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Angélica y el príncipe (V parte)

Viene de aquí, aquí, aquí y aquí

2º parte

Apenas la mayor de las dos mujeres apreció la singular belleza del bosque alumbrado por los oblicuos rayos solares del último atardecer, iluminando troncos y maleza con una lustrosa y vivaz pátina anaranjada, pálida pero brillante, supo que era la hora de abandonar la búsqueda de hierbas por aquel día y dedicarse, más bien, a la recolección de leña para la noche, y así se lo indicó a Angélica, su discípula. Mientras recogía la leña, Angélica se preguntaba por qué los niños, los ancianos y las mujeres recogían la leña; los hombres, en cambio, no la recogían, sino que la cortaban. En un primer momento, conducido su pensamiento por la tradición, consideró que al ser los hombres más fuertes, parecía lógico que así fuera; sin embargo, ese pensamiento apenas si tuvo tiempo para fraguar en su mente: la voz de su maestra, la tía Salvia, llegaba chillona, apremiándola a llevar leña al lugar que había elegido para pasar la noche.

Angélica soltó su primera carga de piñas y ramas en medio del claro escogido por la anciana, que se aplicaba a limpiar de hojarasca y maleza una zona amplia, donde pensaba encender el fuego. Trazó un círculo de casi cuatro codos con piedras, y lo limpió especialmente. Las piedras no eran pequeñas, todas ellas cercanas a las tres libras de peso, algunas incluso lo sobrepasaban. Excavó un poco, para retirar también las raíces de la zona elegida, y luego fue amontonando la leña por tamaños, cortando las piezas más grandes con la ayuda de un hacha de mano... Angélica no entendía muy bien por qué no cortaban unas cuantas ramas y acababan de una vez. El día había sido fatigoso.

—Ve a buscar más leña. Intenta encontrar ramas caídas que sean gruesas. No traigas nada más estrecho que tu muñeca, ya tenemos suficiente leña menuda; además, con las ramas gruesas vienen ya las ramas finas... a ver si encuentras algo como tus brazos; sí, eso estaría bien.

Después de no pocas vueltas, Angélica acabó encontrando ramas caídas que obedecían a la descripción y regresó junto al fuego cuando se apagaba ya la última luz del día, después de puesto el sol, el Ojo de Erh que Vigila; tía Salvia ya había prendido el fuego. Angélica lo lamentó; le hubiera gustado estar allí, pues hallaba en el fuego una belleza que le provocaba una fascinación casi sobrenatural, e incluso podría jurar que tía Salvia también sentía algo parecido; se tomaba muy en serio el fuego. Aunque, bien mirado, tampoco era muy extraño, pues, a los ojos de Angélica, tía Salvia se tomaba muy en serio todo lo que hacía.

No era, desde luego, la primera, ni la segunda vez que la acompañaba al bosque a recoger hierbas; lo había hecho todos los años que llevaba con ella, desde que el Sacerdote que atendía la escuela la había echado de allí, alegando que ya era mayor para acudir a la escuela; según el anciano sacerdote, debía estar junto a su madre— que, dicho sea de paso, había muerto hacía tiempo— para aprender lo que ella le enseñase hasta el día en que, tras su boda, tomaría las riendas de su propio hogar. Sin embargo, la mente de Angélica era inquieta; no se trataba de ninguna aptitud singular, de ninguna mente privilegiada en busca de nuevos horizontes, de ninguna bendición de los dioses especialmente derramada sobre alguien ungido para una misión capital, más bien una maldición de los propios mortales; simplemente, Angélica era alguien que no aceptaba una determinada situación por el mero hecho de que no le gustase; así, pronto encontró un sitio que la aguardaba al lado de la vieja Salvia, la bruja del pueblo. Por supuesto, decir bruja es demasiado, o demasiado poco, según se mire, pues esta vieja cumplía en aquellos parajes como curandera y comadrona de hombres y animales. Y no es en vano decir que todo el pueblo se alegró cuando Angélica, aquella muchacha que no tenía pretendiente, cuya mirada perdida en el infinito parecía hablar de cosas que ninguno de los habitantes de aquel pueblo conocería, caminó al lado de la tía Salvia. Algunos llegaron incluso a felicitar a su familia, por que algo que en principio, hasta podía ser malo — una hija de casi quince años sin casar— no únicamente para ellos, sino también para el orden social, de repente se convertía en algo no sólo muy normal, sino deseable y, lo que es más, recibido con alegría por todo el pueblo, pues la sucesión de Salvia estaba asegurada, y la joven Angélica — joven para bruja, por supuesto— estaba marcada por su carácter y señalada por el destino, máxime al parecer de aquellos más allegados que aseguraban que, en efecto, había sido atacada por Gurcenio, el Sacerdote de Erhdom, pero no como las mujeres son atacadas, sino con saña criminal, hasta el extremo de haber sido muerta y enterrada, trance que atravesó de la manera más increíble, merced a la intervención de un desconocido vestido de negro, relativamente alto y delgado, de dar crédito a las palabras de la tía Salvia, que nadie osaba poner en duda, al menos en su presencia.

Así fue que, llegada la primavera, después de cumplirse los rituales de los bautizos de la casa con el agua de la lluvia virgen de primavera, bañada con los rayos de la primera luna llena de la estación, las dos mujeres abandonaron la vivienda de la tía Salvia, una cabaña en medio del bosque, alejada del poblado, cuya mejor descripción sería “la cabaña de la bruja”, capaz de defender de la intemperie lo que fuera menester, de sólida madera y bien construida en un día de sol de verano por los varones más vigorosos del pueblo en alegre jolgorio colectivo en los tiempos, no tan lejanos, en que el Sacerdote y la Curandera bebían y velaban juntos por la salud de su pueblo. Dejaron la cabaña y avanzaron hacia el oeste, virando alguna vez hacia el norte, en una ruta paralela, de algún modo, al río Forth, al que no debían acercarse demasiado, pues la zona sur del río estaba dominada por las hordas de Grothok, gobernados por el Señor de la Noche Cyrus; y se decía que habían avanzado mucho río arriba; afortunadamente para ellos, el pueblo de Xoxanc, su pueblo, quedaba más al sur.

Emprendieron, pues, la marcha en busca de determinadas hierbas, que, según le había explicado Salvia, contenían determinadas propiedades curativas o efectos beneficiosos, capaces de aliviar el dolor, inducir el sueño, incrementar los efectos benéficos del descanso, lavar las heridas, evitando así el efecto de los miasmas y la gangrena; otras hierbas y bayas las utilizaba para la elaboración de friegas líquidas, emplastos y ungüentos, algunos cosméticos, que le proporcionaban sustanciosos ingresos; los más, curativos y de gran virtud; o también, con aguardiente comprada o cambiada en el pueblo, elaborar sabrosos licores de frutos, bayas, hierbas y flores. Uno de los que más aceptación tenía era el agua de anís para las abluciones, y el licor de anís, para la taberna y las tertulias al lado del fuego sobre la guerra en las Marcas del Norte y otros lugares, como Pietarlann, agradeciendo a los dioses, — siempre con la venia del sacerdote de Erhdom, el culto oficial— que no llegara a aquel remoto lugar de las Marcas que era el pueblo de Xoxanc.

Después de una frugal cena consistente en sopa de legumbres con algunos trozos de pollo, que ambas concluyeron en silencio, como casi todo lo que hacían juntas, Angélica le preguntó por el hacha e hizo a Salvia partícipe de su reflexión sobre la leña, los viejos, los niños y las mujeres. Salvia continuó con la vista clavada en el fuego, añadiendo algún tronco pequeño, de los que más disponían, para que el fuego durase...

—El hombre es a veces muy estúpido, a veces también nosotras, y los niños... recogemos la madera que ya ha caído por que es más fácil, y lleva menos trabajo, sí; pero también porque la madera está viva y no debía cortarse sin una razón consistente; por otro lado, la madera fresca no sirve para arder ¡hace demasiado humo! Por eso los hombres, sintiendo que su poderío debe ser demostrado, rompen el árbol, destrozan sus ramas y esperan que siga viviendo ¡Más les valiera haberlos cortado completamente! Ha habido árboles que se han movido, indignados, atacando a sus estúpidos asaltantes; algunos llaman a estos seres los Hijos de Énoriel... todos los dioses tienen hijos... todo el mundo los tiene, ¡excepto nosotras! Así que, no lo olvides: la leña se recoge, y no se daña a un árbol porque sí, ni a otro ser vivo. Por otra parte, que lleve un hacha no quiere decir que vaya a hacer daño a nadie.

—Ya. Pero nosotras matamos plantas cuando las recogemos.

—Es cierto, pero dime ¿cuánto tardan en volver a crecer?

—Muy poco; al año siguiente siempre encontramos más.

—Pues ese es el motivo: los árboles tardan muchas vidas de hombre en ser enormes; las mismas plantas servirán para curar, para ayudar a los que sufren; cuando cortamos un árbol en invierno es para sobrevivir al frío, cuando cortamos una rama que podríamos recoger es por vanidad, por orgullo, para demostrar quién es el amo.

Entonces, ambas guardaron silencio; silencio era lo que más había entre Angélica y Salvia; de vez en cuando, en medio del silencio, volvían a la cabeza de Angélica las palabras de Salvia, que resonaban en el silencio como campanas de bronce.

Continuará...