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La Dama de los cuervos - I concurso de relatos

Os dejo hoy con el relato ganador del I concurso de relatos de Sant Jordi del club Kritik. Se trata del relato titulado La Dama de los Cuervos que escribió Mgom

La Dama de los Cuervos

I

La bruja se balanceaba al extremo de la soga. Las piernas danzaban en el aire como ejecutando una danza macabra. El cuerpo se retorcía entre convulsiones y finalmente quedó quieto, los miembros rígidos, los ojos enrojecidos, la lengua de un enfermizo color púrpura como un colgajo saliente entre las mandíbulas desencajadas. Se hizo el silencio entre la multitud que agolpaba la plaza, mientras la chusma, temerosa y expectante, aguardaba con fascinación el último estertor. Los niños chillaban insultos a la bruja y las ancianas se persignaban, temerosas de la ira divina. Una lluvia de desperdicios y fruta podrida caía sobre el entarimado, lejos del alcance de la balconada donde se agazapaban los jueces, magistrados e inquisidores eclesiásticos. Sobre la plaza, una bandada de cuervos graznaba ominosamente.

Un último espasmo sacudió el cuerpo; los ojos de la bruja brillaban como carbones al rojo, y los dientes castañeaban, salivando como las mandíbulas de un animal. Y así murió Eldrise de Luisignon, odiada y temida en su ciudad natal y oscura leyenda en los reinos circundantes. No profirió ni una sola queja o maleficio durante el largo proceso y la posterior ejecución, y se arrastró con mansedumbre hacia el cadalso, entre los aullidos de la multitud. Parecería que la muerte le llegaba como un bálsamo, una piadosa promesa de olvido tras una corta vida plagada de horrores y sacrificio. La nube de cuervos estalló al unísono en una ruidosa cacofonía, revoloteando entre los tejados y chimeneas, colándose entre la multitud y aterrorizando a los niños.

Los verdugos arrastraron el cuerpo hacia una hedionda carreta cargada a rebosar de cadáveres, los restos de las ejecuciones del día. Un círculo de guardias apenas fue suficiente para contener a la turba iracunda, que exigía a viva voz que el cuerpo de Eldrise Shatidonne, la Dama Cuervo, fuera decapitado, quemado y enterrado en suelo sin consagrar con una estaca atravesando su corazón. Nadie podría asegurar que el cadáver no se alzaría de su tumba, henchido de odio y dispuesto a ejecutar la venganza contra sus vecinos. Sin embargo, las autoridades del Clero habían dado firmes instrucciones al respecto; por deseo de su familia (uno de los linajes más antiguos y venerados de la ciudad de Luisignon y de todo el reino), debía ser enterrada en el panteón familiar. La tradición exigía que el cuerpo descansara toda la noche en la cripta del velatorio, en absoluta soledad, para ser trasladado al día siguiente al nicho funerario.

Así que el cuerpo de la bruja no fue depositado en la fosa común ni sepultado en cal viva. El carretero condujo su macabra carga más allá de las murallas de la ciudad, seguido por una horda de perros famélicos tras el rastro de la carne aún fresca, y por varios niños indigentes, que le arrojaban piedras y fingían echarse el mal de ojo unos a otros. La nube de cuervos se cernía ominosa sobre el carro. Ningún miembro de la familia se atrevió a unirse al cortejo fúnebre, por miedo a las represalias. Finalmente llegaron al antiguo mausoleo de la familia Shatidonne, donde aguardaba un sepulturero de ojos hundidos y cuerpo torcido. Entre él y el carretero bajaron el cuerpo a la cripta del velatorio, a la espera de los ritos de exhumación y purificación del día siguiente. Cerrando con llave la verja a sus espaldas, dejaron atrás la oscura necrópolis, algunas de cuyas tumbas y camposantos se decía eran anteriores a la llegada de la civilización a estas tierras sombrías y olvidadas por los dioses.

Al anochecer, la luz de una linterna emergía de la masa oscura de los bosques circundantes. A lo largo de la curva del camino que conducía al mausoleo, dos hombres avanzaban en silencio. El primero de ellos vestía un sobretodo de cuero envejecido, apenas suficiente para contener su enorme estatura. Era el que sostenía en fanal entre sus dedos engarfiados. Su rostro era un amasijo de rasgos salvajes e inhumanos: dientes amarillentos y afilados como cuchillas, un único ojo (el otro lo tapaba un sucio parche de piel) enrome y giboso, de pupila dilatada, y una piel sucia y correosa, similar a la de un rostro consumido por la lepra. Un oxidado cuchillo de carnicero pendía del cinto de la criatura.
El segundo hombre era delgado y atlético, y vestía de un modo considerablemente más elegante, con un abrigo de piel de Troll curtida y un caftán de terciopelo negro. Sus modos y forma de caminar revelaban cierta afectación, aunque su mirada era aguda y penetrante, saltaba sobre el puente de su nariz ganchuda y el brillante círculo engarzado en plata de un monóculo para clavarse en lo más hondo del alma como una esquirla de hielo. Los labios finos y sensuales esbozaban una mueca de desagrado mientras se cubría el rostro con un pañuelo de seda.

Tras atravesar el cementerio, ante ellos se erguía ominoso el mausoleo de la familia Shatidonne, más antiguo que la ciudad misma, una estructura de alabastro que culminaba en pináculos retorcidos y gárgolas herrumbrosas. Figuras angelicales de alas níveas se enfrentaban a engendros blasfemos y contrahechos procedentes de las simas del Averno en un grandioso bajorrelieve manchado de moho situado sobre el umbral. Los cuervos llevaban años anidando entre las estatuas, formando ahora parte habitual de la ornamentación. Lo inquietante era el silencio absoluto. Ni un solo graznido entre los cientos de animales que poblaban la cúpula del mausoleo. Se limitaban a observar.

Forzar la cerradura de la verja del mausoleo no supuso un problema especial. Al otro lado se extendía una escalera que descendía sinuosa en la oscuridad. El segundo hombre habló:

- Rukhr, quédate aquí y permanece en guardia. Ya conoces la señal acordada en caso de que alguien venga.

El Semiogro cabeceó vacilante, los ojos nublados y la mandíbula salivante evidenciaban que aún no se había recuperado de la última dosis de Andrámola, la droga condicionante psíquica mezclada con la comida que formaba parte de su dieta habitual. Era peligroso mantenerlo en ese estado, así que el hombre le hizo tragar una dosis de antídoto. Volvió a hablarle, en tono pausado y espaciando las palabras:

- Sabes que estaré aquí hasta el alba. Preciso concentración. Mantén la vigilancia y sólo interrumpe mi meditación en caso de que sea estrictamente necesario, ¿entiendes?

Finalmente Rukhr asintió en silencio, pasándole el fanal. El eco de sus pensamientos llegaba hasta Gilles deValiant como un gemido lastimero retumbando en lo profundo de una cueva. Pensamientos de tristeza y dolor, básicamente estúpidos y lastimeros. El condicionamiento mental al que Gilles le había estado sometiendo durante los últimos meses no acababa de dar resultado. Era difícil trabajar con un material tan pobre. Rukhr apenas sabía obedecer las órdenes telepáticas más sencillas. No podía administrarle una dosis mayor de la droga sin arriesgarse a matarlo. En este caso, Gilles esperaba que fuera suficiente. No parecía un trabajo complicado, aunque necesitaba de tiempo y tranquilidad.

Descendió por la retorcida escalinata con el fanal en la mano. Nubes de insectos de la cripta y murciélagos atravesaban su campo de visión, entre nubes de polvo y cascadas de telarañas, pero él no se dejó distraer. En su mente danzaban las palabras de su contratador, el hechicero conocido como Godofredo de Merencar, un hombre obscenamente rico, obeso y neurótico, con tendencias masoquistas y un placer enfermizo por el sufrimiento ajeno. Gilles le conocía bien, sus más íntimos pensamientos eran transparentes para él, a pesar de las elaboradas defensas psíquicas del hechicero. Sin embargo, en este caso tenía para él un encargo muy especial.

“Mi querido amigo Gilles. Preciso de tus servicios y dones una vez más. Sabes que yo conozco tu secreto. Eres el detective de mayor renombre de todos los reinos civilizados. Pero toda tu fama se vendría abajo si el Clero conociese el origen de tu éxito: esa habilidad telepática tuya podría costarte la horca, lo sabes bien. Créeme que disfrutaría viendo cómo te meces al viento como esa desgraciada Dama Cuervo a quien mañana le tocará el turno con la soga. No hay mayor sacrilegio que retorcer la voluntad y los pensamientos de los hombres, que sólo pertenecen al sagrado designio de la divinidad. Eso dicen esos imbéciles analfabetos de los sacerdotes. Je, jeeee….”

“Pero no te enfades, viejo amigo. Pienso pagarte muy bien por el trabajo. En cierta ocasión supe que una de tus milagrosas facultades se refiere al uso de la Necrolectura, la ciencia y arte de extraer los pensamientos de los muertos. Sus recuerdos, emociones…e incluso su magia. Así es, amigo: quiero que extraigas los hechizos que conocía la bruja en vida, antes de que el cuerpo se pudra, los almacenes en esa valiosa cabeza tuya, y me los traigas de vuelta, transcribiéndolos en mi grimorio con todo lujo de detalles. Muchos de ellos eran desconocidos hasta ahora, realmente prodigiosos ¿dónde demonios los aprendió?….Nunca perdonaré a esa zorra el haber sido capaz de mejorar mi Arte….una insolencia que le costó la horca. Como sabes, empleé todas mis influencias para lograr su ajusticiamiento. La plebe es tan fácil de manipular….. Se estaba haciendo demasiado peligrosa, su poder amenazaba con superar el mío, y eso es algo inaceptable”

“Mañana será mi día de triunfo, por partida doble. Te pagaré mil quinientos maravedíes, un tercio por adelantado. Una suma más que generosa, creo yo.

¿Hay trato?”

Hubo trato. ¿Por qué no?

II
En la cripta más oscura y profunda del mausoleo de la familia Shatidonne había una losa de piedra exquisitamente grabada con motivos funerarios, bajo la severa mirada de piedra de la estatua de un caballero con el emblema familiar del león y la flor de lis esculpido en su escudo. Sobre la losa yacía el cadáver de la bruja Eldrise, la Dama Cuervo, aún incorrupto y tan turbadoramente bello como lo fue en vida. La piel tersa, marmórea, en proceso de putrefacción, aún revelaba belleza y juventud, ocultando tentadores secretos bajo la negra mortaja ceremonial. Sus rasgos eran finos y aristocráticos, las mejillas sonrosadas aún conservaban vestigios de calor. Una hermosa cabellera negra se derramaba sobre el lecho de roca tallada.

Más allá del círculo de luz de la lámpara, un dédalo de criptas y catacumbas se perdía en la oscuridad. Los rumores decían que el mausoleo albergaba los sepulcros de más de veinticinco generaciones de los Shatidonne, uno de los linajes más antiguos del continente. Desde sus cavernosas profundidades llegaba el chirrido de las ratas y el extraño gorgoteo de los escarabajos de la cripta, criaturas quitinosas y necrófagas del tamaño de un puño.

En silencio, Gilles extendió una esterilla de cuero y se sentó con las piernas cruzadas bajo el cadáver, dejando a un lado el fanal. En contra de lo que pudiera parecer, el ejercicio de su habilidad sólo precisaba de silencio y concentración, no requería ningún tipo de contacto físico ni el uso de rituales especiales, salvo el mantra para calmar las tensiones y enfocar la mente.

Si navegar en el interior de un ser vivo habitualmente era una tarea difícil, penetrar en las cavidades mentales de un muerto exigía una pericia extrema sólo alcanzable por los maestros más experimentados en el don de la lectura de mentes. Gilles se contaba entre uno de esos maestros. A pesar de una educación autodidacta (Gilles procedía del estrato social más bajo imaginable, un pobre bebé bastardo y no deseado al que alguien arrojó a una charca de lodo, y que fue recogido por los monjes del orfanato de San Heisardo), el potencial psíquico en bruto de Gilles deValiant era extraordinario. El mismo Godofredo de Merencar aventuró en una ocasión que Gilles no era del todo humano, tal vez una poderosa mutación creada aleatoriamente por la Naturaleza, o un experimento genético fallido y abandonado. ¿Quién podía decirlo?.
La mente no era un todo continuo; los pensamientos no existían ordenados y archivados en las correspondientes secciones del tejido cerebral. Más bien eran una nube confusa, agrupada en estratos de diferente profundidad. Las capas exteriores pertenecían a los pensamientos cotidianos, producidos por la mente consciente. A medida que el lector de mentes se adentraba más en las profundidades del laberinto aparecían secretos enterrados, sentimientos reprimidos, sueños olvidados. Y en el núcleo del subconsciente se hallaban los tesoros más valiosos: los traumas infantiles demasiado terribles como para poder ser confesados (incluso a uno mismo), la bestia interior del instinto salvaje, el egoísmo despiadado, el deseo de supervivencia….y la magia, cuyo poder es tal que quedaba grabado a fuego en los surcos de la mente, permaneciendo como las ascuas en un fuego moribundo hasta que el último espasmo neuronal quedaba detenido para siembre.

Aún había tiempo.

Durante más de una hora, la mente de Gilles permaneció en total quietud, como la superficie serena de un lago. Lentamente, los tentáculos de su consciencia se fueron expandiendo a través del vacío hacia el aura tenue que aún vibraba alrededor de la Dama Cuervo, los rescoldos agonizantes de una mente que se resiste a creer que está muerta.

Lo primero que llegó hasta él fue un eco de rabia, vibrante y sonoro como las campanas de la catedral de San Anbrualdo. A través de los ojos de la mente, pudo vislumbrar imágenes, sensaciones y pensamientos. Con gran esfuerzo comenzó a hilarlos en una trama. Una aguja invisible recogía esos hilos psíquicos en un gran telar iridiscente que flotaba sobre el lago dorado. Necesitaba recomponer todo el patrón hasta llegar al núcleo subconsciente. Era necesario recoger con paciencia los recuerdos y pensamientos, ordenarlos y tejerlos en un orden apropiado, hasta llegar al núcleo. De lo contrario, el impacto una mente desnuda de tal poder podría hacer que Gilles diera con sus huesos en el manicomio.

Lentamente, los hilos iban ordenándose en un tejido visible. Gilles pudo vislumbrar los primeros esbozos de un patrón. Se concentró en los dibujos que se formaban, al principio de forma aleatoria, para después emerger como una imagen definida. Apuntó el haz plateado de su pisque hacia ella.

Su forma astral se materializó en medio de un corredor. El suelo estaba cubierto de baldosas blancas y negras, formando complejos patrones que cambiaban sutilmente cada vez que el ojo volvía a posarse en ellos. Ambos lados del corredor estaban cubiertos de cortinas de terciopelo rojo, susurrantes y voluptuosas, animadas por algún tipo de viento espectral. Una suave música flotaba en el aire. En las alturas insondables (el pasillo no tenía techo y las cortinas se perdían en una bruma amarillenta) volaba en círculos una nube de grajos. Al fondo de la habitación había una sencilla puerta cerrada de madera, seca y ennegrecida.

Gilles enfocó su mente para hacer que el entorno se solidificara a su alrededor y adquiriera mayor precisión. La imagen del pasillo solía funcionar; era una forma sencilla y práctica de visualizar el interior de una mente. Entre las cortinas de terciopelo se hallaban las capas del tejido consciente. A medida que avanzara por el pasillo podría penetrar en los recuerdos de la muerta. La puerta cerrada simbolizaba el subconsciente. No podría abrirse hasta que hubiera visitado el resto de habitaciones que se ocultaban más allá de las cortinas.

Con paso decidido, Gilles atravesó las cortinas. El terciopelo susurraba en sus oídos. Al otro lado se encontraba un vasto salón dominado por una gigantesca columnata de mármol verdoso. Una chimenea rugía al extremo de la estancia, cubierta de estatuas de guerreros con el blasón del león y la flor de lis. Frente a la chimenea, una diminuta figura vestida de seda blanca lloraba junto a la chimenea. Gilles se acercó a ella. Era la propia Eldrise, una chiquilla de apenas nueve años de edad. Aferraba una cara muñeca de trapo, retorciéndola entre las manos.

Un hombre entró en la estancia. Era alto, de ojos helados y pelo blanco cortado casi al cero. Vestía un uniforme militar de gala. Con paso firme, se acercó a la niña desde su espalda. Una sombra se cernía sobre la chiquilla, quien, sobresaltada, alzó el rostro surcado de lágrimas hacia la amenazante figura.

- Es usted, padre. No le había oído entrar.

Sin mediar palabra, el hombre la abofeteó.

- Eldrise ¿por qué me avergüenzas así?

- Lo siento, padre- replico la niña, limpiándose las lágrimas.

- ¿Hasta tal punto desprecias el honor de tu familia?

- No volverá a ocurrir, padre.

- ¿Cuántas veces te he enseñado nuestras sagradas tradiciones?

- Muchas veces, padre.

- ¿Y cuántas te he hablado de la fuerza interior? La que ha dado nombre a nuestra sangre.

- También muchas, padre.

- Sabes que no podemos permitirnos gestos de debilidad. El mundo es un lugar cruel. Los enemigos acechan en las sombras. Por todas partes.

- Tenéis razón, padre.

- Por desgracia para mí y para nuestro glorioso linaje, tú naciste mujer. Un ser inferior. Débil. Cobarde. Indigno. Y ahora ha desaparecido nuestra última esperanza de conseguir un heredero varón. Cuando yo muera, serás lo único que quede de la familia Shatidonne. ¿Sabes el daño que le has hecho a tu propia sangre?

- Lo siento, padre.

- Haces bien en sentirlo. En toda tu vida jamás serás capaz de expiar tan terrible falta. Ahora la enfermedad hace presa en mí. No podré volver a engendrar hijos, dicen los médicos. Ya está todo perdido. Al menos no me avergüences llorando así. Ya que no eres hombre, compórtate al menos como tal.

- Lo haré, padre.

- Bien. Y ahora ven conmigo. El cortejo fúnebre espera. Que toda la ciudad vea cómo se rinden honores a los muertos en la familia Shatidonne.

El hombre se dispuso a salir, agarrando a la niña con sus manos blancas llenas de nudos. La niña le siguió, obediente. Antes de abandonar la estancia, le hizo una última pregunta:

- Padre, ¿quería usted a madre? ¿la echará de menos?

- No digas tonterías.

La escena se esfumó y Gilles se encontró de nuevo en el pasillo. Una torva sonrisa irónica afloró a sus labios. El viejo duque, padre de Eldrise. Todo el mundo sabía que murió de sífilis. Al viejo le gustaban en exceso los jóvenes pajes de palacio, si había que hacer caso a los rumores. Murió en su cama un año después, chillando de dolor, con el cerebro inflamado, completamente enloquecido. Por lo que Gilles sabía, las riquezas de la familia fueron traspasadas a su hermano. Y Eldrise se quedó sin nada. Tan sólo una pensión y unos terrenos a las afueras de Luisignon, estériles y abandonados décadas atrás, donde una decrépita granja servía de nido de cuervos y alimañas. Un aya cuidó de la niña hasta que ocurrió el misterioso accidente, dos años después.

La puerta del fondo permanecía cerrada. Ahora la madera era sutilmente diferente, parecía combarse hacia afuera, y algo parecido a venas nudosas afloraban a su superficie. Gilles avanzó unos pasos más cerca de la puerta y atravesó de nuevo las cortinas.

Ahora se encontraba en una pequeña habitación con suelo de madera y muros de piedra basta. Un sencillo camastro al fondo, junto a un espejo y una palangana de bronce. Al otro lado de la puerta cerrada se oía música y alborozo. Parecía la habitación de una posada. En la oscuridad, se atisbaba una figura que dormía en el camastro, respirando pesadamente. Un hermoso bastón de roble pulido, con revestimientos de plata y runas talladas en la madera, descansaba junto a la cama.

De repente, la puerta comenzó a abrirse lentamente. Una mano experta maniobraba desde el otro lado, cuidando de no hacer chirriar los goznes. Dos figuras menudas se adentraron en la penumbra. A pesar de que hablaban en susurros, las voces llegaban directas y cortantes a la mente de Gilles.

- Ten cuidado, niña. Dicen que los hechiceros nunca duermen. Sólo lo fingen para sorprender a los que intentan matarlos, y lanzarles un horrible maleficio.

- ¡No me llames niña, mocoso! Ya tengo doce años. Y a mí no parece que el gordo ese esté fingiendo nada. Oye cómo ronca. Si nos sorprendemos, será del olor de los pedos que se tira.

- Hmpfff. No me hagáis reír, Eldrise, que no me aguanto y nos pillará.

- Pues cállate ya. Y déjame hacer a mí. Tú espera junto con tus amigos mocosos en la entrada, como dijimos. Ya veréis si soy capaz o no de llevarme unos pelos de su barba.

- Vale, vale. Ya me voy. Pero coge un buen puñado, los pondremos bajo la almohada de Orim y le dará la sarna. ¡Así aprenderá a no meterse con nosotros!

- Que te calles he dicho. Y vete. Fuera.

El niño se marchó, cerrando la puerta tras de sí. La pequeña Eldrise se deslizó hacia la cama donde dormía el hechicero, con unas tijeras en la mano. De súbito, los engarces de plata del bastón comenzaron a brillar con una luz rojiza. La figura de la cama no se movió. El bastón saltó a la mano en la que Eldrise sostenía las tijerillas de cobre. Una de las hojas se le clavó en la palma al caer, produciéndole un profundo corte. Motas de sangre salpicaron las runas de poder. La luz se reflejaba en las pupilas de la niña, y una voz profunda, anciana y malvada, resonó en su cabeza.

- Eldrise, hija mía. ¿De nuevo me avergüenzas?

Una lágrima se derramó sin control en la mejilla de la muchacha.

- P…. ¿Padre?

- Otra vez arrastrando por el fango el honor de tu familia. Te mereces la miseria en la que vives.

- ¿Eres tú?

- Mírate. La hija de un Shatidonne durmiendo en las cuadras de una venta casi en ruinas. ¿Qué edad tienes? ¿Trece? Muy pronto empezarás a vender tu cuerpo, si es que no lo has hecho ya, a cambio de alcohol o comida.

- No puede ser. Tú estás muerto…..

La figura en sombras comenzó a agitarse.

- Sí. Morí de vergüenza y deshonor al nacer tú. Morí al ver cómo los dioses se llevaban a tu madre, sin haberme dado un auténtico heredero. He muerto cada día, cada mañana al contemplar tu rostro en los salones de mi palacio. Y ahora vuelvo a morir al ver cuán bajo puedes llegar a caer….

- ¡Basta! Tú me desheredaste. ¡No me dejaste nada!

- Y nada es lo que te merecías. Ahora aprendes a ser una ladrona en la oscuridad, lo que siempre fuiste. Tú me robaste mi futuro, mi estirpe, mi honor. Me robaste a tu madre, quien después de concebirte jamás recobró la salud….

- ¡Cállate! No quiero saber nada de ti, vivo o muerto. ¡Te odio!

- Ahora vuelvo de las sombras, del otro lado del velo. No me iré jamás de tu lado, hija mía. Me necesitas.

- ¡No! ¡Vete!

La niña se apartó, tambaleante, dejando caer el bastón de sus dedos temblorosos. El cetro flotaba en el aire, henchido de poder, irradiando energía mística que deslumbraba la habitación con todos los colores del espectro. Un viento sobrenatural empezó a soplar a su alrededor, enredando los cabellos negros de Eldrise y haciendo jirones su viejo traje de arpillera.

La figura en la cama pareció despertar. Lentamente, con movimientos torpes y descoordinados, se puso en pie. Vestía los harapos corroídos, cubiertos del moho de la sepultura, de lo que un día fue un elegante uniforme militar. Una capa negra con el emblema del león y la flor de lis cubría un cuerpo demacrado, de carne putrefacta donde germinaban pústulas y los gusanos emergían de las heridas abiertas. Una larga cabellera blanca le cubría hasta las rodillas. Y el rostro era el de su padre, carcomido, con los huesos pelados visibles a través de la piel rígida y seca como el cuero. Las cuencas del cráneo estaban vacías, y un fulgor rojizo emergía de las oscuras cavidades gemelas.

Eldrise se apartó, aterrorizada. Los restos de lo que fue su padre se acercaban a ella, rozando apenas sus cabellos con el extremo de sus uñas negras y afiladas. En un impulso desesperado, la muchacha agarró el cetro y lo empuñó a modo de arma.

- ¡Déjame en paz, hijo de puta!

Un fulgor del color de la sangre derramada inundó la habitación. El cuerpo de su padre se desintegró ante sus ojos, reducido a cenizas en un breve parpadeo. La cama comenzó a arder con unas llamas azuladas. El fuego se extendió con rapidez al suelo de madera, lamiendo los muros de piedra. En breves instantes, la aterrorizada Eldrise estaba rodeada por un cerco de llamas. La voz anciana resonó de nuevo en su mente:

- No temas chiquilla. Yo estoy contigo. Mis llamas no pueden hacerte daño.

- ¿Qué? Tu voz …. ¿Quién eres?

- Tu humilde servidor.

III

De súbito, Gilles se encontraba de nuevo en medio del pasillo, confuso y atemorizado. Había contemplado la escena sin decir palabra. Los recuerdos se agolparon confusamente: aquél suceso correspondía al incendio ocurrido diez años atrás, en la venta de La cabeza del dragón, a las afueras de Luisignon. El edificio quedó reducido a cenizas y todos sus ocupantes (incluida el aya de la muchacha, quien la acompañaba en un viaje de negocios a la ciudad con objeto de vender sus tierras y la vieja granja) murieron abrasados…. salvo Eldrise. Allí empezaron a circular las malas lenguas entre los paisanos. La niña había escapado milagrosamente, sin la más mínima quemazón en su piel, ante un fuego mágico que había calcinado incluso los mismísimos cimientos de piedra de la posada.

Empezó a sentirse inquieto. Aquella entidad del bastón ¿qué era? ¿una especie de espíritu? Estaba claro que había engañado a la chiquilla. La voz y la visión del cadáver de su padre probablemente eran ilusiones generadas por una magia ultraterrena. ¿Con qué objetivo? ¿Tal vez el cetro, o la entidad que lo encarnaba, deseaba un nuevo amo? Y si así era ¿por qué matar a su anterior propietario? Había muchas preguntas sin respuesta. En todo caso, se le acababa el tiempo, los contornos del pasillo se desdibujaban bajo sus pies y la falsa realidad perdía consistencia. Tan sólo la puerta del final del pasillo, obstinadamente cerrada, permanecía sólida y pesada. Paciente, esperando a ser abierta. Las venas nudosas que la cubrían parecían haber formado una especie de patrón, demasiado tenue para ser aún apreciado. Y la madera parecía algo vivo, pulsante, combándose a ojos vista.

Gilles comenzó a lamentar su decisión de haber aceptado aquél trabajo. Era la primera vez que el uso de su habilidad requería tantos riesgos. Si permanecía demasiado tiempo en el interior de aquella mente perturbada y moribunda, su misma cordura peligraría.

Avanzó unos metros y volvió a penetrar entre los cortinajes.
Esta vez se encontraba en el interior de una gran estancia vacía, de suelo de piedra cubierto de serrín. Altas vigas de madera se curvaban a cinco metros sobre su cabeza, bajo un tejado afilado y lleno de oquedades. En las vigas anidaba toda una bandada de cuervos, chillando y graznando entre el esqueleto de gruesa madera carcomida.

La estancia era espartana; un sencillo camastro, un viejo fogón manchado de herrumbre y un montón de madera apilada junto a una vetusta y mohosa chimenea constituían todo el mobiliario. Junto a la cocina había una sencilla mesa cubierta de viandas aún sin tocar. Allí estaba Eldrise sentada, junto a los rescoldos humeantes del fuego de la chimenea. No lloraba esta vez, aunque su rostro parecía petrificado e inerte. Los ojos eran dos puntas de alfiler negras y hundidas en los surcos cincelados en su piel. Sostenía entre los dedos una carta cubierta de fina y elegante caligrafía.

Parecieron transcurrir varias horas a lo largo de unos pocos segundos. A través de los vidrios rotos, el sol se ponía rápidamente, inundando el cielo con un resplandor amarillento y enfermizo y finalmente dejando la estancia en tinieblas, a excepción de las débiles ascuas del fuego. A la luz de la lumbre el rostro inmóvil de la joven (ahora tendría unos dieciocho años, pensaba Gilles) adquiría la textura irreal de las sombras chinescas. A su lado, reposaba el bastón, apoyado en la chimenea.

De nuevo la voz, anciana y sabia, indeciblemente malvada, resonando en los huecos de su mente como un eco fantasmal.

- Ya te lo dije, Eldrise. Yo sabía que esto ocurriría, pero no quisiste hacerme caso.

Eldrise no contestó.

- ¿Cómo has podido ser tan ingenua? Te creíste todas sus promesas como una chiquilla. ¿Acaso la vida no te ha enseñado suficiente sobre el dolor y sobre las mentiras?

- Cállate.

- Yo sólo te digo lo que en algún rincón de tu mente siempre lo sospechaste. Un joven de noble cuna, sabio y encantador, increíblemente hermoso. Todas las mujeres de la ciudad le pretendían. Y tú pensaste que se iría contigo, que te raptaría y te llevaría lejos, como en los cuentos de hadas….

- No pienso escucharte más. Vete.

- Ya me fui en su momento, ¿recuerdas? Cuando tú me lo pediste. Comenzaste a trabajar en la granja, invirtiendo los escasos ahorros heredados de tu familia. La tierra se regeneró bajo tus atentos cuidados. Hubo un par de cosechas buenas. Comenzaste a contratar algunos jornaleros. Empezabas a salir de la miseria, siempre gracias a mi ayuda y consejos. Fui yo quien hizo caer las lluvias torrenciales y el granizo, arruinando las cosechas de las granjas vecinas. Fui yo quien hizo crecer el trigo en nuestras tierras, fuerte y firme, sin necesidad de semillas ni abono. Toda tu fortuna me la debías a mí. Y de repente, Corlann apareció en tu vida…. y ya no me necesitabas. Vete, me dijiste. Como ahora. No quiero saber nada más de ti. Pero yo te perdoné. Sabía que un día volverías a mí. Y aquí estás de nuevo, mi dulce Eldrise.

- Tus encantos y milagros hicieron que la gente sospechara de mí.

- Cierto. A tus espaldas te llamaban bruja. Pero eso no impidió que te compraran aquellos acres a tan buen precio. Ni que empezaran a trabajar para ti, gustosos de recibir el oro maldito que pagabas. Y de repente, eras rica de nuevo. Comenzaste a frecuentar las estancias de la alta burguesía.

- Estúpidos e hipócritas.

- Así es, lo son. Ahora ves la falsedad de sus halagos, el dulce veneno de su cortesía. Pero Corlann era diferente ¿verdad? Nunca te trataba con rudeza, ni con desprecio disimulado. ¿Recuerdas cómo te miraba en aquellas fiestas de finales de verano?

- Sí….una sola mirada suya me hacía estremecer. Tenía tanto miedo…y al mismo tiempo me sentía increíblemente viva.

- Te enamoraste, querida. Como una estúpida. Cometiste el único error que juraste no cometer. El amor nubla los sentidos y entorpece el entendimiento. El amor es un cuento para que los poetas reciten sus endechas. Sólo existe el miedo a la muerte, y el deseo carnal. Eso te decías a ti misma. Y mírate ahora…..

- Sola de nuevo.

- No estás sola, aunque hayas acudido aquí, a la vieja granja donde todo empezó, en busca de quietud. Aquí estaba yo de nuevo, justo donde me dejaste dos años atrás. Esperándote. Perdonándote. Pidiéndote una nueva oportunidad.

- Corlann siempre me decía…

- ¡Corlann! ¿No te das cuenta que ha estado burlándose de ti? Ahora estará entre sus amigos y la que será su futura esposa, esa ramera de rizos pelirrojos, riéndose de ti y brindando a la salud de la bruja. La estúpida Eldrise, la campesina venida a más. La ingenua chiquilla que un día soñó que su vida podría cambiar para siempre….

- Para. Por favor, no sigas.

Ahora Eldrise comenzaba a sollozar.

- Sólo repito lo que tú ya sabes. Siempre lo supiste. Eres débil y estúpida. Ingenua. Pero yo estoy a tu lado, como siempre, en los momentos difíciles. Ábrete a mí y yo te recompensaré. Te daré un corazón fuerte, inmortal. Inmune a la pena, la duda, el dolor, los remordimientos. Un alma poderosa. Lo que siempre quiso tu padre para ti.

- ¿No volveré a sentir dolor?

- Jamás.

- Yo….. no quiero volver a sufrir nunca.

- Te lo prometo.

- Bien.

- A partir de ahora tú y yo seremos uno. No padecerás nunca más, y le harás saber al mundo el amargo sabor de la venganza de Eldrise. Todos lamentarán haberte hecho sufrir.

- Acepto. Así sea.

- Mi hermosa chiquilla, me alegro de tu decisión. Y ahora, te daré un último momento de paz. Disfruta de tus valiosas lágrimas.

- ¿Disfrutarlas? ¿Por qué?

- Son las últimas que derramarás.

Instantes después, Eldrise se levantó de la silla. El cetro cayó al suelo desde su apoyo de la chimenea. Ahora parecía un viejo bastón carcomido por los siglos. Los engarces de plata estaban corroídos y vejados. Algunos se deprendieron con un tintineo, como baratijas sin valor.

El rostro de la joven era de nuevo una máscara. Las cavidades de sus ojos parecían haber adquirido una textura diferente. Sugerían dos pozos ciegos, abiertos a una oscuridad insondable. Las lágrimas cayeron al suelo, convertidas en diminutos rubíes que destellaban al fulgor agonizante de la chimenea. Sobre su cabeza los cuervos se agitaron, graznando y chillando.

En aquel momento, la puerta de la granja se abrió con estruendo. Entró un joven ataviado con ricas sedas y una capa de terciopelo. Su rostro, increíblemente hermoso, se veía desfigurado por el dolor y la preocupación. Capas de sudor perlaban su frente. Blandía una carta sellada.

- ¡Eldrise! ¡Estás aquí! Te he buscado por todas partes….

- Corlann.

- Llevo dos días galopando día y noche por los caminos. Unos campesinos me dijeron que te habían visto entrar aquí esta mañana.

- Te he estado esperando, amor mío.

- Eldrise, escúchame, por favor. ¡Me casaré contigo! Sabes la terrible presión a la que mi familia me sometió para que me casara con la hija de los Balder. Pero al fin me enfrenté a mi padre. ¡Quiero que tú seas mi esposa!

- Ahora ya es demasiado tarde.

- ¿Demasiado tarde? ¿Por qué? ¿Acaso ya no me amas? Si supieras cuánto siento haberte hecho sufrir….Pero he conseguido al fin la aprobación de mi padre. Aquí está su sello ratificando nuestro compromiso. ¿De qué te ríes?

- Qué hermoso cuadro tenemos aquí. El espíritu humano en su totalidad. Dolor, traición, amor…. y venganza.

- ¡Eldrise! No te reconozco. Incluso tu voz es tan distinta. ¿Me estás escuchando? ¿Eldrise?

- Eldrise ya no está con nosotros.

En aquel momento, estalló el tumulto entre la nube de cuervos que se cernían sobre sus cabezas. Una nube de plumas negras cayó sobre las dos figuras, aleteando enloquecidamente en un torbellino caótico que envolvía al joven noble como una mortaja viviente. Eldrise comenzó a reír histéricamente, al tiempo que los cuervos atacaban al desdichado Corlann. Los afilados picos perforaban la carne, arrancándole cuajarones sanguinolentos, las garras le arañaban el rostro y hendían cruelmente sus ojos. Los chillidos de los grajos se mezclaban con sus alaridos de terror. Finalmente no quedó nada en Corlann que pudiera considerarse humano. Sólo restos despedazados y jirones de ropa. Los cuervos picoteaban frenéticos al aire, arrebatándose unos a otros pedazos de carne, tendones, dedos amputados….uno de ellos se posó en la blanca mano de Eldrise. Dejó caer de su pico un ojo, aún atado al hilo sangrante del nervio óptico. Con una sonrisa, la joven se lo tragó.

Eldrise no lloró. Tal y como le había sido prometido.

IV

Gilles se materializó de nuevo en medio del corredor. Aterrado, contempló la puerta, semiabierta, en cuyos nudos confluía el dibujo de un rostro. Era la cara de Eldrise, los ojos desencajados, la boca semiabierta en un grito desesperado. Simbolizaba los últimos vestigios de cordura de la muchacha, los resquicios de su personalidad original, devorada por el ente demoníaco que un día habitara el bastón, y a quien seguramente el viejo mago mantuvo a raya por efecto de una férrea fortaleza de espíritu.

Por entre los resquicios de la madera, una substancia roja y pegajosa comenzó a manar en hilillos. Era sangre. Riachuelos que sangraban, como lágrimas, de los ojos de Eldrise. Gilles recordó todas las historias que había oído contar sobre la bruja, demasiado terribles como para ser ciertas. Historias que hablaban de sacrificios humanos en viejos altares de piedra en lo profundo de los bosques las noches de plenilunio. De engendros diabólicos, más muertos que vivos, que servían a la bruja como esclavos sin mente, satisfaciendo sus más oscuras perversiones. De pozos envenenados que aniquilaban a todos los niños de una aldea, dejando vivos a sus padres para llorarles. De plagas de peste y enfermedad que habían segado las vidas de miles de personas. En su día los había desechado como mera superstición. Ahora, conociendo el oscuro secreto de la bruja, se preguntaba hasta que punto eran ciertos.

La puerta comenzó a abrirse con un chirrido de bisagras oxidadas. Al otro, latía una presencia antigua, poderosa, inhumana. Era egoísmo. Pureza. Deseo absoluto de supervivencia, sin autoengaños ni ilusiones de moralidad. Gilles trató de romper el enlace mental, volver a su cuerpo en la cripta, huir tan lejos como le fuera posible de esta pestilencia que amenazaba con corromper su espíritu.

No llegó a hacerlo. La puerta se abrió por completo, y una riada de sangre inundó el corredor. Voces abisales manaban de la oscuridad al otro lado del umbral. Desesperado, Gilles comenzó a correr. No llegó muy lejos. La marea de sangre le envolvió por completo, nublando sus sentidos, penetrando en su cuerpo y espíritu, diluyendo el ser que originalmente había sido…..

Gilles despertó en la oscuridad de la cripta. Con pasos vacilantes se puso en pie. Ante él, contempló el cuerpo muerto de la bruja que se descomponía a ojos vista, como si cien años de putrefacción se cernieran sobre ella en el lapso de diez latidos de corazón. La carne se le desgajó de los huesos, dejando a la vista el esqueleto pulido, que finalmente acabó por desintegrarse. Todo lo que quedó del cuerpo era un polvillo blancuzco sobre el duro lecho de roca.

Gilles abandonó la estancia como un autómata y comenzó la larga ascensión a la superficie. Escalón a escalón, su vieja conciencia iba quedando atrás, siendo reemplazada por algo diferente, más antiguo y sabio. Formando parte de un todo mayor.

En la puerta le aguardaba paciente el contrahecho Rukhr, lamiendo con una larga lengua violácea el filo embotado de su cuchillo de carnicero. Gilles le hizo un gesto con la mano.

- Acércate.

El Semiogro obedeció sin pronunciar palabra. Gilles le hizo tragar una dosis tripe de la droga Andrámola. El rostro de la criatura quedó desencajado, los ojos en blanco, un hilillo salivante escapando de sus mandíbulas.

- Arrodíllate

El semiogro así lo hizo. Gilles desenvainó un fino estilete y se lo puso entre sus torpes dedos.

- Cercénate la garganta.

La sangre brotó a borbotones, densa y pastosa, manchando el filo hiriente del cuchillo. La desgraciada criatura se desplomó sin un quejido. Con una sonrisa, la criatura que fue Gilles deValiant lamió el filo ensangrentado. Ya sólo era capaz de extraer emociones mediante el sufrimiento ajeno. Eran lo único que le recordaban a su perdida humanidad. Y en la oscuridad de un presente futuro, mataría de nuevo. Deseo y satisfacción. Un círculo perfecto.