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Angélica y el príncipe (VII parte)

Viene de aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí

El palo que Salvia utilizaba para agitar las brasas, se clavaba en los tizones de mayor tamaño, partiéndolos en pedazos menores; el ruido, y también el calor aumentaban cada vez que se rompía uno de ellos. Así sería el fin del mundo —pensaba Angélica—, también su fin, su fin real; porque había tenido un fin, un fin temporal, un fin revocado, había estado muerta durante algún tiempo, aunque no recordase nada de aquellos momentos. Por otra parte, prefería no pensar demasiado en ello; le hubiera gustado más hablar con alguien que hubiese pasado por lo mismo, pues se preguntaba que habría después y si realmente sería cierto que hubiese algo... o nada. A pesar de la recurrencia de aquel pensamiento poco tranquilizador, no estaba realmente preocupada, pues su vida parecía tener sentido, y tenía muchas cosas que hacer, mientras su pequeño mundo ardía y Salvia pensaba en el Origen.

—Si no tiene tanta importancia ¿por qué todos hablan de él?. Los Sabios discuten sobre el Origen, y escriben estudios, pasan muchas de sus horas intentando saber cómo fue en realidad.
Salvia dibujó una cruz en el suelo, luego una segunda cruz, alejada de la primera un par de codos; señaló la primera.

—Es el futuro lo que importa. ¿Ves esta cruz? Representa el ahora y el nosotros, es nuestra tierra, nuestra gente, las Marcas, el Imperio... tal como es hoy, como lo conocemos. Aquí está el punto de partida; si conocemos bien el Origen —explicó, mientras señalaba el otro punto—tendremos dos puntos con los que definir una línea recta; esta es la línea —dijo, mientras la trazaba en el suelo, atravesando los dos puntos—, y nos lleva al futuro; cuanto más sepamos, más podremos anticipar de ese futuro. Al menos, así piensan los sabios.

—¿Y es verdad?

—¿Qué nos importa eso, Angie? ¿De qué nos sirve preocuparnos por lo que va a ocurrir si no podemos resolver el ahora?

—Quizá se deba a que, cuando no teníamos por qué preocuparnos del ahora, olvidamos preocuparnos de lo que podría ocurrir.

—Eso ocurre a los gobernantes, nunca ocurre a las mujeres: la mayor parte de las veces, por no caer en la vanidad de decir siempre, vemos y nos preocupamos por lo que es posible que ocurra; suelen ser los hombres los que tienden a elucubrar en tremendas situaciones imposibles, olvidándolas más reales; es por eso que cuando tenemos una ilusión que no se cumple nos duele en demasía, porque sabemos que pudo ser real; en cambio, cuando les ocurre a ellos, apenas si les duele, porque están acostumbrados a que sus ilusiones no se cumplan, pues, en el fondo, sabían que se trataba de un imposible.

—Eso es muy cruel. No entiendo por qué divides el mundo en hombres y mujeres, siempre.

—El mundo es muy cruel, Angie, y ¿acaso no está así dividido? Aunque en realidad la división no sea drástica, no es menos cierto que está así dividido en la mente de la mayoría, y es en el mundo de la mayoría en el que vivimos, nos guste o no. Incluso al bosque han llegado los clérigos y los soldados del Imperio, por no mencionar a tu misterioso salvador; ten por seguro que todos los que quieran causarte daño van a pensar así, o incluso cosas peores. Desde que los Mortales aparecieron en el Tiempo, desde que fuimos Originados, es así. —Salvia miró a Angélica con una sonrisa.— Parece que al final, voy a acabar hablándote del Origen ¿eh?.

«Bien —comenzó Salvia— los dioses dieron origen a los Mortales, y había muchos dioses, pero no lo sabíamos; vivimos como pudimos, hasta que llegó el día en que una de nosotras, una mujer, iba a tener un hijo. Claro está que entonces no sabíamos a qué se debía, y los hombres, ignorantes, llegaron a la conclusión de que era algo mágico y precioso que sólo las mujeres poseíamos... por ese motivo se escandalizaban en el pueblo de que no tuvieses novio; en su recuerdo está el concepto del mágico don que no debe ser desaprovechado. Mucho más tarde se supo cómo era esto, pero en tanto tiempo, ya había arraigado la idea del “don especial”.

El primer pensamiento del hombre fueron los dioses, pues eran los dioses los que creaban y construían; si una mujer construía un nuevo ser, es que tenía alguna clase de trato con los dioses; esa sospecha se instaló en el corazón de todos, hombres y mujeres; pero las mujeres que querían saber, sabían que los dioses tenían muy poco que ver.

Sin embargo, los hombres preferían creer que las mujeres, todas ellas, guardaban un terrible secreto, que les hacía ver y conocer el mundo de otra manera; más aún, que a algunos hombres, de entre los que llegaban a tener más confianza con ellas, o que llegaban a ser amados por aquellas mujeres, les era dado conocer el secreto; pero se volvían celosos de aquel, desdeñaban la compañía de los demás hombres, altivos e insufribles. Todas estas cosas creían los hombres que buscaban, insaciables e insaciados, el secreto de las mujeres; algunos de ellos, los que aquéllos denostaban, llegaban a nuestra alma y descubrían que no existía secreto alguno; el secreto sólo existía en las mentes de aquellos hombres que buscaban algo más, tan cegados que eran incapaces de distinguir la realidad; esta ceguera llevó a la muerte a mujeres, pero también a hombres, víctimas todos ellos de la infructuosa búsqueda del magnífico y terrible secreto.

Otros hombres, convencidos de que las mujeres nunca revelarían voluntariamente su secreto, y tampoco sus compañeros, decidieron buscarlo por su cuenta: algunos se pararon a hablar con los dioses, recibieron de ellos respuestas, poderes inimaginables y la promesa de una vida inmortal; otros buscaron las raíces del poder y encontraron la energía que los dioses habían imbuido en la materia de cada ser vivo; luego encontraron la manera de imponer la voluntad de cada uno a esa energía; la sometieron a unas reglas y así fue como nació la Magia, cuyo poder superaba el de los sacerdotes. Con el tiempo, algunas mujeres acudieron con la intención de seguir aquellos caminos, y la búsqueda del secreto de las mujeres nunca fue consignada en los libros de los sabios, pero permaneció siempre en el corazón de los hombres.

Cuando éste pierde el ardor juvenil, busca de nuevo el misterio en la mujer, y no lo encuentra; si el hombre tiene valor para acercarse a esa mujer, encontrará mil pequeños detalles antes del terrible misterio, mil pequeños elementos que pueden resultar igualmente fascinantes; si ese hombre es capaz de encontrar la maravilla de esos pequeños detalles, recibirá en pago el secreto: el secreto consiste en que ese secreto no existe; entonces el hombre reirá... el sonido de esa risa dirá a la mujer todo cuanto quiera saber; no oirás la risa, sino al hombre que ríe, pues la risa sale del alma, y un alma brillante tendrá una risa brillante; un alma vacía, una risa retumbante. El hombre querrá quedarse, si realmente encontró fascinantes esos detalles; es la mujer la que dice sí, y cuando esto ocurre, es muy posible que ambos sean felices.»

—¿Todos son felices?

—De entre todos los que se encuentran, que no son muchos, los que aprenden a escucharse llegan a ser felices; pero los que se casan, los que viven juntos, no necesariamente se han encontrado y se han visto; algunos aprenden a escucharse, incluso aprenden a ser un poco felices, pero hay un brillo que jamás verás en sus ojos; los que no se escuchan, malviven y se hacen daño. Y si alguno de ellos es feliz en algún momento, será a un elevado coste, pues llevará la infelicidad al otro.

—¿Y si nadie se acerca? ¿Y si nadie quiere ver nada —dudó un momento— de mí?

—No te voy a decir que ese momento llegará, que en algún momento llegará alguien... eso suele ocurrir, pero no se puede asegurar; a veces ocurre, a veces no. Cuando llegue, puede que no sepa verte, o que no sepas verlo tú. Dicen que las mujeres vemos más; yo, a veces, pienso que vemos mejor, pero no más, otras veces que vemos distinto, sin más. Cuando visitamos el pueblo, salgo convencida de que hay mujeres que no ven absolutamente nada —Salvia sonrió.— Estoy segura de que vemos lo que necesitamos ver...

—¿Nosotras? ¿Nosotras vemos? No sé qué vemos... Yo veo plantas y recetas, veo hombres y mujeres enfermos y víctimas de aflicciones: los que el viejo Rhett, el sacerdote, no puede curar, nos los envía a nosotras: a los enfermos les damos plantas y a los del Mal de Ojo les damos algún bebedizo asqueroso, que no tiene efecto conocido, y luego le mandamos hacer algo horrible como matar un gallo y lavarse con su sangre y agua de lluvia. Luego siguen sus vidas, igual que seguirían si no hubiéramos hecho nada.

—Tenemos poder, el poder que nos dan los que creen en nosotras; sólo tenemos que usarlo en su beneficio; los curamos a ellos y a sus animales de las heridas y enfermedades; sanamos sus almas cuando el sacerdote no puede... somos brujas.

—Pero nosotras no somos malas, como las brujas de los cuentos; nosotras les ayudamos ¡No deberían temernos!

—Los hombres temen a las mujeres, tanto más a las brujas. Nadie se acercará a nosotras para encontrar nada más que el poder... no, no pongas esa cara: tendrán ese u otros motivos, pero el fin último siempre es el mismo, buscan ese poder que no tenemos. ¿Recuerdas el cuento del Paladín Dorado y la bruja Dulcamara?

Continuará