En su interior, oculta bajo una lona, que retiraban unos encapuchados, había una rudimentaria catapulta construida para un solo disparo que estaba a punto de efectuarse.

¿Cuántos soldados había en el fuerte? No importaba, aunque todos los soldados de la ciudad hubieran estado atentos y con las armas listas, no hubieran tenido ninguna posibilidad. Corrían, seguramente, las once o doce del mediodía; los campesinos volvían a sus casas para comer y renovar fuerzas; los trabajadores de las nuevas secciones de la muralla hacían su descanso de hora y media y los soldados se sentaban en el cuartel para abastecerse del rico potaje agreste de Lasat.

La cuerda que mantenía tensa el brazo de la catapulta fue seccionada. Por arte y cortesía de la física, la enorme roca salió despedida y silbó en el aire hacia el cuartel. El capitán intentó decir algo, pero no se le ocurrió nada indicado para la situación y se limitó a recibir la roca como un buen anfitrión. Roca y capitán volaron atravesando paredes y tabiques, rompieron mesas, porta-armaduras, cubos repletos de espadas viejas, camas, columnas y soldados. Finalmente, la roca se estrelló contra el suelo de madera, levantando serrín y astillas. Uno de los soldados de Barovia, que estaba sentado en una mesa muy cercana del lugar del aterrizaje, se sintió, durante un instante, afortunado. Acto seguido el provisional cuartel de madera rugió y se desplomó sobre sí mismo, dejando atrapados bajo cerca de una tonelada de madera y escombros a los soldados supervivientes al impacto.

Antes de que los soldados pudieran hacer alguna suposición sobre qué podría haber sido el origen de aquel enorme crujido, los harapientos mantos que lucían los recién llegados cayeron. Bajo ellos, milicianos que habían pasado tres meses en el bosque entrenando, se armaron con lanzas y arcos y empezaron a cazar y a acabar, con rabia y ensañamiento, con todo aquel insolente que osara vestir el uniforme baroviano.

Los exaltados se desplegaron por la ciudad en cuestión de minutos, sus armas eran débiles y rudimentarias. Muchas lanzas se partieron y pocas pudieron atravesar las armaduras de los soldados, pero los gritos de furia y sus incesantes ataques en masa diezmaron a los cobardes barovianos que huían y pedían clemencia. Habían entrado camuflados o disfrazados y habían ocultado sus armas en el interior de carros, ocultas bajo lonas o dentro de montones de paja. Habían ido llegando progresivamente a lo largo del día para no ser descubiertos, y habían tomado posiciones esperando la señal.

Los propios campesinos de la ciudad se habían unido gustosos a la escabechina. Muchos se armaron con cualquier cosa que encontraron: Cacerolas, hachas de cortar leña, arcos de caza o incluso palas y picos fueron bien recibidos para machacar los soldados.

Uno de los harapos cayó al suelo cerca de la catapulta. Bajo las bastas ropas de arpillera y algodón se hallaba el ideador de la revuelta. Desenvainó su cuidada espada, una joya de metro diez con cruz en forma de zeta curvada sobre sí misma, conocida como la Vengadora. Su portador la alzó y vio su reflejo en la pulida hoja.

Veinte años desde hacía apenas unos meses miraron con ojos verdes su joven y duro rostro. El amplio y algo prominente mentón que le caracterizaba se destacaba del resto de la cara, que conservaba, en cierto modo, unas proporciones equilibradas respecto a ojos y nariz. Su boca era amplia y sus labios no solían lucir un color demasiado diferente del resto de la cara, vivo y saludable. Su frente era amplia y su pelo rebelde, que crecía bastante separado de sus cejas, había intentado ser peinado hacia atrás, con un fracaso total. Su cuerpo era poderoso: hombros anchos, brazos fuertes y piernas firmes. No más de un metro ochenta de carne de batalla tapado con un sucio y rasgado uniforme azul celeste de Liria, del cual había sido arrancado el escudo del imperio, como el herido que arranca la flecha que le lacera el pecho.

La espada voló, apartó el metal y rasgó el cuero negro, hiriendo a su portador en el pecho. Un soldado había intentado atacarle pero la voluntad del acero desvió la hoja de su arma y le hirió en el pecho. El soldado intentó alejarse, pero la furia atravesó su casco de un solo golpe.

Sin prisa, un chico llamado Methallium Laguna sacudió su espada para limpiarla un poco de sangre y se dirigió hacia la mansión Jeraq. Bastión del terrateniente Liriano culpable de muchos de sus males.

La mansión de Jeraq fue, durante la infancia de Methallium, lo más parecido al infierno. La corrupción y el vicio se respiraban en todas y cada una de sus habitaciones. Arturus Jeraq, actual teniente del título la había utilizado para llevar a cabo sus repugnantes vicios. En aquella mansión había sido forzada la madre de Methallium hasta engendrar su hermano Tarsis; y pocos años después de ella salió la orden de dejarlos huérfanos.

pronunció Methallium con la mano libre alzada sobre el pomo de la puerta. Recordando las enseñanzas del magíster Berlan, extrajo la energía del plano Astral hasta su mano y la hizo explotar. Las puertas volaron en pedazos tras un fogonazo de energía blanquecina, Methallium dio el primer paso dentro de la sala a tiempo para ver como dos soldados se le lanzaban encima gritando y maldiciendo. dijo Laguna moviendo la mano izquierda como el que disculpa un criado. Llamas rojizas surgieron de sus dedos y engulleron los dos soldados que intentaban atacarle. Uno de ellos cayó y rodó, mientras, el otro encontró el final cuando la espada de Methallium le atravesó el vientre.

El chico avanzó sin prestar atención a la antorcha humana que se revolvía en el suelo e intentaba apagarse, ni tampoco prestó atención en las llamas que empezaban a consumir las cortinas, la moqueta y los muebles del piso inferior. Ascendió lentamente por las escaleras, observando los cuadros del linaje más apestoso y ruin que había recibido el apelativo de terrateniente.

Finalmente, la puerta del despacho de Jeraq saltó por los aires. Era una sala enmoquetada y lujosa. Cientos de libros de distintos colores y grosores se distribuían por interminables estanterías separadas por columnas de liso y trabajado mármol con candelabros. Había un escritorio con una butaca desgastada, una lámpara de aceite quemaba sobre el mismo, cerca de una pluma en su tintero y varios libros de cuentas. Methallium echó un último vistazo al techo de madera y fijó su vista bajo el escritorio.

No había un humano, más bien era un cerdo vestido de seda el que temblaba y rezaba a Nemos bajo el escritorio. Vestía una ropa que a Methallium se le antojó cara, blanca impoluta que contrastaba con su piel rosada y mugrienta. Buscó su rostro para mirarlo a los ojos y nutrirse de su terror, pero no lo encontró, distinguió unas cerdas rubias pero no donde empezaba la cara.

Methallium alzó la espada para detener una lanza que le atacó desde detrás, pero no lo hizo lo suficientemente rápido y la lanza le hirió en el brazo derecho. Una silueta se descubrió de entre las sombras. Un válgard, es decir, un humano de piel oscura como el ébano, armado con una lanza de madera y punta de metal y vestido con un traje de ancha seda negra se puso en guardia ante Laguna. Tenía la cara tapada con un pañuelo negro y sólo se podía distinguir el fuerte contraste del blanco de sus ojos con su piel. No era de extrañar que Jeraq tuviera suficiente dinero para asegurarse la protección de un mercenario válgard.

Methallium cargó y esperó el ataque directo de la lanza, pero esta vez lo bloqueó. pronunció al lanzar tres proyectiles mágicos contra el válgard, que los esquivó en un magistral acto de velocidad. Pero eso fue suficiente, Methallium sólo intentaba separarlo de la pared y las columnas, tenía demasiada prisa como para entretenerse con el mercenario. dijo apuntando al suelo que iba a pisar el mercenario. En el acto, el suelo de madera se pudrió y empezó a doblarse, cuando el válgard hizo pié en la zona el suelo se desplomó y el mercenario cayó al piso inferior, pasto de las llamas.

Methallium lanzó un vistazo al agujero sin acercarse demasiado, al no ver rastro del mercenario supuso que este había muerto o estaba incapacitado, así que se giró para dirigirse hacia el escritorio.

—Saludos Jeraq, han pasado casi cinco años desde la última vez que nos vimos —el chico habló con una voz profunda y autoritaria.

Los ojos del terrateniente asomaron entre sus grasientos brazos y observaron a Methallium tembloroso.

—¡Árchivan! ¡Árchivan Laguna! —dijo casi en una mezcla de alivio y congoja—. ¡Debes ayudarme! Por favor, Árchivan, te juro que no he tenido nada que ver con la invasión de…

—¡Silenció! —el grito se oyó por encima del crepitante fuego y los gritos de furia que se oían en el exterior—. Mi nombre es Methallium.

—Está bien, Methallium. Por favor, te lo ruego, tienes que…

—¡He dicho silencio! —Methallium se acercó a la mesa y la volcó de una patada, despojando al cerdo de su última cobertura— ¿Has creído por un solo momento que soy idiota Jeraq?

Methallium clavó la punta de su espada en una de las piernas de Jeraq, que profirió un guarrido de dolor y entró en un patético lloriqueo mientras la sangre manchaba sus impolutas ropas.

—¿Cuánto te han pagado los Barovianos por la ciudad Jeraq? ¿Trescientas, cuatrocientas mil? —la espada se clavó un poco más en la carne— ¡Contesta!

¬¬—Quinientas cincuenta mil —gritó el Terrateniente entre sollozos.

—Menuda miseria para la vida de tantos —la espada se hundió hasta el hueso y Jeraq gritó.

Methallium lo observó despectivo. Aquel montón de escoria se había perdido toda clase de dignidad, lo mínimo que hubiera pedido el chico era un enemigo al cual batir en un duelo para vengar a su madre. Pero aquel despojo ni siquiera merecía su acero, así que desclavó su espada, la limpió en la ropa blanca y la envainó.

—Siempre te he odiado Jeraq, pero desde que sé que fuiste tú el que ordenó el asesinato de mi madre no he soñado con otra cosa que matarte. Así que tengo un pequeño regalo para ti.

El joven desenganchó un pequeño cilindro que tenía atado al cinto y extrajo de él un pergamino, apuntó una de sus manos a Jeraq y recitó . El pergamino brilló y se consumió en las llamas al tiempo que la mano de Methallium brillaba en un tono verdoso.

Jeraq estalló en un grito de agonía y empezó a revolcarse por el suelo. Sin tener ganas de presenciar su cruel final, Methallium abandonó la mansión. Mientras tanto, la sangre y el resto de líquidos del cuerpo de Jeraq empezaron hervir y convertirse en ácido. La muerte fue lenta y gritó hasta que los pulmones se fundieron, convirtiendo los gritos en exhalaciones de dolor. Miró a su alrededor con la vista nublada e intentó pedir ayuda, pero la voz ya no le respondía. Finalmente, después de unos segundos de agonía eterna, los ojos le estallaron y murió.

Methallium se dirigió hacia el ayuntamiento observando a su alrededor los triunfantes gritos de alegría, las calles manchadas de sangre y los niños apaleando los maltrechos cuerpos de los soldados. El chico sonrió por primera vez en mucho tiempo, había sufrido muchísimo durante los últimos años de su vida, la muerte de su hermano, la guerra, su pueblo asolado y la seguridad del autor de la muerte de su madre le habían sumido en una profunda depresión. Pero eso parecía a punto de acabar, su madre había sido vengada y su pueblo volvía a ser libre.

¿Pero por cuánto tiempo? Algún cargo pretencioso de Liria no tardaría en llegar a la ciudad, felicitaría al pequeño Laguna por su, más que irrisoria y azarosa, victoria y le pediría amablemente que le permitiera subyugar de nuevo su tierra. ¿Qué solución quedaba? Seguramente sólo una.

Methallium se dirigió al ayuntamiento, subió las escaleras y se encaramó al balcón. La fría brisa le acarició la cara y el agradable sol del mediodía le ofreció una sonata de luz y calor. La ciudad olía a muerte, pero los gritos de júbilo y la sensación de victoria se respiraban en el ambiente. El chico observó la plaza del pueblo, había jugado miles de veces en ella, había corrido por las calles, había comprado en las tiendas y había sido feliz durante 5 años. La sensación de Nostalgia se apoderó de su cuerpo y se relajó, recordó los años de oro que había pasado junto a su madre y repasó las pocas imágenes que le quedaban de ella: Alegre, sonriente y amable.

Pero su muerte lo cambió todo para Methallium, o Árchivan, como se llamaba en aquel tiempo. Volvía de darle unas hierbas curativas a la señora de la panadería y al volver a casa la puerta estaba abierta. Entró y saludó en voz alta, pero nadie contestó. Tarsis, su hermano menor, estaba llorando y la casa estaba desordenada. El pequeño Árchivan corrió a la habitación de su madre, donde la halló tendida en el suelo, con una herida mortal en el vientre. El niño gritó y se arrojo sobre ella llorando. Incluso en su lecho de muerte, Emeria Laguna sonrió a su hijo y le mostró una alegre cara quebrada por el dolor de la vida que se escapa lentamente.

—Escucha, Archi querido, vas a tener que cuidar de tu hermano a partir de ahora. Estoy seguro que la señora Durn estará encantada de acogeros en su casa. Tendrás que ser fuerte —Emeria tosió algo de sangre y observó los ojos de su pequeño, anegados en lagrimas—. Puede que crezcas y descubras cosas sobre tus padres que puedan llegar a asustarte. Eres un chico muy especial y el tiempo lo dirá claramente, algún día serás grande y poderoso y te aseguro que estaré muy orgullosa de ti. Sólo lamento no poder estar allí para decírtelo en persona —era ahora Emeria la que lloraba—. Vendrán unos antiguos amigos míos, son cinco, te preguntarán cosas sobre mí… diles la verdad Archi. ¿Me lo prometes? —El pequeño asintió entre lágrimas— Y, por favor, pase lo que pase, debes recordar una cosa. Digan lo que te digan, tanto tu padre como tu madre te quisieron, y siempre te querrán… Hijo yo…

La mujer se sintió atorada, le quedaban apenas unos segundos de vida y lo sabía. El frío se había apoderado de todo su cuerpo, recordaba haber apretado la herida del estómago con la mano para aguantar la hemorragia el tiempo suficiente para ver a su primogénito por última vez, pero ahora ni siquiera estaba segura de tener manos. Miró al vacío con los ojos repletos de lágrimas. Su pelo negro, largo y rebelde, le cubría la cara, empapado de sudor. Su pequeña nariz intentó aspirar profundamente, pero no pudo. Sus delicados labios rosados se abrieron para intentar decir algo más o tal vez para intentar forzar al aire que da vida a entrar en su interior, pero era inútil, estaba cansada y sólo quería dormir, un sueño largo y profundo.

—…te quiero.

Methallium abrió los ojos, cuando algunas lágrimas recorrieron su rostro y se perdieron en sus ropas. Miró al frente y vio el tumulto de aldeanos que le observaban desde la plaza y coreaban su nombre, estaban sucios y muchos sangraban. Después de mirarlos durante algunos segundos, perdió su vista en el infinito y buscó más allá de la plaza para buscar su casa, pero ya no estaba. El antiguo barrio donde había crecido había sido derribado para construir el cuartel, ahora reducido a escombros. Methallium tragó saliva y se armó de valor, sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

—Ciudadanos: hombres y mujeres que habéis derramado vuestra sangre en este campo de batalla al que podemos volver a llamar hogar, ¡hemos vencido! —Methallium tuvo que aguardar sonriente a que cesaran los gritos de júbilo que hacían los campesinos ensangrentados y aprovechó el momento para apretarse la herida que había recibido en el brazo— Hemos vencido y hemos recuperado nuestras tierras, que, con esfuerzo, sudor y lágrimas, habíamos convertido en un hogar para criar a nuestros hijos.

»¿Y qué pasará ahora? Podríais preguntaros muchos. ¿Cuál es nuestro destino? ¿Qué hará el pueblo a partir de hoy? Por desgracia no puedo deciros que pasará, no creo en adivinos. Ni siquiera creo en el destino. Pero os puedo asegurar que ni Barovia, ni tampoco Liria, nos tratarán mejor que a unos gusanos. Por ello, pueblo, os propongo una idea, una idea muy simple pero a la vez importante: Os propongo que acabemos esa muralla, que bordemos nuestra propia bandera, que armemos a nuestro propio ejército y que reclamemos la vida que queremos vivir —de nuevo gritos de apogeo—. Os propongo, amigos, vecinos, hermanos, que me acompañéis en este largo y tedioso camino, un camino que se traza desde ahora, un camino que tendrá un nombre y será recordado más de cinco mil años. Uníos a mí en el camino del Imperio de Thalas.