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Fuego en el cielo - II concurso de relatos

Os dejamos aquí un nuevo relato presentado para el II concurso de relatos de Kritik. En esta ocasión se trata de un texto escrito por Melkhior.

Fuego en el cielo



- ¿Mamá? ¿Papa?
- ¿¡Dónde estáis...!?

El estrépito de una explosión cercana sacudió la estructura del edificio desde sus cimientos. Me protegí la cabeza del yeso que me caía sobre la ropa quemada y me agaché aterrado mientras el zumbido atravesaba el cielo. Era como estar junto a un enjambre de avispas gigantes, aunque de ser así, estas no serían tan peligrosas.

Me llamo Erol. Fue el día en que comenzaron las vacaciones en el instituto cuando ellos atacaron, al terminar el curso 2015-2016. Ellos, así los llamaba yo.

Algunos en las noticias de la televisión los habían llamado amigos, dejando claro al poco tiempo que no lo eran. Otros, invasores espaciales. No me parece que nos quieran invadir... nos quieren matar a todos. ¿Por qué hacen esto?

Esas naves con forma de criaturas imaginarias, bestias aladas, sobrevolaron el mundo durante una semana. Debió ser el tiempo que tardaron en decidirse en como iban a hacerlo, y mientras regresaba a casa escuché la primera explosión seguida de un coro de gritos. No soy un héroe, corrí por mi vida y por mi familia, tenía que llegar a casa... pero mi hogar, mi barrio entero estaba sumido en las llamas y la desesperación. Ni ese fuego era normal, parecía líquido y se derramaba desde los tejados haciendo arder hasta la piedra, y sobre la devastación un grupo de naves con forma de pajaros con muchas cabezas se deslizaron a toda velocidad dejándome solo.

Totalmente solo.

¡Allí estaba mi casa! corrí esquivando un árbol que se vino abajo como una torre de fuego y salté sobre los restos que quedaban de la puerta.

- ¡Mamá!

La primera planta estaba muy dañada y el humo me mordía los pulmones con cada respiración. Tosí cubriéndome con la manga y fui tan rápido como me vi capaz al segundo piso, esquivando a duras penas llamaradas que trepaban por los escalones. Por un momento, lo juro, vi garras en esas llamas.

El fuego aún no había llegado aquí. Grité pero no me respondió nadie. Miré en el cuarto de mis padres, miré en mi habitación. Maldita sea, ¡miré hasta en el cuarto de baño! debían de haber estado allí a esas horas, no sé que me desesperaba más.

Una nueva explosión hizo temblar hasta las paredes y me fui al suelo cubriéndome de la cortina de polvo que se desprendió del techo. Cuando ya alzaba la cabeza con cautela, una viga de dos metros se desprendió y fue a caer justo a mi lado con un estruendo. Chillé y me arrastré sobre los escombros huyendo del fuego que crepitaba por el agujero en el techo, sonando como la risa más malvada que había escuchado jamás. Me pegué contra la pared y escuche un sonido que me hizo girar la cabeza hacia una ventana cercana.

El sonido de un motor, un motor "normal". Sí, allí estaba. Un vehículo acorazado del ejército con dos grandes misiles en su lomo corría por las calles donde hasta hoy solía jugar. La sonrisa no terminó de formarse en mi rostro, cuando una línea brillante cayó del cielo sobre el carro de combate. Mientras la bola de fuego lo envolvía, pensé que ya no había esperanza.

Vi entonces, que los misiles no habían explotado. Esa especie de rayo láser abrió la chapa blindada del camión como si fuese de hojalata y lo hizo detenerse, o quizá los soldados murieron. Jamás me explicaré que pasó por mi mente en ese momento, no consigo entender que ardió en mi interior con mas fuerza que el incendio que asolaba mi casa. Pero mientras veía las naves zumbar en amplios círculos por entre las nubes, salté. Salté. Aún me pregunto por qué.

No había parado de rodar sobre las cenizas del jardín cuando ya corría hacia el carro militar. No describiré el estado en que encontré a los pilotos, pues el haz luminoso había partido en dos la cabina y sería más desagradable de narrar que el calor del fuego y el estrépito de las explosiones. Di la vuelta y trepé como pude a la parte trasera, encontrando tras poco buscar el disparador manual. Miré hacia las formas que zumbaban sobre mi cabeza, giré y tiré con toda mi fuerza de la llave roja. Un sonido estremecedor me taladró los oídos y el humo expulsado por el misil me dejó ciego, con lo que apenas pude sentir como una enorme fuerza salía despedida hacia el cielo.

Se escuchó una potente explosión, seguida del estrellarse de algo metálico contra el asfalto. Entre lágrimas logré ver los restos retorcidos de una de las naves invasoras, quemándose lentamente su bandera de guerra... ¿Realmente debía creer que la había derribado yo? Que más daba. Para entonces, las tres naves restantes se habían percatado y tras dar una vuelta y colocarse en formación, vi como se precipitaban sus sombras desde arriba a toda velocidad, como si fueran una flecha. El Erol que yo conocía se habría caído sentado y habría visto la muerte alcanzarle sin ofrecer batalla.

Desde luego, el Erol que yo conocía no habría estirado el brazo y, con él, la llave del segundo misíl.

Hoy escribo esto, diez años después, desde este refugio de guerra. Todo el mundo se empeña en llamarme Capitán Erol, pero aunque no me considere tal actúo como se espera que lo haga. Quizá entre estas líneas espero encontrar el valor de un niño, aunque suene extraño decirlo. El valor para defender el recuerdo de mi difunta familia, el valor para defender a la gente de mi planeta...

... y el valor para enfrentarme, una vez más, a esa bandera de barras y estrellas.

Día sexto del año galáctico 2025, diario del Capitán Erol al mando de la defensa contra los invasores llamados "Humanos".