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Angélica y el príncipe (VI parte)

Viene de aquí, aquí, aquí, aquí y aquí

« El silencio... El silencio es la más grande de las maldiciones, o de las bendiciones; hay quien piensa que el silencio es la medida de los hombres: hay comunidades de gentes... parecidas a sacerdotes que buscan la pureza del corazón en sí mismos, no en lo que les rodea... cuentan con asombrosas habilidades. En algunas de sus comunidades no se habla nunca, en otras, se hace sólo a determinados momentos del día, o solo para informar de cómo desarrollan sus trabajos, si necesitan ayuda o están enfermos. Verás que el silencio te ayuda a escuchar todo lo que hay a tu alrededor, y las voces que vienen de dentro. En tu vida encontrarás gentes que nunca dejan de hablar; lo hacen por muchas razones: hay el que quiere ser agradable, el que busca aprobación, el que le gusta escucharse a sí mismo y no a los demás, el que utiliza el chorro de palabras para evitar que oigas su alma, los que no quieren escuchar la música de su interior porque temen que sea más fuerte que ellos mismos, que les lleve a donde no quieren ir. También están los que no quieren oír el bramido de la tormenta que llevan en su interior, o los que no quieren oír el silencio, los que no quieren sentir cómo el verdadero silencio invade sus vidas, porque en su interior no llevan absolutamente nada.

Cuando algunos guardan silencio, oyen una voz que son mil voces pidiéndoles que vuelvan a ser como fueron, que hagan aquello que no hicieron y que recuperen cuanto hicieron en su día y que, tal vez, olvidaron; que les impide vivir en paz, pues las voces del presente se confunden con todo este ruido que debería estar muerto ya, o ni siquiera debería existir; los amores perdidos gritan su dolor y los amores tibios reprochan tan poco fuego, los amigos piden entrega y los conocidos, amistad; los hijos no nacidos lloran, y los muertos de sus guerras se levantan de sus tumbas para pedir esas explicaciones que nunca podrán ser dadas; los recuerdos se visten con mortajas, algunas son oscuras y pútridas, otras son más terribles, mortajas de brillantes colores, lo que fueron bellos momentos son fantasmas traslúcidos de infausto recuerdo, que torturan con el “así fue y ya no es”; el niño del pasado quiere ser el viejo del futuro, sin dejar vivir, al hombre que es hoy, al hombre que es muerto.

Cuando yo guardo silencio reúno lo que fui con lo que soy y lo que quiero ser, pero también recuerdo que estás tú, porque oigo tu voz... a ti, y al resto: el viento, la tierra y su olor fresco... Cuando guardo silencio soy yo, y todo lo que me rodea, porque he sembrado en mi interior durante muchas, casi incontables estaciones, y algo ha crecido; he recogido la cosecha y he ido al mercado de la vida: he dado lo que tenía, y he tenido la suerte de recibir a cambio no solo en justicia, sino generosamente, y cuando he roto el silencio, ha sido para decir “gracias”»

—Pero los que no hablan también pueden ser tímidos... pusilánimes. No debemos censurarles por ello.

—No, Angie. Esos son los que callan cuando deben hablar; también están los miedosos, los traidores y los perjuros.

—¿Cómo se sabe cuál es cuál?

—Eso nos lo dice el corazón, por eso hay que callar, para poder escucharlo.
Se hizo de nuevo el silencio, un silencio que sólo se rompía con el crepitar del fuego, reducido a un pequeño mar de brasas que calentaría toda la noche, y que Salvia removía con un palo, trazando inaprehensibles dibujos sobre los tizones al rojo vivo, mientras murmuraba palabras inconexas, que llegaban a los oídos de Angélica como un gangoso galimatías; estaba sentada a algo más de tres codos de las brasas, y podía sentir, sin embargo, vaharadas de aire caliente cada vez que Salvia las removía, palpitando su rojizo brillo como si fuese B’Erhtod, el Sol. Pasado un rato, Angélica adivinó, más que dedujo, que Salvia estaba elucubrando formas sobre los tizones y sus sombras, completando dibujos para luego volverlos a borrar, mascullando las palabras “materia” y “energía”; entonces, escuchó a su corazón. Y su corazón quería saber.

—¿Por qué materia y energía?

—Materia y Energía. ¿Ves la madera? Es materia y esconde energía en su interior; cuando la quemamos, la energía fluye y la materia se reduce a su mínima expresión. Todos los seres vivos somos materia y energía; al principio era sólo la Energía, y en el Origen fue la Materia. Antes o después todo volverá a ser Energía, y habrá un nuevo Origen.

—Pero Erh creó todas las cosas, y luego a Erhdom para que las gobernara ¿no?

—Eso es lo que os cuentan los sacerdotes, y, aunque no es del todo falso, tampoco es del todo cierto.

«En el principio estaba Erh, sí, el poder, la Energía, que fluía incesantemente. Unos dicen que Erh mismo; otros, que fue fruto de la casualidad; unos terceros cuentan que también existió una inteligencia ordenadora: hay quien le llama Destino, otros lo describen como una fuerza de tres caras, puede ser Merggin, el que cuenta a la par que Erh hace, sin que se pueda afirmar si Erh hace lo que Merggin cuenta o es al revés. Algunos bardos hablan de tres mujeres, una anciana, una madre y una joven que bailan alrededor de un Caldero recitando encantamientos imposibles, susurrando blasfemias a los oídos de mortales débiles y fraguando todas sus desgracias, o que tejen un infinito tapiz cuyos hilos son las vidas de los mortales, tapiz en el que los dioses contemplan la historia de nuestro mundo.

A esto, sea lo que fuere, mi maestra me enseñó a llamarlo “Madm”, pues así se lo habían enseñado y así te lo enseño a ti. También me dijo que los sabios ignoraban de dónde venía esa palabra; en la horrible jerga de los piratas de Sorzim es casi exactamente igual a la palabra “loco”, en la de Forunculia, se parece a la palabra “señora”; y creemos que es un principio femenino, y los que más desean ofendernos confirman estas versiones, por reducción de significado; solo una mujer loca podía haber inducido a crear un mundo tan complejo como el nuestro.»

—Es un mundo variado y ahí reside su hermosura.

—Los sabios nada quieren saber de hermosura; les resulta muy difícil de explicar y de someter a sus reglas.

«Esta inteligencia impulsó a Erh a crear y a construir... ya sabrás por los clérigos cómo; o no, no importa, en realidad. Lo que importa es que estamos aquí, y que tenemos una misión que cumplir en esta vida; mírate: tu tiempo no se había cumplido, y el cruel destino que te había quitado la vida, arbitrariamente te la devolvió. Así es Madm: poderosa, implacable y, al mismo tiempo, tan caprichosa como intransigente, como la corriente de un río, que acaba arrastrando al mar, o la corriente del Tiempo, que acaba poniéndonos a todos en nuestro lugar. Estás conmigo por tu voluntad, pero también por otros motivos que desconocemos; cuando llegue el momento, escucha tu interior, escucha a tu alrededor y lo sabrás, pero no pierdas el punto de vista, esa es la manera en que llegan a no entender los que supieron escuchar, el equilibrio entre lo que oigas dentro y fuera es primordial... Recuerda la leña que trajiste; eran maderos secos y sin vida; no obstante ¡cuánta energía guardaban!; suficiente para calentarnos toda la noche. Piensa ahora en los seres animados. Te diré que tienen mucha más energía que las plantas; con esa energía los magos realizan prodigios, los guerreros construyen imperios y destruyen civilizaciones, los sacerdotes alimentan a los dioses; la materia y la energía vienen del mismo saco, y Madm es el cazo que mete o saca energía del saco...»

—¿Es la Naturaleza?

—Sí y no. Erhdom dio unas reglas para que ocurrieran las cosas y vivieran las criaturas; esas Reglas son las leyes de la Naturaleza; pero esas reglas nacieron porque Madm las puso allí, en la mente de Erhdom.

—Entonces, es como un dios de los dioses.

—Sí. No. No lo sé. No tiene cuerpo, ni forma, sólo se manifiesta por los actos de otros; en realidad, no se puede probar que exista, pero eso no es lo importante.

—¿Qué es lo importante?

—Lo importante es creer firmemente, y conseguir que esa creencia de sentido a lo que haces, que tus obras tengan un origen y una finalidad, que cuando busques en tu corazón el motivo de un impulso alocado, esté ahí, y tenga sentido.

—Entonces ya no será un impulso alocado.

—¿Qué es esa clase de impulso? ¿Un impulso estúpido? ¿O un impulso que, cuando lo sigues, te hace sentir mejor? Imagina que cultivas tu intuición y tu ser de tal manera que tus impulsos sean siempre irreprochables. Eso te ayudaría a ser más feliz.

—Supongo.

Angélica era callada y reflexiva, incluso antes de que Salvia le hablase del silencio; callaba porque era consciente de que las palabras hacían daño, y, sin embargo, le habían devuelto la vida para que hablara: su misterioso benefactor le había dicho que, llegado un momento, estaría en disposición de evitar muchas muertes sin sentido, solo hablando. No le había exigido ninguna promesa, ni siquiera una decisión en aquel momento; le pediría que hablase en tal sentido, y que lo pensase entretanto; desde entonces, Angélica pensaba, y guardaba silencio, un silencio que raras veces dejaba interrumpir.

Continuará