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Angélica y el príncipe (VIII parte)

Viene de aquí, aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí

« La preocupación del rey crece cuando la pequeña princesa Evanilda no se cura de la extraña enfermedad que ha contraído. Nadie en la Corte sabe cómo curarla, y todos piensan que la fiebre, los vómitos y las horribles pústulas y eczemas que cubren su cuerpo se deben a la maldición de la bruja Dulcamara, que vive en el Bosque del Norte, y que no fue invitada a la fiesta del nacimiento de la niña.

El Rey mandó llamar al mejor de sus caballeros, el Paladín Dorado, cuyo nombre, Gorën, apenas nadie conocía, y le encomendó la misión de librar a su hijita de aquella terrible maldición. Así, el Paladín Dorado, emprendió el camino a la casa de la bruja. Tras algunos días de camino, alcanzó la linde del bosque y allí se enfrentó con la fuerza de sus armas a los sátiros que guardaban el acceso por orden de la bruja. A pesar de que ellos le pidieron que abandonara sus armas y les acompañara a presencia de la bruja, éste se negó, y sin demasiadas contemplaciones, segó sus vidas, para proseguir sin pausa su camino. Distintos seres del bosque intentaron detenerlo, pero no se paró a conversar con ninguno, cargando con fiereza contra todo ser que se interpusiera en su camino, sin que nada pareciese capaz de frenar su avance, hasta que cayó la noche.

Para el Paladín Dorado, aquella fue una de las más extrañas noches de su vida; el bosque guardaba un silencio letal, recriminador, ni siquiera los grillos se atrevían a entonar su canción. Aquella noche sólo se podían oír murmullos profundos, las notas más bajas de una tuba enmohecida por los milenios, que parecían provenir de lejanías inconcebibles.

A la mañana siguiente, el Paladín se puso de nuevo en marcha; recorrió el bosque y lo único que pudo hallar fue una tupida maraña de árboles y arbustos que parecían rodear el centro del mismo, que intentó atravesar. Sin embargo, su espada parecía incapaz de abrir un camino accesible, el caballo estaba ya descartado, y su ancha y pesada armadura le impedía avanzar a través los espacios entre el ramaje. Después de un momento de duda, decidió dejar atrás sus armas pesadas, su armadura y su caballo. Sin la traba de la armadura apenas encontró dificultad para atravesar la tupida maleza, avistando la cabaña de la bruja, a cuya puerta una bella mujer parecía cerrar tarros de frutas en confite. El Paladín, cuyo aspecto ahora más recordaba a un joven del pueblo con una espada, se hizo ver y la mujer lo saludó. Él se acercó y preguntó:

—¿Es esta la cabaña de la bruja Dulcamara?

—Sí —contestó sencillamente la mujer.

—¿Está ella dentro?

—“Ella” soy yo —dijo entonces, y él no supo qué decir. Inmediatamente pensó en alguna clase de maleficio que confundiera sus sentidos, pero no podía ser así, ya que Erhdom le había beneficiado con el poder de saber cuándo le acechaban designios maléficos, y ninguna amenaza parecía provenir de aquella mujer.

—Vos no parecéis una bruja.

—Y, sin embargo, lo soy, al decir del pueblo. Pero puedo no serlo; incluso tengo un nombre distinto al que vos me dais: mi nombre es Elisenda de Hanta, y mi padre fue el Barón de Hanta, muerto heroicamente en la Batalla del Puente Viejo. ¿Qué habéis venido a hacer aquí?

—He venido a... — el Paladín vacilaba, buscando unas palabras distintas para no ofenderla, hasta que habló— a obligaros a que retiréis la maldición que pesa sobre la princesa Evanilda.

—¿Qué maldición es esa?

—De sobra sabéis que sufre vómitos, y terribles pústulas cubren su cuerpo.

—¿Sabéis que se puede morir de eso? Nada tengo que ver con ello, pero os ayudaré.

La bruja fue a la Corte, y permaneció al lado de la Princesa hasta que desapareció su enfermedad; el rey quiso colmar de honores al Paladín Dorado, quien sólo dejaba de pensar en las criaturas del bosque que había matado cuando, en su sueño agitado, aparecía el rostro sereno de Elisenda de Hanta. Tan grande fue su arrepentimiento que ella llegó a perdonarle, pidiéndole, como compensación, viajar a su lado en sus misiones para evitar futuros males parecidos; Gorën aceptó, feliz porque ya no estaría solo en sus viajes, y más feliz aún porque sería precisamente ella, Elisenda, quien aliviaría su soledad; todos en aquel reino conocieron la belleza y la sabiduría de Elisenda de Hanta, mientras que la voz popular relataba cómo la bruja Dulcamara había sido muerta por el Paladín Dorado. »

—Gorën encontró mil pequeñas cosas en ella.

—Y ella no fue más una bruja, quedándose para siempre con él. Sí, Angie, llegará un día en que te harás preguntas y te invadirá una pena oscura. Te dirás que eres una mujer que ha escogido un camino muy interesante; sin embargo, oirás claramente la voz del que podría ser tu hermano o tu amante decir: “¡Es una bruja!”.

Angélica guardó silencio de nuevo. Sabía que Salvia tenía razón, lo había comprobado ella misma; aunque deseaba conocer a ese hombre, a alguien que la hiciera recordar lo especial que era, se consideraba a sí misma una persona poco tratable, por no decir imposible. Claro que hubo chicos en el pueblo, los dos extremos, de hecho; por un lado estaba Raïb: alegre, tan despreocupado la mayoría de las veces como responsable y de fiar en las restantes; ninguna lumbrera, pero de corazón enorme y sincero; sensible, desde luego, aunque no en apariencia, tanto que Angélica prefirió concluir aquella relación antes de que le hiciese más daño. Angélica se sabía demasiado complicada, y voluble, por otra parte, así que prefirió protegerlo de ella misma, alejándolo de sí. De vez en cuando se veían en Xoxanc, su pueblo, y cualquiera que los viese, podría adivinar lo cerca que habían estado —y seguían estando— sus espíritus, pues Raïb la había buscado a ella, no ninguna clase de misterio, y, por todos los dioses, que la había encontrado.

El otro era el extremo opuesto: Johnnie, el más listo, el más guapo, el más talentoso, de todos los nacidos en este mísero pueblucho, el que va a triunfar... siempre estuvo enamorado de ella, o la deseaba, o se había encaprichado. En cualquier caso, “siempre estuve enamorado de ti” fueron las palabras que él había dicho justo antes de atacarla —pues no había sido el clérigo capitalino Gurcenio quien le había causado la muerte, como el pueblo creía—. En aquellos momentos pudo ver cómo su secreto admirador había estado siempre a su lado, cómo, antes de matarla, gritaba “¡mía o de nadie!”. Ahora sería un clérigo importante en Zaltussa, la capital, un hombre rico e influyente, uno llamado Juanio, cuyo recuerdo volvía, de vez en cuando, a su cabeza para ayudarla a concluir “Mejor sola”.

Salvia dibujaba sobre las brasas todavía; la búsqueda del secreto de las mujeres había llevado a los hombres a descubrir y dominar la magia, los caminos a la inmortalidad, y mientras ellas, las brujas, se reían. Pero nadie se paraba a escuchar qué se oía en su risa.

«Si alguna vez dudas de que existe ese poder, —había dicho a Angélica, dejándola perpleja,— escucha con interés a un hombre; luego endurece tu gesto y frunce el ceño. Ese hombre intentará por todos los medios recuperar tu expresión de interés. Es el poder que ellos mismos nos dan, es su fe en nuestro inexistente poder. Por eso, cuídate de os que trabajan con la fe: los dioses y sus sacerdotes son sumamente peligrosos; los santos, los fanáticos, las muchedumbres enfervorecidas... todas ellas fueron puestas en el mundo como fuentes de poder crudo; algunos reinos son gobernados exclusivamente por mujeres que aprovecharon ese supuesto poder. Imagina por un momento que fuese real... las grandes sacerdotisas de la antigüedad, el poder del misterio y el poder evidente, juntos en un solo ser.»

Angélica pensaba que ya le costaba ser ella misma, allí, en el bosque, como para intentar pensar cómo podría ser ocupar el puesto de alguna de aquellas reinas brujas del pasado mítico; como sueño infantil podía estar bien, pero le resultaba un tanto peregrina la idea, especialmente, notando cómo el cansancio invadía sus miembros sobre el lecho de hojas secas que se habían procurado en su labor recolectora por el bosque, cómo, cerrados los ojos, solo escuchaba los crujientes chasquidos de las brasas que Salvia aún removía, el canto del bosque en la noche, y la voz de su alma que, casi durmiendo aún no dormida, apenas sí acertaba a ronronear una vieja invocación en la que pedía un sueño feliz al Señor de los Sueños.

Fin de la segunda parte.